Disney, la sirenita negra, y los billetitos verdes

Por Emilio de Gorgot

El proceso es el siguiente. Disney publica un tráiler de La sirenita. En las redes emerge una discusión sobre el color de piel de la actriz protagonista. Los internautas se insultan y se llaman cosas unos a otros: usted es un woke, usted es un racista. Es una discusión en la que nadie va a cambiar de opinión, porque no importa el sentido común sino humillar lo más posible al «adversario».

Entretanto, Disney se frota las manos. Tiene exactamente lo que buscaba: una polémica preventiva que, antes del estreno, sirve para distraer la atención de aquello sobre lo que Disney no quiere que se hable, esto es, los posibles defectos artísticos de la película. Disney sabe que al público objetivo de La sirenita, las niñas pequeñas, le importa bien poco la herencia genética de la protagonista. Pero hay otro público, el adulto, que podría ver la película o podría decidir no verla dependiendo de si tiene buenas o malas críticas. Y una polémica sobre la raza es una manera de blindar a la película frente a las malas críticas. Y no, en Disney no hay un oscuro círculo de sacerdotes woke vestidos con túnicas arcoíris que intentan imponer el Gran Reemplazo de la raza blanca. Las cosas no funcionan así. No importa qué ideología o «agenda» política crea usted que defiende Disney: como empresa, no la tiene. La única ideología de Disney, como la de cualquier otro gran estudio, es el dinero.

Y es lógico. Una película es una cosa muy cara de producir. La inversión es grande, así que el riesgo también. Si el público decide no ver la película, habrá señores con corbata que perderán mucho dinero, y accionistas disgustados, y sobre todo unos ejecutivos a los que se señalará por no haber hecho bien su trabajo. Los inversores, como individuos, tendrán sus ideas políticas sin duda, pero no están pensando hacer triunfar una Malvada Conspiración de sirenitas Negras. Lo que quieren es recoger beneficios. Lo demás les da igual.

Esta nueva versión de la La sirenita no es un atentado woke contra los guardianes de la tradición cuentista. Tampoco está pensada para atraer o satisfacer al público afroamericano (vamos a hablar de razas en estos términos habituales, pero a mi pesar, porque habría mucho que discutir sobre lo que significa el propio concepto de raza). Es verdad que a los estudios les importa la demografía, pero en los Estados Unidos, que son el principal mercado diana de Disney, la población negra no llega al 13 % del total. Si elegir la raza de la protagonista dependiese estrictamente de la demografía estadounidense, lo lógico hubiese sido elegir una actriz blanca como se hacía tradicionalmente, porque los blancos son el 70 % de la población. Incluso una sirenita de origen hispanoparlante (20 % y creciendo) hubiese tenido más sentido numéricamente hablando. Y recordemos, porque los estadounidenses no suelen pensar en esto, que la mayoría de la población negra del mundo está en África. Pero África es el continente que menos recauda en taquilla, hasta el punto en que a los grandes estudios estadounidenses les importa básicamente cero el público negro africano. A Hollywood le importan mucho más China, India, Europa, Japón o Australia, solo que en algunos de estos países y regiones no se espera que algo como La sirenita triunfe por todo lo alto.

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Entonces, podríamos pensar, cobra peso la explicación ideológica. Disney quiere ser inclusiva porque sus mandamases defienden la inclusión, y ponen una actriz negra porque eso satisface sus tendencias políticas. O bien lo hacen por miedo a ser acusados de no ser inclusivos. La respuesta a todo esto es: no. Disney no tiene miedo. Nadie hubiese levantado una ceja si la nueva versión de La sirenita hubiese tenido una protagonista blanca, porque todo el mundo estaba acostumbrado a que la sirenita fuese blanca. Además, ni a Disney ni a los demás estudios o productoras les importa la inclusión. Muchas veces incluyen a actores y actrices de raza negra, pero no tienen problema en ignorar a otros grupos demográficos numerosos.

Entonces, podría decirse, han elegido a la actriz porque era la mejor para el papel. De nuevo, la respuesta es que no. Me explico. La actriz que han elegido podría ser extraordinaria, incluso es posible que de verdad sea la mejor para ese papel. No lo niego. Pero eso no es lo que ha motivado a Disney. Digamos que, en todo caso, la actriz quizá es la mejor de entre las actrices negras que en Disney había considerado contratar. Porque la decisión de una protagonista negra estaba tomada de antemano. Disney quería una protagonista negra para provocar exactamente la polémica que ha provocado.

