Un meteorito llamado Bolsonaro

 -  -  2

Por Julio Burdman

El triunfo electoral de Jair Bolsonaro tiene un impacto especial para Argentina.  El electo jefe de Estado de nuestra principal relación internacional podría intentar imponer un nuevo régimen en su país.  Uno en el cual la religión, la “securitización” de la vida urbana y el interés de las grandes empresas nacionales domine sobre el resto de los principios y las instituciones de la democracia.  No sabemos aún si tendrá éxito en su cruzada, ni cómo este nuevo conjunto de reglas se conjugará con lo establecido.  No sabemos,  en definitiva, qué adjetivo merecerá la democracia bolsonariana. 

***

Dos hipótesis

Dado que un sistema político se compone de actores, todo actor nuevo conlleva la duda sobre la continuidad del régimen. ¿Bolsonaro implica la representación de nuevos valores y demandas o viene a depredar las conquistas de sus enemigos?  Veamos una primera hipótesis, más optimista.  Supongamos que Bolsonaro podría significar una suerte de ampliación de la democracia brasileña hacia sectores que hasta ahora se sentían excluidos. Una ampliación por derecha, digamos. 

A partir del fin del ciclo autoritario en los años 80 las sociedades latinoamericanas adoptaron un criterio “progresista” –aceptemos provisoriamente el término– de ampliación del régimen democrático.  En América Latina democracia significa más que elecciones. La “clemocraticidad” se realiza a sí misma ampliando derechos sociales, universalizando la participación civil y el acceso a lo público, incorporando identidades excluidas, y otros tantos procesos –son muchos– que suelen ser impulsados por partidos de la amplia familia de la política moderna –socialdemócratas, liberales, nacional-populares, etc.–  La mayoría de las nuevas democracias latinoamericanas se construyeron en contraposición a dictaduras reaccionarias, lo que ayuda a entender esta identidad predominantemente “progresista” –de la centroderecha a la centroizquierda– de nuestros regímenes políticos. Esto marca una diferencia con las democracias del Hemisferio Norte –pensemos en Francia o Estados Unidos–, que no nacieron enemistadas con la derecha cardinal y que históricamente tuvieron menos problemas culturales para lidiar con el conservadurismo reaccionario.  En Francia, de hecho, “reacción” es una corriente política legitima desde tiempos de la Revolución.

El espíritu antiautoritario y moderno que dio origen a las nuevas democracias latinoamericanas es motivo de orgullo y una parte central de nuestro legado cultural a la humanidad. Pero hay que admitir que no todos los latinoamericanos están de acuerdo. 

Muchos ciudadanos asienten en silencio y gozando ocultamente a las expresiones reprimidas, casi exabruptales, de la reacción ultraconservadora. Muchos de ellos, en un pasado no tan lejano, justificaron de diferentes formas la toma del poder por parte de los militares y el posterior ejercicio antidemocrático del gobierno.  Y ya en tiempos democráticos, vienen rechazando en silencio buena parte de los contenidos esenciales de las nuevas democracias latinoamericanas.  Cada tanto, los partidarios secretos de la reacción encontraron algún partido en el cual canalizar sus opiniones, con frecuencia bastante más moderado que ellos mismos.  Les bastaba algún símbolo cautivo: un ligero titubeo semántico a la hora de poner números a la cantidad de desaparecidos alcanzaba como señal de identificación.

El bolsonarismo ofrece más. Es la emergencia de esta ultraderecha subyacente y la expresión del crecimiento de esta corriente de opinión.  ¿Todos los votantes de Bolsonaro responden a este sistema de creencias?  Seguramente no.  Un núcleo más ideológico –comprometido con la triada “Biblia, Bala y Buey”– convive con otro más difuso y blando, que se sintió atraído por esa propuesta en un contexto dado.  La emergencia de Bolsonaro es reflejo de las dos cosas: de la ampliación y cristalización política de los reaccionarios, y de la demostración de que pueden convertirse en un producto electoral exitoso. 

La hipótesis optimista es que los reaccionarios, un grupo social reprimido que durante décadas se manifestó ocasionalmente a través de algún exabrupto, salieron del clóset y tuvieron su oportunidad democrática.  Dotados de representación democrática, su impronta llega de a poco a la legislación.  Brasil seguirá teniendo la misma Constitución y las mismas leyes, todas sus partes seguirán contribuyendo al sistema, pero ahora tendrán más predicamento los partidarios de las armas, el creacionismo y el Estado mínimo.  La democracia, en cierto modo, se amplió.

El problema es que Bolsonaro no anuncia eso, promete “terminar con los rojos”, que ahora pueden optar entre la cárcel o el exilio.  Pide cambiar la Constitución y militarizar la vida social.  Llega con el impulso de una elección sorprendente y retorna victorioso a una Brasilia arrasada por la crisis económica y política, con pocos anticuerpos democráticos. 

La segunda hipótesis, la de los reaccionarios que vienen a cambiar el régimen de raíz, hoy pareciera cercana, por el discurso desplegado hasta ahora y por las condiciones en las que emerge.  Bolsonaro promete reinstaurar el “orden” –un concepto idealizado– por vías de una politización.  A diferencia de los golpes militares del siglo XX que venían a desplazar a la política democrática -entendida por los reaccionarios como fuente de desestabilización y desmoralización-, esta nueva especie de reaccionarismo, que utiliza los canales electorales de la democracia y se convierte en mayoritario, se nutre de los votos. La dinámica es explosiva: Bolsonaro estará condenado a profundizarse a sí mismo para mantener el liderazgo y la gobernabilidad.  La hipótesis optimista, la de los reaccionarios triunfantes que se reconocen a sí mismos como una parte minoritaria y finita de una democracia, luce ingenua frente a todo lo que sabemos acerca de cómo funcionan el presidencialismo y la polarización política en nuestro continente.  Jair va a ir por todo.

