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Lenguaje inclusivo: se reaviva la llama del debate

Por Penélope Canónico


La Academia Nacional de Educación se opuso a su utilización porque considera que “complejiza la lengua tanto como su enseñanza y no contribuye a señalar la igualdad de los sexos sino que, por el contrario, sugiere la existencia de una rivalidad y no de un encuentro fundamental”.

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Tensiones y posiciones divergentes. Una batalla que excede el ámbito cultural. Lejos de haberse archivado, el debate por el uso del lenguaje inclusivo se reaviva en una sociedad convulsionada. Durante los últimos años, el lenguaje inclusivo se instaló como una latencia en todos los ámbitos sociales donde antes era impensable. En la búsqueda de un vocabulario neutro, no discriminatorio y con un enfoque igualitario, la mesa familiar, los medios de comunicación y las aulas se encontraron interpeladas por sujetos que cambian la clásica distinción binaria de los artículos y el lenguaje se vuelve, inclusive, un tema de conversación.

La Academia Nacional de Educación se opuso a su utilización porque considera que “complejiza la lengua tanto como su enseñanza y no contribuye a señalar la igualdad de los sexos, sino que, por el contrario, sugiere la existencia de una rivalidad y no de un encuentro fundamental”

El lenguaje siempre refleja realidades. Es un sistema de comunicación que expresa el desarrollo de una sociedad, cuyos miembros no siempre se sienten representados. Las generaciones jóvenes comenzaron hace bastante a introducirlo en forma escrita, a través de distintos símbolos. ¿Estos cambios se imponen o surgen espontáneamente?

“Cada declaración que escucho en contra del lenguaje igualitario me convence más de que es el camino a seguir y me esfuerzo por utilizarlo, aunque suene mal fonéticamente. Es cuestión de acostumbrarse. Me parece interesante la toma de posición que plantea”, señala Natalia Corbellini, titular de Literatura Española B en la Universidad Nacional de La Plata (UNLP).

La Facultad de Letras (UNLP) sancionó, hace más de dos años, una Resolución que permite el uso del lenguaje inclusivo en los exámenes, es decir, prohíbe desaprobar o sancionar al alumno cuando use la arroba, la “x” o la letra “e” en forma escrita. En este escenario, Mariana Cucatto, titular de Lengua II en la UNLP, destaca que desde hace tiempo trabaja la materia con perspectiva de género, centrándose en el estudio del análisis crítico del discurso. Asimismo, añade que existen estudios antropológicos que vinculan las marcas de género de las profesiones porque el lenguaje es un reflejo de lo que cada uno es.

Sin embargo, no todos los académicos sostienen el mismo pensamiento. Dario Maiorana, lingüista    y profesor en una institución educativa de Rosario, cuestiona este fenómeno porque considera que modifica la gramática y el uso correcto del idioma. “La lengua no es sexista, sino el uso que se le otorga. Hay colectivos que se sienten excluidos o con derechos avasallados porque piensan al lenguaje como manifestación de un grupo hegemónico que intenta dominar al resto”, señala para explicar la presencia de elementos ideológicos en la lengua. Pero también plantea que existen alternativas para un cambio pacífico. Una forma es eliminar las entradas léxicas con resabios machistas, propias del Diccionario. Por ejemplo: antes “fácil” refería a una mujer proclive a tener sexo. Otra manera, aunque los puristas no acuerden, consiste en reduplicar palabras: decir todos y todas, alumnos y alumnas. Incluso, María Elena Walsh fue creativa en incorporar el término “tortugo” a una de sus canciones; o Cristina Fernández de Kirchner al hablar de “Presidenta”.

Según Maiorana, estos cambios son pacíficos porque no alteran el sistema comunicativo ni resultan ambiguos. En cambio, explica que la letra “e” no puede usarse como formante genérico porque modifica la estructura del sistema y pone en peligro la comprensión de la lengua. “No se puede innovar como si no existiera la estructura sintáctica. La lengua es patrimonio colectivo. Que el español sea incluyente o excluyente es una cuestión ideológica”, subraya.

En otro escenario, Loreley Flores, periodista de la agencia “Sin Cerco” e integrante de “Ni una Menos” de Rosario, apuntó que el uso del lenguaje igualitario, como prefiere llamarlo, molesta porque toca lugares de poder y despoja de privilegios a grupos hegemónicos. “A través del discurso se generan realidades. El uso del masculino como generalidad demanda una deconstrucción. Me pregunto por qué se resisten a incorporar “juntes” cuando “google”, “selfie” o “feminazi” se incorporaron en la oralidad sin ningún tipo de problema. ¿Será porque la mujer empieza a tener una sonoridad que no se puede reprimir’?”, indica la especialista.

El español, como lengua romance, evolucionó con una fuerte marca masculina. Pero el lenguaje puede modificarse en función de las convenciones sociales para reflejar las necesidades actuales. ¿Moda o cambio radical? La lengua siempre busca formas para expresar lo que no puede. “Ese resto siempre está presente”, diría el teórico Raymond Williams para referirse a lo que queda excluido de la realidad. ¿La Resistencia de Sábato o un cambio paradigmático? Ensayo, prueba y error. El transcurso del tiempo definirá el estado de la cuestión. ♣♣♣

#PA.