¿Por qué? Una película es una gran inversión y la publicidad forma parte sustanciosa del coste total. ¿Qué puede arruinar esa inversión? Pues lo más dañino, lo peor que puede pasarle a una película, es que se estrene bajo un aluvión de malas críticas. Y no solo por parte de los críticos profesionales, porque hoy las redes sociales nos permiten conocer instantáneamente las opiniones de otras personas. Si el boca a boca, ya sea presencial como cibernético, hace correr la voz de que una película no es recomendable, esto puede espantar a una buena parte del público potencial, y la taquilla se resiente. Esto no sucede solamente con malas películas, sino también con buenas películas que resultan no ser lo que buena parte del público anticipaba. Películas que, pese a su calidad, se desinflan en taquilla porque unos espectadores les dicen a otros que se la pueden ahorrar. También ocurre no pocas veces que una película funciona muy bien en taquilla durante la semana del estreno, pero después se desploma cuando se corre la voz sobre su propia calidad, o su ritmo lento, etc. Así de poderoso es ese fenómeno.

Los estudios de cine, las cadenas de televisión y las plataformas de contenido digital han encontrado una manera de minimizar el efecto de las dudas sobre la calidad de un futuro estreno: conseguir que los espectadores, en vez de fijarse en las cualidades objetivas del producto, se peleen entre ellos. Conseguir que unos espectadores censuren a otros la osadía de atreverse a criticar una película, que estos últimos puedan ser señalados e identificados con grupos minoritarios, pero extremistas y ruidosos, a quienes la generalidad del público rechaza: racistas, machistas, incels, etc. No hay publicidad más barata que conseguir que muchas personas defiendan una película antes del estreno, y que la defiendan por cuestiones ideológicas y no artísticas. Es una táctica de mercadotecnia basada en la manipulación masiva, y hoy se emplea muchísimo. ¿Obtiene resultados? Digamos que obtiene resultados desiguales. Por un lado, no ayuda a la taquilla: una cosa es defender una película en Twitter, y otra cosa es pagar por verla cuando llegue el día del estreno. Lo primero es gratis, lo segundo no. Aun así, a los estudios les compensa emplear esta táctica, porque usándola no tienen mucho que perder.

Ya lo habré dicho alguna vez, pero el inventor de esta táctica fue, cómo no, el inefable George Lucas. En 2012 produjo Red Tails, película donde narraba las andanzas de los Tuskegee Airmen, heroico escuadrón de aviadores negros que combatieron contra los nazis en la II Guerra Mundial. El director era negro, Anthony Hemingway (aunque hoy es evidente que el propio Lucas dirigió media película él mismo), y el reparto era mayoritariamente negro. Una historia real sobre héroes que lucharon por un país que los tenía discriminados, y con la que Lucas esperaba dar el pelotazo. Pero resultó que, una vez terminada la película, los distribuidores no estaban interesados en ella, así que a George Lucas le tocó pagar la distribución de su propio bolsillo (mucho dinero, aunque una minucia si tenemos en cuenta su fortuna). Según Lucas, los distribuidores le decían que una película protagonizada exclusivamente por negros no tendría público. Achacó sus dificultades al racismo de la industria. Antes del estreno, Lucas acudió al programa de Oprah Winfrey para hacer lo que mejor sabe hacer: quejarse. La verdad es que Oprah es demasiado inteligente como para no saber lo que estaba pasando, pero Oprah tiene una imagen pública y no podía simplemente decirle a Lucas: «¿Y no será que la película es un pedazo de bosta?». No tenía mucha alternativa y respaldó a George Lucas, animando a que el público negro fuese a ver Red Tails para darle una lección a los distribuidores que la habían rechazado por supuesto racismo: «Vamos a demostrar que están equivocados». Se organizaron campañas cibernéticas para que grupos de afromericanos llenasen los cines el día del estreno. Varios famosos se sumaron a las campañas, encabezados por un muy comprometido Snoop Dogg.