***

El efecto shock

El meteorito de un Brasil gobernado por un reaccionario con mayoría requerirá que quienes gestionan la política y los negocios de Argentina se preparen para cosas nuevas. Hay, al menos, tres formas inquietantes en las que esto podría impactar en nosotros: dumping, despacificación e imitación. 

La primera inquietud es la posibilidad de que Bolsonaro despliegue nuevos mecanismos de proteccionismo y competencia económica regional, que pueden incluir las barreras comerciales tradicionales inspiradas en el trumpismo o formas novedosas de reducción de impuestos para favorecer a las empresas brasileñas. Este es un debate que el empresariado paulista -referenciado en dirigentes influyentes como Paulo Skaff- viene proponiendo desde hace años: el capitalismo nacional brasileño debe transformarse, dejar de depender del auxilio del Estado desarrollista -rengo, además, por la crisis económica que puso fin al ciclo de Dilma Rousseff- y asegurar la competitividad con políticas de mercado.  Detrás de la fuerte reforma laboral impulsada durante el interinato de Michel Temer latía esta idea: para competir con las economías emergentes, la producción brasileña debe bajar brutalmente sus costos.  Bolsonaro ha asumido buena parte de ese programa, y tiene la fuerza de los votos.

Sí tiene éxito y el consenso económico paulista encuentra en Bolsonaro a su perfecto ejecutor, estaríamos ante un nuevo tipo de dumping empresarial que pondría contra las cuerdas a buena parte de la producción argentina.  Y aquí es donde los antecedentes nacionalistas de Bolsonaro y su círculo íntimo de generales crea más alarma: ¿hasta qué punto llegaría la descoordinación macroeconómica regional?  Desde la crisis de 1998 sabemos que los volantazos brasileños en la ecuación de la competitividad -devaluaciones inconsultas y otros tipos de dumping- son fatales para Argentina. Y no hay grandes motivos para tener confianza en el espíritu mercosuriano de cooperación regional de alguien cuyo eslogan político reza: “Brasil y Dios ante todo”.  En principio, cualquier revisión de la política de integración automotriz causaría problemas difíciles de estimar. 

La segunda cuestión, el riesgo de una despacificación, nos lleva a las fronteras y otras formas de entender la defensa brasileña.  Desde los 90, Brasil ha llevado adelante una política de paz regional. Buena parte de su “liderazgo” se nutrió de sus conceptos cooperativos en defensa y seguridad.  El Amazonas cooperativo, la Sudamérica solidaria que resuelve sus propios conflictos y otros hitos regionalistas son en buena medida consecuencia del Brasil de la democracia.

La declarada inspiración del generalato bolsonariano en el pensamiento del general Golbery do Couto e Silva es una buena y una mala noticia.  Buena porque puede haber un Golbery grandilocuente y a la vez pacificador.  En algunas páginas del pensador más brillante de la dictadura brasileña están los orígenes de la visión internacionalista de Fernando Henrique Cardoso y Lula: Brasil se hace grande cuanto más grandes son sus alianzas regionales.  La alianza ideológica y geopolítica entre Washington y Brasilia que Golbery proponía en los años 60 para “resolver la Guerra Fría” -unir al Tercer Mundo con el Primer Mundo para aislar al Segundo Mundo- implicaba un Brasil fuerte y benevolente, capaz de liderar a los pobres del Sur a través de la seducción y la persuasión. 

Por supuesto, Golbery era un pensador con puntos oscuros.  Pero más oscuros fueron los golberianos, y no sabemos qué tipo de lectura prefieren los seguidores de Bolsonaro. El Bolsonaro de la campaña grita y grita, promete bala y exilio, liberar a Venezuela de los rojos.  Esas locuras jamás las hubiera pronunciado el conservador de Golbery.  Ni el Golbery bueno ni el malo.  Suenan a un golberianisrno trasnochado y a un retroceso de la pacificación regional. 

La tercera forma en la que Bolsonaro podría complicar a Argentina es a través del efecto demostración en otros países.  Eso nos lleva a los significados profundos que mencionábamos al principio: Bolsonaro es la prueba de que una política de derecha dura puede ser electoralmente exitosa. Así funcionan los efectos demostración: a partir de la “imitación racional”.  La dirigencia de un determinado país ve que en el vecino aparece una innovación que funciona, y algunos de sus elementos comienzan a preguntarse si no será buena idea replicarla. 

Las condiciones para un “bolsonarazo” exitoso son difíciles de repetir: se necesita un cóctel de crisis económica y moral, una masiva militancia pentecostal de base, demandas de políticas de mano dura contra el crimen y la violencia, y la saudade nacionalista del país “más grande del mundo”. Pero por ahora no se trata del éxito de sus presuntos imitadores sino de la ocurrencia de la imitación. Aspirantes a Bolsonaros van a aparecer, con votos y discursos.  Veremos entonces cuán fuertes son los anticuerpos que la nueva democracia latinoamericana sembró y cultivó durante estos últimos y fugaces 35 años. ♣♣♣

*Polítólogo y profesor de la UBA. Le Monde diplomatique, edición Cono Sur.

2 recommended
comments icon 0 comments

Write a comment...

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *