¿EL TAMAÑO IMPORTA?

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Por Sarah Maza

UNA REVISIÓN CUIDADOSA de los anaqueles de historia puede revelar la correlación, nada gratuita, entre la extensión de los libros y el sexo de sus autores.

Fui entrenada y empecé mi carrera en los tardíos años setenta, antes de que las monografías estuvieran al borde de la extinción, cuando las grandes bestias aún deambulaban por la tierra. Era la Época de los Grandes Libros. Casi cada texto importante asignado en el plan de estudios, o elogiado por los detestables compañeros que estaban “en el medio”, era enorme. El Antiguo y el Nuevo Testamento combinados eran del mismo grosor que La formación de la clase obrera en Inglaterra (848 páginas) de E. P. Thompson. En Princeton, todos estudiamos bajo la sombra de las grandes obras de Lawrence Stone sobre la crisis de la aristocracia inglesa (841 páginas) y los orígenes de la familia moderna (800 páginas). Era obligatorio leer, o pretender que se había leído, La religión y el declive de la magia (716 páginas) de Keith Thomas; Roll, Jordan, Roll, de Eugene Genovese, que “rueda” hasta las 823 páginas, y De campesinos a franceses de Eugen Weber (615 páginas de letra muy pequeña). La escuela historiográfica de los Annales estaba en ese entonces en la cúspide de su prestigio, y como los libros escritos por historiadores franceses venían de copiosas tesis doctorales, los suyos eran siempre más largos que el resto. Hasta el día de hoy, casi todos los historiadores de mi generación tienen en su biblioteca los dos volúmenes de El Mediterráneo de Fernand Braudel –aunque es una verdad universalmente aceptada que nadie lee más de un volumen de nada, a menos que sea ficción firmada por un joven novelista–.

En mi época como monitora de clase, note que en las universidades hablan con reverencia acerca de los aspirantes a cargos universitarios que estaban a punto de producir, o habían producido, un “gran libro”, y aun con más admiración de quienes habían hecho investigaciones multilingües y proezas trotamundos buscando en archivos. Esto me ponía muy nerviosa. Al mismo tiempo, comenzaba a ser evidente para mí que cohortes emergentes de académicas que publicaban material revolucionario (Natalie Zemon Davis, Lynn Hunt, Joan Scott, Nancy Cott) lo hacían en forma de ensayos y libros breves. ¿Es esto un asunto de género? Seguro que sí.

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EN ESTE PUNTO MUCHOS lectores estarán indignados, acusándome de crudo esencialismo, de meter en la misma bolsa un montón de casos que no encajan en el patrón. Sí, hay muchos ejemplos de hombres historiadores que han escrito libros cortos muy influyentes (John Demos, Carlo Ginzburg), así como de escritoras con trabajos largos, incluso sobre temas feministas (Caroline Walker Bynum, Laurel Thacher Ulrich). Aun así vale la pena mencionar que la novelista Meg Wolitzer descubrió recientemente un patrón similar en la ficción escrita por mujeres y hombres: se pregunta si “la extensión de un libro, intencional o casualmente, señala al lector la importancia de una novela”, y supone que las mujeres pueden estar más inclinadas a reducir sus textos o a dejar que un editor lo haga.

Dejando los juicios normativos de lado, quizá el tamaño de los libros no pueda desligar de las tradiciones sociales. Los hombres usualmente han sido alentados a cultivar la profundización, aunque lleguen a rozar con los límites de lo obsesivo, a ignorar distracciones sociales que los alejen del trabajo y a afirmar su presencia en el espacio. A las mujeres les enseñan desde temprano a estar atentas a los compromisos sociales, a evitar extenderse en sus preámbulos. Las academias pueden llegar a ser muchas cosas desagradables pero “pomposas” no es una de ellas, y cualquiera que allá tenido que soportar una cita a ciegas con un charlatán sabe perfectamente que setecientas paginas son simplemente demasiado.

No hace falta resaltar que el sexo del autor es solo una variable: el tama, el estilo intelectual y la metodología pueden ser igual de importantes para determinar el tamaño de un libro. Los mamotretos de 1970 no solo son la herencia de cierto tipo de tradición elitista, sino también rezagos de una forma específica de historia social descriptiva y acumulativa que floreció en medio de la cuantificación y el nacimiento de la microhistoria geertziana.

Para bien o para mal, el megalibro enfocado en un tema específico parece ir en camino a la extinción. Hoy en día solo se imprimen libros gigantes si tratan sobre temas muy vastos y parecen sintetizarlos (Jonathan Israel), si están firmados por una superestrella que garantiza su financiación (Simon Schama), o ambas cosas (Eric Foner). Bajo la presión financiera, los editores se han vuelto a la verborrea, y la mayoría de los autores se siente intimidado ante la posibilidad de que sus libros salgan en una letra tan pequeña que resulte ilegible o alcancen un precio ridículamente alto. Adicionalmente, muchos alimentamos el sueño de publicar el “libro que será asignado en las clases” y estamos conscientes que nada con más de doscientas páginas tendrá oportunidad alguna de hacer parte de un plan de estudios. El Gran Libro de… fue también un artefacto de un mundo social ya inexistente, en el cual se podía contar con una esposa que esperara felizmente en casa mientras el académico se marchaba a un largo viaje de investigación, y tuviera a los niños listos y la mesa servida cuando regresara. A lo largo de las décadas recientes nos hemos convertido en una sociedad que valora más el producto que el proceso.

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MIENTRAS TODOS NOS quemábamos las pestañas escribiendo enormes reportes anuales para cumplir con nuestros decanos –o por lo menos lamentábamos por no haberlo hecho-, la era del reverenciado profesor-investigador, admirado aunque se tomara décadas en finalizar un libro, había terminado. Aun cuando el libro que definirá nuestra carrera ha dejado de ser un tiranosaurio para convertirse en un perro mediano, el asunto del tamaño continúa modelando silenciosamente nuestra valoración sobre el mérito académico. ¿Cuál es la relación entre cantidad y calidad, entre magnitud e importancia, cual es la proporción adecuada entre argumentos y pruebas? ¿Puede el auge de la historia transnacional forzar el retorno de libros más largos, asociado a un aumento de las expectativas académicas? ¿Cuánto es demasiado y, por otro lado, cuanta brevedad resulta inaceptable?

El tema de la extensión del libro es importante precisamente porque se ha dado por sentado y raramente se discute. Tendemos a juzgar los libros de historia como esencias platónicas separadas de aspectos como el estilo, la estructura y la extensión, para no mencionar las múltiples variables relacionadas con la vida del autor. Aunque cierto grado de abstracción resulta razonable en función del profesionalismo, reconocer que un buen trabajo histórico puede venir en cualquier tipo de empaque es también necesario y saludable. Puede parecer frívolo que nos extendamos en las diferencias entre un libro corto y uno largo, mientras los jóvenes académicos están ansiosos por encontrar trabajo y esperan tener la suerte de publicar sus manuscritos. Pero mientras más francos seamos acerca de las realidades sociales que subyacen a los ideales abstractos del saber, más abierta estará nuestra profesión a los académicos de diferentes antecedentes y temperamentos intelectuales. ♣♣♣

Sarah Maza es profesora en Northwestern University, y autora, entre otros libros, de The Myth of the French Bourgeoisie: An Essay on the Social Imaginary, 1750-1850.

Fuente: Malpensante.

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