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En el primer fin de semana, como estaba previsto, los cines se llenaron de espectadores negros. Y estos se encontraron con algo que nadie había mencionado ni en hipótesis, pero que era el muy posible motivo del rechazo de los distribuidores: la película era terrible. Esos mismos espectadores que esperaban verse identificados con una historia de valor, heroísmo y patriotismo, recibieron la filmación con risas, incredulidad, vergüenza ajena o, en el mejor de los casos, un resignado «bueno, la historia es admirable, han intentado hacer una buena película y les ha salido regular». En los medios, aún lo recuerdo, fueron precisamente los críticos negros quienes se mostraron más duros con Red Tails, porque lógicamente eran los únicos críticos que, después de semejante campaña social, no tenían miedo a ser acusados de racistas. Algunos de estos críticos empezaron a airear las manipulaciones de George Lucas. Por ejemplo, Lucas había tenido el cuajo de definirse a sí mismo como un valiente pionero porque Red Tails era la «primera película de acción con reparto mayoritariamente negro». Además de «olvidar» la existencia de todo un género que consistía precisamente en eso, la blaxploitaition, también «olvidó» películas como la fantástica Glory, centrada en un regimiento negro de la guerra civil estadounidense, en la que habían actuado individuos tan desconocidos para el público como Denzel Washington o Morgan Freeman. Y lo que era peor, también había «olvidado» una película anterior, The Tuskegee Airmen, que contaba la misma historia que Red Tails, solo que mejor, y protagonizada además por otro completo desconocido: Laurence Fishburne.

George Lucas es evidentemente un cínico, pero es más listo que el hambre, y consiguió al menos uno de sus dos objetivos. Es verdad que la táctica no funcionó de cara a taquilla (nunca lo hace) porque había un pequeño detalle: los espectadores negros son como los demás espectadores, y si pagan una entrada de cine esperan pasar un buen rato. Por mucha carga ideológica y racial que rodease aquel estreno, tras los malos comentarios del primer fin de semana no iban a pagar por ver aquello que otros espectadores calificaban como un bodrio. Pero la táctica sí funcionó como herramienta preventiva de cara a las dudas sobre la calidad de la película. Era raro que los distribuidores hubiesen rechazado algo avalado por George Lucas, pero la polémica de los meses previos hizo que nadie se hiciese la pregunta correcta («¿No será que la rechazan porque es infumable?»), centrándose en acusar a Hollywood de discriminación.

El fracaso comercial de Red Tails no impidió que otros productores entendiesen las ventajas que la polémica ideológica previa tenía como vacuna temporal frente a las críticas. Si al final una película resulta ser mala, el efecto de la vacuna desaparece tras el estreno, pero al menos se han evitado meses (y a veces años) de dudas sobre su calidad, enterrándolas bajo el debate ideológico. No olvidemos que los primeros fines de semana tras el estreno son los más importantes. Al público le echan atrás las malas críticas, pero también el saber que otros espectadores se están absteniendo de ir a ver la película en cuestión. Eso sí, no todas las polémicas funcionan. Es verdad que parece cumplirse el dicho «que hablen de mí aunque sea mal» parece aplicarse y que una polémica siempre genera publicidad, pero lo importante para funcionen es que hagan referencia a asuntos que están de actualidad y polarizan mucho a la sociedad. Ahora mismo, los dos principales son el sexo/género y la raza/etnia. Todas las polémicas planeadas por los estudios, plataformas o canales de televisión hacen referencia a uno de esos dos conceptos.

Eso sí, la publicidad extra que ofrece una polémica es dañina si no permite englobar a los detractores dentro de grupos indeseables. Los villanos han de pertenecer a un sector del público universalmente denostado por el resto de los espectadores. Los productores saben que siempre habrá algún imbécil ofendido porque la sirenita sea negra (y, en un futuro quizá no muy lejano, porque sea transexual). Y, como siempre habrá un imbécil ofendido que ejerza como villano, también habrá miles de internautas que busquen likes, repercusión o un sentimiento de superioridad moral señalando al villano que todos sabíamos ya que era un villano. Estos internautas, seguidos de cerca por la prensa, le hacen el trabajo gratis a los publicistas, defendiendo con uñas y dientes una película que la mayoría de ellos ni siquiera se molestará en ver.

