Recuerdos de aquel 2 de abril

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Por Quique Pérez

A 37 años del intento de recuperar nuestras Islas Malvinas intentare, humildemente, bucear en mis recuerdos y situarme en la convulsionada Buenos Aires de 1982. Trataré de plasmar lo que sentía aquel muchacho con muchos menos años y daños que ahora.

Milagrosamente por un sorteo aleatorio, pude ser un dolorido observador asombrado en lugar de un combatiente de esa amarga e innecesaria guerra. Por mi año de nacimiento me correspondía haber participado del conflicto.

La dictadura militar se descascaraba y no por sus violaciones a los derechos humanos, sino por una recesión brutal a la que nos había llevado el FMI y sus mágicas recetas. La CGT, comandada por Saúl Ubaldini, organiza el paro con marcha hacia la Plaza de Mayo un 30 de marzo. La medida de fuerza fue un éxito, pero la marcha fue abortada por una feroz represión en la avenida 9 de Julio.

Tres días después pasamos del reclamo a la fiesta. Amanecimos con la noticia de que las fuerzas armadas habían recupera nuestras Islas Malvinas sin provocar ninguna baja a la escasa custodia inglesas del archipiélago y lamentando solamente la pérdida del Capitán Pedro Giachino en las fuerzas de asalto argentinas, el primero de nuestros héroes caídos en conflicto.

La algarabía era total, en pocas horas la Plaza de Mayo rebalsaba de argentinos enfervorizados al grito de “el que no canta es un inglés”. Tanto fue así, que tuvo que salir el general Galtieri a saludar al pueblo, cual héroe de la independencia, pero con unos whiskys de más.

En lo personal, jamás sabré si mi oposición férrea al conflicto fue una buena lectura de la realidad, temor por mis amigos colimbas, o simplemente miedo a que me convoquen al combate. En esa marea de argentinidad al palo, mi opinión trajo el repudio y la pelea hasta con mis familiares más directos.

Después llego la euforia, la mentira de que sin duda ganábamos, la visita del Papa Juan Pablo II para que nos retiremos en paz, la triste labor del canciller Costa Méndez, la traición de algunos países americanos (Chile y Estados Unidos) y el apoyo de otros (Perú y Cuba), la entrega de las Islas Sándwich del Sur sin disparar un solo tiro, la monumental tarea de la fuerza aérea infringiendo el único daño verdadero a la fuerza de la corona, el asesinato de los tripulante del ARA Gral. Belgrano lejos de la zona de conflicto (si lo hubiéramos hecho nosotros seríamos terroristas, como lo hicieron ellos fue un daño colateral), las mentiras de los medios, los festivales para juntar fondos que jamás llegarían a las tropas muy mal pertrechadas, entre innumerables historias de heroísmo.

Después llegó lo predecible. La rendición final del general Menéndez, quedando en las islas 649 argentinos con sus futuros y sueños sepultados. También llegaron miles de historias sobre la gallardía que tuvieron nuestros soldados durante los 73 días que duro el conflicto.

La parte más triste de la historia fue el regreso de nuestras tropas. Llegaron escondidos en camiones cerrados y dados de baja, fue en horas de la madrugada. Venían en pequeños grupos, como si fueran delincuentes, siendo en realidad enormes héroes. Los soltaron con la condición de no hablar con la prensa.

Por mi insignificante parte, termine como el 30 de marzo, reprimido ferozmente en la Plaza de Mayo, donde unos pocos cientos de argentinos fuimos a pedir explicaciones sobre la derrota y alguna noticia del estado de salud de nuestros afectos.

Vos me preguntarás qué paso con los cientos de miles que festejaron la toma de las islas. Seguramente se quedaron en sus casas preparando sus banderas para alentar al equipo de fútbol que se dirigía a disputar el mundial España 82. Ahí sí le íbamos a demostrar al mundo de lo que éramos capaces los argentinos. ♣♣♣

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