MACEDONIO Y EL MERCADO DE ESCLAVOS DEL ALTO PARANÁ

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Por Lucia Sabini Fraga

(…) Cuando Tierra, Cielo y Aire se unifican; vencidas nuestras dos almas en rapto venturoso. Lejos, los trémulos ámbitos. La Siesta omnipresente gravita donde el Tiempo fulminado se detiene.

Macedonio Fernández, “La siesta”.

SE PODRÍA CONSIDERAR a Macedonio Fernández como un escritor de culto. No sería este un hecho que le resultase gratificante: Macedonio detestaba la pompa, la cuestión académica y rechazaba incluso los reconocimientos públicos. Debe ser por eso que ni siquiera se esforzó en publicar en vida muchos de sus textos, y uno de sus hijos -Adolfo de Obieta- se dedicó a recopilar y editar posteriormente a su muerte.

Macedonio utilizaba el humor y la ironía de forma mordaz y certera, erigiéndose como una de sus principales cualidades narrativas y una de sus más evidentes virtudes para quienes lo conocieron. Una personalidad modesta, creativa e inteligente. Fumador, tomador empedernido de mate y guitarrero. Hombre de muchos amigos, de atenta escucha y fuerte capacidad de interpelación.

Macedonio hacía honor al pensamiento. Se pasaba horas sentado meditando, mirando, pensando. Nacido y fallecido en Buenos Aires, de profesión abogado, casado con Elena de Obieta y padre de 4 hijos. Muy amigo de Jorge Guillermo Borges, Macedonio fue una inspiración significativa para su hijo, Jorge Luis, uno de los –quizás el más- famosos escritores argentinos de nuestra historia. Ese quizás sea el hecho biográfico que más ha resaltado su figura.

Macedonio viajó poco y nada, y vivió casi toda su vida en su Buenos Aires natal, salvo por cinco años –entre sus 34 y 39- en los que prestó servicios en la fronteriza ciudad de Posadas. Si bien de aquella experiencia quedan pocos registros, algunos elementos nos ayudan a entender más a nuestro Macedonio y hablan tanto de él, como de esas tierras del nordeste de Argentina.

Macedonio vivió en Posadas desde 1908 hasta 1913. Fue enviado como fiscal federal en el Juzgado Letrado. Recordemos que Misiones por esa época  era territorio federal  y no tenía sus propios funcionarios, quienes eran enviados por Buenos Aires y su aparato centralizado.

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ES SABIDO QUE EL MISTERIO de la selva paranaense cautivó y sigue cautivando viajeros desde tiempos lejanos. Macedonio Fernández no sólo compartió la contemporaneidad con Horacio Quiroga, también fue atravesado por la tierra colorada, la música de la selva, el verde desmesurado. Se cruzaron pocas veces en la ciudad de Posadas, en donde Macedonio residía y Quiroga viajaba en canoa desde San Ignacio en busca de provisiones.legajo del juzgado federal

Su verdadero punto de unión era el poeta y escritor Leopoldo Lugones, amigo de ambos y receptor de comentarios en sentidos cruzados. Los dos también fueron funcionarios judiciales en Misiones: “Ya ves, amigo Leopoldo, que aun en la justicia se hayan cosas raras”, describía Horacio Quiroga sobre el estrambótico fiscal de Posadas en una de sus cartas cuando fuera su primer cruce.

Para Macedonio, el misterio de la tierra roja y su magnetismo se entrelazaba muy bien con la metafísica, uno de los principales elementos tanto de su obra como de su pensamiento. En el fragmento “Episodio” descubrimos la mística que encierra la geografía misionera: sólo en un espacio de tanto simbolismo podía Macedonio ver el espíritu de su padre muerto 20 años antes.

“Caminaba yo quietamente con un alma ligeramente fantaseadora, como quien a un tiempo levemente piensa y vive, en las inmediaciones de Posadas (…) eran las dos de la tarde de un día cálido en el claro misterio de la siesta”.

“El luminoso ambiente, poblado de calientes hálitos y olores de la tierra, se vertía en mi interior y me inquietaba ya cuando en la luz del camino alzóse una figura inefablemente conocida de mi alma. Era el dios humano de mí pasado, mi padre, tal como mi infancia lo vio (…)”.

Macedonio había conocido la geografía fronteriza unos años antes, en 1897, cuando con 23 años y recién recibido viajó a Paraguay, junto a dos amigos de estudio, a los terrenos de la familia Molina y Vedia , llamado Ñupora. Lo que suele decirse de aquella expedición es que los jóvenes pretendían montar una colonia socialista utópica, pero en los hechos la travesía duro tan poco como la llegada misma. Es posible que los citadinos se hayan sentido sensiblemente intimidados por la magnitud de la selva y los impensados obstáculos que representaban aquellas latitudes. Diluido el proyecto, Macedonio regresó a Buenos Aires para desarrollar su profesión.

Es probable que, cuando once años después le ofrecieron el trabajo de fiscal,  sus recuerdos lo remitiesen a ese viaje de la juventud.

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EN NOVIEMBRE DE 2018 la Biblioteca Popular de Posadas cumplió 105 años. Su historia se remonta a 1911, cuando un grupo de personas se reunió con el fin de concebir una biblioteca orientada a las necesidades del pueblo. Hasta ese momento, existía la Biblioteca Pública Regional, aunque la misma no representaba estos intereses. Como se lee en el libro de actas “…la fundación definitiva de una Biblioteca verdaderamente popular [se hace menester], dadas las necesidades imperiosas de una institución que sea fuente de cultura y de progreso”, puesto que la biblioteca existente “…nunca abría sus puerta al pueblo”.

Dentro del grupo promotor se encontraban Gastón Dachary y Severo González, un juez que varios años después tendrá un rol no muy honroso en esta historia. Uno de los convocados para esta labor fue Macedonio Fernández. Su participación fue destacable; tal es así que la misma Junta Directiva lo nombró primer presidente de la Biblioteca Popular de Posadas.acta fundacional biblioteca popular posadas

Macedonio era amigo de figuras importantes del socialismo de la época como Scalabrini Ortiz, Juan B. Justo –uno de los fundadores del socialismo argentino–, referentes como Mario Bravo o el propio José Ingenieros. Sus ideas albergaban concepciones similares a sus compañeros y ese espíritu se reflejó en la necesidad de acompañar un espacio cultural tan significativo para la joven ciudad.

Por ese entonces, Posadas albergaba poco más de 3000 habitantes y tenía un desarrollo ligado al puerto y las plantaciones que llegaban del interior de aquel territorio.

En sus años posadeños, Macedonio compartió tardes y veladas con amigos del periodismo local como Ezequiel Leiva o León Naboulet, con los que mantuvo correspondencia muchos años después de su partida. Ambos respaldaron su situación judicial y sufrieron incluso el exilio de Misiones debido a la defensa abierta que hicieron del escritor. Macedonio evocará estas amistades como parte de sus recuerdos más felices.

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DURANTE SU BREVE Y BUROCRÁTICA RESIDENCIA en Posadas, Macedonio atendió varios casos judiciales. A modo irónico se dirá que perdió el cargo de fiscal debido a que nunca condenó a nadie, pero la historia documenta que hay una razón bastante más concreta y se asocia al proceder de la propia Justicia.

A mediados de 1913, Macedonio recibió el expediente del joven de 21 años Pedro Cabaña, uno de los tantos mensúes que servían a la empresa yerbatera Puerto Artaza, propiedad de Julio Allica, uno de los más importantes empresarios de Alto Paraná de la época. Cabaña había sido contratado con cláusulas que implicaban prácticamente la esclavitud y ante el intento de fuga del trabajador, todo el aparato estatal se puso en marcha por considerarlo un prófugo y se lo buscaba para acusarlo de estafa.

Fernández, al conocer el caso, ordenó la inmediata liberación de Cabaña (quien había sido detenido), decisión que fue rechazada por Severo González, juez que mantenía  relaciones afines con los terratenientes yerbateros a cambio de jugosos sobresueldos.

El sentido de justicia empujó a Macedonio a defender a un hombre cuyo único delito era ser pobre. Comprendiendo la complejidad de los engranajes del poder en el que tantos elementos estaban conectados, Macedonio buscó una alternativa en el terreno político nacional.

El caso rebotó en Buenos Aires y sus allegados Juan B. Justo y Mario Bravo, impulsaron un juicio político contra el imparcial juez González. “La monstruosidad jurídica sin nombre” como lo caracterizó Juan B. Justo en su intervención parlamentaria, donde “Posadas es el gran mercado de esclavos blancos del Alto Paraná” fueron discursos poderosos que alcanzaron el objetivo propuesto. Sin embargo, con los debidos artilugios que la Justicia argentina supo mantener, el juez logró evadir las citaciones y la causa proscribió. Severo González  terminó ejerciendo su profesión de juez en la provincia de La Pampa.

El hecho alcanzó para que Macedonio perdiera su trabajo como fiscal y regresara a Buenos Aires. Vaya uno a saber si por este episodio, u otros, nunca más ocupó un cargo público. Dos años después incluso abandonó definitivamente la profesión de abogado. Y tampoco, nunca más, Macedonio Fernández regresó a Misiones.

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CIERTAMENTE, MUCHO QUEDA POR CONOCER de Macedonio Fernández. El propio Borges ha urgido a que a los hombres de letras se dedicasen a idear una biografía suya, cosa que han hecho posteriormente algunos aficionados al escritor.

En su prólogo de prólogos, Borges nos deja otra certeza acerca de la impronta de Fernández: “Yo, que ahora me detengo a registrar esos pormenores absurdos, sigo creyendo que su protagonista es el hombre más extraordinario que he conocido.” En buena hora entonces, le dedicamos nuestra atención. ♠♠♠

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