A la derecha, la pared

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Por Lucia Sabini Fraga

El mapa hoy

Se podría decir que en latinoamérica gobierna la derecha.  Con más o menos diferencias, los gobiernos de Chile con Sebastián Piñera, Mario Abdo Benítez en Paraguay e Iván Duque Márquez en Colombia se sumaron en el 2018 al ya gobernante Mauricio Macri en Argentina. La perlita conservadora de este 2019 fue sin duda el ascenso en Brasil del verborrágico Jair Mesías Bolsonaro, figura que prestó triste notoriedad al dedicarle su voto a favor del impeachment contra Dilma Rousseff en 2016 al torturador de la exfuncionaria, el coronel Carlos Alberto Brilhante Ustra. 

Como contrapartida, se encuentra el aislado AMLO en México cuyo discurso anti neoliberal encuentra mejores socios de ruta con Evo Morales en Bolivia, Miguel Díaz-Canel a la cabeza de la solitaria Cuba y, a un debilitado Nicolás Maduro en una Venezuela en conflicto y fuertemente desgastada. En la banda del medio, y esquivando la ola, se encuentra el Frente Amplio uruguayo con Tabaré Vázquez.  En Ecuador, hace rato, se respira tufo a traición. 

En este escenario, las izquierdas e incluso los progresismos caminan a los tumbos, si es que caminan. Se han desbaratado gran parte de los proyectos de unidad latinoamericana como fuera la reciente disolución de la UNASUR, comunidad política y económica creada en 2008 entre doce países sudamericanos, que implicó un importante paso a la integración regional. 

En su lugar, los gobiernos de Chile, Colombia, Brasil, Argentina, Perú, Paraguay y Ecuador formalizaron hace apenas unos días el PROSUR , que muchos prefieren llamar PRONORTE, un organismo regional de coordinación de gobiernos con perspectivas similares.  Una de las primeras coincidencias fue la de reconocer como presidente a Juan Guaidó en Venezuela -quien se autoproclamó primer mandatario del país caribeño sin ningún aval eleccionario en su país-, sumándose a los “guardianes de la libertad mundial” EE.UU -que lo hizo el mismo día-, Israel -3 días después- y varios países europeos que osaron de precavidos pero terminaron haciendo lo mismo al poco tiempo.  Mauricio Macri en el discurso inaugural del PROSUR aseguró que el ente previo -la UNASUR-  fue el último error donde “prevaleció la ideología y los prejuicios”. Parece que la ideología sólo es de la izquierda. Menos mal.

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Raros peinados nuevos

Dentro de las derechas, aflora un nuevo perfil: del tipo militar.  Diferenciado del empresario “apolítico” moderno y aggiornado, asoma un modelo con ribetes a la antigua. Conservadores, tradicionales, de prédica -y acción- virulenta. Encabezansus discursos con el tridente Dios, ejército y familia, harto conocido en estas tierras.  El discurso funciona justamente en contraposición a los llamados gobiernos progresistas de los últimos 15 años y  contra la avanzada del movimiento de mujeres y de las comunidades LGBT en todo el continente -y el mundo- que supone la erradicación de los valores tradicionales.  Y pareciera ser que si no se conserva por las buenas, se hará por las malas. Cómo vuelta de tuerca, predican una reivindicación explícita a los gobiernos militares, en particular a los golpes de Estado que azotaron brutalmente al continente en las décadas del 60 y 70. 

El caso más emblemático es sin duda el de Jair Bolsonaro, actual presidente de Brasil. El 31 de marzo pasado se cumplieron 55 años del golpe de 1964 en ese país, dictadura militar que perduró hasta 1985 y configuró uno de los primeros pasos dentro de la oleada dictatorial de todo el continente en la década del 70. A Bolsonaro -quien obtuvo un 55% de los votos en las últimas elecciones- no le interesó dar el discurso políticamente correcto, y una vez más, redobló la apuesta: conmemoró la fecha en cuarteles y envió un telegrama a la ONU afirmando que “no hubo golpe de Estado” y que el gobierno militar fue necesario “para apartar la creciente amenaza de una toma comunista de Brasil”. Desde el Ministerio de Educación también prometieron revisar los manuales escolares para transmitir una “idea verdadera y real” de lo sucedido.  Algo así como una teoría de los dos demonios brasilera.  O incluso peor, porque pareciera que el demonio sólo es rojo. 