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¿Cuándo una polémica es dañina para los propósitos de los productores? ¿Qué tipo de polémica quieren evitar a toda costa? La que no está planeada y no pueden tener bajo control ideológico. Aquella en que los villanos no están entre los espectadores sino en la propia producción. El ejemplo más reciente es Don’t Worry Darling, el segundo trabajo como directora de Olivia Wilde. Su primera película, Booksmart, la había situado en una posición prometedora para seguir ejerciendo como cineasta. Con Don’t Worry Darling, sin embargo, perdió el control del rodaje, empezó a mentir para intentar ocultarlo y, cuando por fin se han filtrado al público los detalles concretos de los dramas entre bastidores, Wilde ha ido quedando en evidencia para regocijo de quienes disfrutan del cotilleo cinematográfico (es decir, si en pleno 2022 eres una mujer directora con toda la prensa a favor y de repente alguien con tan mala fama como Shia LaBeouf te pone en evidencia, podría decirse que tienes un serio problema de imagen entre manos). Los follones de detrás de las cámaras no han provocado un debate moral como el que le hubiese gustado a Warner Bros (por ejemplo: «Olivia Wilde es una mujer directora y por eso todo el mundo está en su contra»), y los críticos saben que en este caso nadie los va a acusar de misóginos si critican a Wilde, porque la principal «víctima» de la actitud poco profesional de Wilde ha sido precisamente otra mujer, Florence Pugh, que no se ha molestado en ocultar su completo desdén hacia la directora y hacia la propia película. Recordemos que Florence Pugh se sumó al proyecto diciendo que Olivia Wilde era «su ídolo», y ya ven cómo ha terminado el asunto.

Esta polémica no blinda a la película de críticas desviando el debate hacia lo político o moral, sino que las centra en la directora y en su actitud, lo cual es un desastre de cara a la publicidad del film. El público tiene la percepción de que los dramas entre bastidores impiden que una película sea buena, y los dramas entretienen sin duda, pero no animan a consumir el producto final. Para colmo, los de Warner tuvieron la genial idea de mostrar una escena de anticipo en la que veíamos a Florence Pugh intercambiando frases con Harry Styles. Supongo que los de Warner pensaban crear la impresión de que nos hallábamos ante un duelo interpretativo de la magnitud de Scarlett Johansson y Adam Driver en Historia de un matrimonio… y en fin, no. Pugh es una gran actriz, pero parecía estar en una película diferente (y en una galaxia diferente) que el actor más inútil que he visto probablemente en años. Nunca he seguido la carrera de Harry Styles, podría decirse que antes de esto no existía para mí, pero he sentido tanta vergüenza ajena viéndolo «interpretar» que desde este momento no pienso perderme ninguna película en la que aparezca, si es que lo vuelven a llamar para alguna. Es un espectáculo.

Los inversores no quieren —insisto: no quieren— estas polémicas donde es imposible villanizar a sectores siniestros de la audiencia. Si la villana es la directora, la película tiene un negro futuro en taquilla. La polémica sobre La sirenita sí es una polémica planificada tal y como los productores, inversores y ejecutivos desean. Se centra la atención sobre la reacción irracional de sectores minoritarios a quienes les preocupa el color de piel de un personaje infantil, se amplifica la importancia de esas opiniones marginales, y todo el mundo discute sobre racismo, no sobre cine. Esto provoca que, en el momento del estreno, los críticos que quieren comentar sinceramente los defectos de la película sean más tibios de lo normal (para no ser acusados de lo que sea). Esta tibieza, calculan los estudios, puede suponer muchos, muchos miles de espectadores de diferencia. Si la película se estrena y tiene éxito, todos contentos. Si la película se estrena y fracasa, la polémica será olvidada en cuestión de semanas, cuando los internautas hayan encontrado otro producto cultural sobre el que pontificar. Y aquí no ha pasado nada.

Esta táctica deliberada no solamente la usa Hollywood. Las plataformas digitales también la usan continuamente, y las televisiones británicas, en particular, la han convertido en un ejercicio de virtuosismo propagandístico. No solamente con personajes de ficción, sino con personajes históricos. Un ejemplo reciente es la serie Anne Boleyn, donde la antigua reina consorte de Inglaterra es encarnada por la actriz Jodie Turner-Smith, que es negra. No he visto la serie, más que nada porque procede de Channel 5, un canal del que generalmente no cabe esperar nada bueno. Y porque he leído a muchos críticos y todos coinciden en que la serie es muy mala. Aunque también coinciden en que Jodie Turner-Smith es lo mejor de la serie, cosa que ni siquiera sorprende porque es una gran actriz. Dicen incluso que después del impacto inicial que produce ver a una Ana Bolena negra, el hecho se termina olvidando conforme avanzan los capítulos y la actriz se apropia del personaje.

Dicho esto, es evidente que Channel 5 eligió a Turner-Smith no porque es una gran actriz, que sin duda lo es, sino porque el debate racial le daría publicidad a una serie de la que, si no hubiera sido por esto, nadie hubiese hablado. Channel 5 necesitaba ese impulso publicitario. La corte de los Tudor es considerada un tema comercialmente infalible en tierras británicas, pero también es un tema que sufre de saturación. Los espectadores británicos han visto ya una infinidad de series sobre Ana Bolena y otros personajes de la época. Algunas de esas series fueron malas pero populares, como Los Tudor, y otras fueron obras maestras, como la miniserie Wolf Hall. El caso es Channel Five necesitaba un golpe de efecto y eligieron el resorte fácil de provocar el debate racial de la semana. Si me preguntan a mí, no puede haber una Ana Bolena mejor que Claire Foy en Wolf Hall. Aun así, ¿puede una actriz negra ser una gran Ana Bolena? Bueno, desde el punto de vista interpretativo, claro que sí. El hecho de que sea negra quizá rompa la inmersión del espectador que espere cierta verosimilitud, pero si la actriz es buena, su color de piel terminará por no importar, como terminan por no importar tantas otras cosas en la ficción. La cuestión aquí no es el resultado final, sino la intención, y Channel 5 tenía planeado de antemano elegir a una actriz negra para crear polémica. No culpo a Jodie Turner-Smith: ella es actriz, le ofrecieron un trabajo, lo aceptó y, por lo que parece, lo hizo bien.

Eso sí, quienes no entienden la decisión de Channel 5 tienen su parte de razón: Ana Bolena no es la sirenita, sino un personaje que existió y que está bien documentado. No era negra, y técnicamente es un disparate histórico pretender que sí lo era. Este es un argumento que, por mucho que la ficción histórica sea también ficción, no deja de ser legítimo. Pero al final hablamos de un producto y le corresponde a la audiencia aceptar o rechazar su consumo. Todo depende de cómo se contemple la cuestión. Por ejemplo, ¿es artísticamente más lógico tener en ese papel a una buena actriz negra que a una mala actriz blanca? Pues sí, pero esto es una falacia de la falsa dicotomía: en circunstancias normales, lo ideal es elegir una buena actriz blanca para interpretar a una mujer que históricamente sabemos que fue blanca. Solo que, insisto, con una actriz blanca nadie hubiese hablado de esta enésima serie sobre los Tudor, producida además por una cadena poco prestigiosa.

Todos estos debates son un artificio que juega a favor de la pereza creativa de quienes producen contenido audiovisual. Para los creadores, el público no es siempre un aliado, sino también un potencial enemigo porque nunca saben cuándo puede rechazar una obra artística. Pero han hallado la manera de aplicar el principio divide et impera, y de repente tienes a espectadores peleándose entre sí y defendiendo como si les fuese la vida en ello a corporaciones que, con el mayor cinismo imaginable, están encantadas contemplando la escandalera. Quienes mandan en estas corporaciones le cortarían a usted la cabeza si con ello aumentan un 1 % de sus beneficios. Es chocante, pero son campañas que funcionan una y otra vez como si la gente no se cansara de exhibir sus elevados juicios morales con respecto a la idoneidad del sexo y el color de piel de actores y actrices. Y, mientras tanto, cosas mucho más graves suceden. Por ejemplo, que Harry Styles «actúa» en películas y nadie hace nada al respecto… qué mundo este.♣♣♣

#PA. Jot Down.

18 de septiembre de 2022.
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