En Uruguay, Guido Manini Ríos lanzó hace escasos días su candidatura a la presidencia por el partido Cabildo Abierto. Este señor Manini, para los que se preguntan, es un general que ejerció el cargo de comandante en jefe entre 2015 y hasta hace dos semanas, antes de ser desplazado por el presidente yorugua Tabaré Vázquez. Su salida se debió a las repercusiones de las declaraciones del ex militar José Nino Gavazzo admitiendo haber cometido delitos durante la última dictadura cívico-militar del país, entre los años 1973 y 1985, en particular el asesinato y desaparición de un militante tupamaro.  Pero esas declaraciones no son de ahora, y de ahí deviene el bochorno: se hicieron en el año 2017, quedaron registradas en las actas del Tribunal de Honor y ninguno de los integrantes ni el mando superior -el entonces comandante- decidieron llevar a la Justicia ni informar al Gobierno. En criollo, se hicieron los sotas. 

El Partido Cabildo Abierto en sus principios, brega -oh casualidad- por “la importancia de recuperar los valores éticos, morales” así como aseguran que “la familia es la base de la sociedad”. 

Por su parte, Sebastián Piñera solicitó la intervención militar en Venezuela y textualmente afirmó que “la solución pacífica democrática y de diálogo pasó”, a tono con sus pares latinos.  Fue el anfitrión del encuentro de Presidentes de América del Sur 2019 -donde se presentó el antes nombrado PROSUR- y aprovechó para hospedar un día más al polémico líder brasileño, pese a que el mismo había tenido declaraciones no muy afines a la democracia: es defensor y admirador de Augusto Pinochet de quien sostiene que “hizo lo que había que hacer”.  A esta altura de la historia, seguir defendiendo a genocidas es un hueso duro de roer.  Y ser tan gentil y defensor de la política económica de quienes son sus admiradores, no le pega tan lejos. 

En el repertorio local argentino encontramos al militar Juan José Gómez Centurión y el empresario del campo Alfredo Olmedo.  El salteño de campera amarilla sigue creciendo en las encuestas.  Según indican, el candidato del espacio Salta Somos Todos rankea entre un 15% y 20% de intención de voto, uno de los que más mide en esa provincia, razón por la cuál el hasta ahora gobernador Juan Manuel Urtubey no descarta tenerlo en su espacio, o al menos pedirle que lo lleve en su boleta como candidato a presidente. Si bien Olmedo sí se bajó de la candidatura presidencial a principios de año, su estrategia suena coherente: disputar la gobernación de su provincia natal para posicionarse desde allí como figura de peso nacional y apostar a una presidencial próximamente. Su retórica no sólo versa en contra de los derechos de las minorías sexuales, sino que apela a los valores de la familia como estandartes de la buena fe y las costumbres.  Tan así que lo encontraron saliendo de un albergue transitorio con una mujer que no era su esposa generando picantes polémicas. También es hijo del mayor productor de soja de la Argentina, conocido como el Rey de la soja, y dentro de sus campos se han encontrado cientos de personas en “condiciones infrahumanas” de vida, teniendo el mismo Olmedo que declarar como imputado por los presuntos delitos de trata de personas y reducción a la servidumbre hace no tantos años.  Dentro de su abultado y bochornoso prontuario, también se destaca el haber sido el único diputado nacional en votar en mayo del 2017 en contra de la propuesta de ley para prohibir que se aplique el 2×1 a represores de la dictadura argentina, entre tantos otros posicionamientos cuestionables.  

Por su parte, Juan José Gómez Centurión es un militar retirado, veterano de la guerra de Malvinas, que se desempeñó como director general de la Dirección nacional de Aduanas durante el primer año de la gestión macrista.  Fue vinculado a una causa por contrabando de la que salió ileso judicialmente en octubre del 2016 y reintegrado a su puesto.  Un año después renunció a su cargo, se alejó del oficialismo y armó su propio espacio político. Su flamante partido “NOS” apela al “orden institucional”, considera que “la ideología de género es un sistema absolutamente disruptivo con el modelo social argentino” y en una reciente entrevista, el ex militar llamó a invocar “la razón de Dios como toda fuente de razón y justicia”.  Centurión participa del espacio Valores para mi Paísque encabeza la blonda pro-vida -o anti derechos- según como se lo mire, Cynthia Hotton.  De nuevo, el tridente preferido: Dios, Ejército y Familia. 

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Lo que queda debajo de la alfombra es igual a mugre

Un elemento significativo para entender el surgimiento de estas nuevas derechas pro- militares en el continente es la falta de políticas públicas de memoria activa y ausencia de procesos judiciales a los militares responsables de los golpes de Estado y crímenes cometidos dentro de ese periodo en varios de nuestros países. No hablamos de bandos que pueden ser igualados: el terrorismo de Estado contó con una estructura económica, logística, mediática, judicial, nunca comparable con grupos o colectivos de la sociedad civil, estén o no armados. Amén de eso, los crímenes de lesa humanidad que se han cometido son significativamente graves: en cantidad de muertes, en mecanismos planificados de acción -centros clandestinos, operativos conjuntos-, metodología de torturas sistemáticas -donde los crímenes sexuales fueron un elemento constitutivo-, desaparición de cuerpos, robo y apropiación de bebés. No son casos aislados ni circunstanciales, fueron planes de acción estatal-militar, respaldados por sectores eclesiásticos y empresariales que se beneficiaron con la paz de los cementerios que reinaron en sus empresas y fábricas posteriormente. 

Argentina fue el país más avanzado de la región en materia de memoria y revisión de su última dictadura. En 1985 con el Juicio a las Juntas, que aunque matizado por los tristes célebres Punto Final y Obediencia debida, fue crucial para sentar en el banquillo a los máximos responsables del golpe, con el lema Nunca Más como bandera. Luego, con el kirchnerismo a la cabeza se pusieron en marcha varios dispositivos que alentaban a la memoria colectiva y a dinamizar distintos procesos judiciales.  La famosa imagen de Néstor Kirchner bajando el cuadro de Rafael Videla y Reynaldo Bignone del Colegio Militar de la Nación en el aniversario del Golpe en el año 2004, fue el inicio de otro camino respecto al tema. Por supuesto, durante los más de 20 años previos, organismos de derechos humanos reconocidos mundialmente habían hecho un trabajo incesantemanteniendola memoria viva dentro de la sociedad.  Pero otra vez: no es lo mismo si desde el Estado se pregona una política de reparación histórica, a que si no.  Las herramientas con las que se cuentan siempre son otras, son más, llegan más lejos. 

A diferencia de otros países del Cono Sur, en Brasil ningún militar fue condenado por las violaciones a los derechos humanos porque ningún proceso llegó a ser juzgado.  Gracias a la Ley Amnistía de 1979 -confeccionada en plena dictadura- los militares se aseguraron la impunidad futura. 

En Uruguay, el Pacto de Club Naval realizado a mediados del 1984, garantizó el silencio y la ausencia de procesos judiciales.  Esa especie de pacto de caballeros entre los militares y representantes de los partidos Colorado, Frente Amplio y Unión Cívica, posibilitó el retorno del régimen democrático en Uruguay atando a todas las fuerzas políticas de pies y manos para futuras acciones.  En su momento, dentro de las negociaciones existentes se resolvió -en relación a las violaciones cometidas durante la dictadura- la aprobación de una ley de amnistía para todos los presos políticos y varios presos comunes, y la aprobación de la llamada Ley de Caducidad -conocida también como Ley de Impunidad- que fue declarada inconstitucional por la Suprema Corte de Justicia recién en 2009.  No hubo juicio a las Juntas militares ni la ley fue derogada.  Cuando los aires progresistas avivaron el continente, se avanzó con juicios, excavaciones y nuevos testimonios, aunque mayormente quedaron en un estado de estancamiento crónico.

En Chile Augusto Pinochet, quien dirigió un sangriento golpe de Estado en 1973 contra el gobierno democráticamente elegido de Salvador Allende, se mantuvo como comandante en jefe del Ejército hasta el 10 de marzo de 1998 -8 años después de finalizado el Golpe- y al día siguiente asumió como senador vitalicio, cargo que incluso llegó a ostentar un breve tiempo. 

Murió bajo arresto domiciliario -nada de cárcel común- y con un importante apoyo popular en su país.  Tenía 300 cargos penales, violaciones a los derechos humanos, evasión de impuestos y enriquecimiento, entre otras causas.  En los últimos años, algunos militares fueron condenados por desapariciones y homicidios durante la dictadura de Pinochet, pero lejos fue de una política de alcance estructural. 

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“…ayer me re quemé con un tipo en el local, decía que ojala vuelvan los milicos…”, me dijo hace pocos días una compañera de trabajo. Un tipo joven parece ser que era. 

Que miedo, pensé. Pensamos. 

Que surga, que resurgan. 

Y aunque pareciera que todo está dicho, por suerte no existe el fin de la historia. En este 2019 se acercan junto con la primavera varias elecciones decisivas en países de la región como Bolivia, Uruguay y Argentina. Las esperanzas de democracias firmes, plurales, profundamente humanistas, siguen en pie más que nunca. ♣♣♣

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