La inteligencia artificial que  busca conocer “el olor del pasado”

La inteligencia artificial que busca conocer “el olor del pasado”

Por Enrique Alpañés

La peste hedía a romero. Se creía que esta hierba aromática permitía burlar a la enfermedad que asoló Europa en el siglo XIV. Trescientos años después, el poder empezó a oler a piña. La fruta tropical no se daba en Europa, así que si algún noble del viejo continente la tenía en su mesa era porque había podido traerla de las Américas en pocas semanas, aún fresca y aromática. Los olores siempre han servido para diferenciar clases sociales. Antes de que los coches y las fábricas inundaran las calles de humos, las grandes urbes europeas olían a mierda. Los caballos recorrían las carreteras, el alcantarillado no funcionaba bien y apenas había baños públicos. La burguesía parisina paseaba entonces con pomanders, pequeñas esferas de orfebrería en las que se introducían hierbas y especias aromáticas. Eran frascos de colonia portátiles. Dejaban pequeñas estelas fragantes en un mar de miasma. Son unas pocas historias, pero hay muchas más. El pasado ha llegado hasta nosotros inodoro y aséptico, pero olía. La guerra olía a pólvora y sangre. La revolución apestaba a sudor. La fe aún se perfuma de incienso.

No sabemos esto de primera mano. Los olores son efímeros, pero las palabras no. Muchos han quedado registrados en los libros del pasado. Yacían aplastados por el peso de millones de palabras, pero ahora que estos textos han sido digitalizados hay una posibilidad real de identificarlos, clasificarlos y recuperarlos. Utilizando técnicas de deep learning e inteligencia artificial, un equipo interdisciplinar quiere rescatar los olores perdidos de Europa. Y las historias que los rodean.

Expertos de Países Bajos, Reino Unido, Francia, Alemania, Italia y Eslovenia se han unido para un proyecto al que la Unión Europea ha adjudicado 2,8 millones de euros. Se llama Odeuropa y arranca en enero de 2021. Durante tres años trabajará en la búsqueda, catalogación e incluso recreación de los olores que flotaron por el viejo continente entre los siglos XVI y XX. Un equipo multidisciplinar compuesto por ingenieros, químicos, historiadores y lingüistas está empezando a trabajar en ello.

La tecnología del futuro hará posible que conozcamos mejor nuestro pasado. Sara Tonelli, lingüista computacional en uno de los organismos participantes, la Fondazione Bruno Kessler (Trento, Italia), es consciente de esta paradoja temporal. Todo su trabajo se basa en ella. “La Unión Europea ha hecho un gran esfuerzo en los últimos años para digitalizar grandes cantidades de datos y hacerlos accesibles a los investigadores”, resalta en una entrevista por Zoom. “Y creo que hemos llegado al punto en el que podemos aprovechar estos materiales, sacarles partido e intentar extraer información valiosa”.

Fotograma de la película 'El Perfume', basada en la novela de Patrick Süskind
Fotograma de la película ‘El Perfume’, basada en la novela de Patrick Süskind.

Es lo que lleva tiempo haciendo desde su fundación. Filtrando toneladas de frases por una inteligencia artificial, buscando agujas de información en pajares de palabras. “Qué personas menciona un texto, qué lugares, qué acontecimientos o expresiones repite”, ejemplifica la científica. Normalmente, su campo de búsqueda se limita al italiano contemporáneo, periódicos y libros actuales. Pero para este proyecto, está teniendo que entrenar a su inteligencia artificial para que aprenda siete idiomas distintos y maneje un lenguaje que, desde el siglo XVII hasta la actualidad, ha evolucionado bastante. “Hemos tenido que mejorar nuestras herramientas porque estamos lidiando con un tipo de lenguaje, bueno, varios tipos de lenguajes, que han mutado, que han evolucionado a lo largo de los años”.

Tonelli cree que en esta mutación, el lenguaje se ha empobrecido. Que quizá en el pasado viviéramos en urbes más olorosas y tuviéramos más riqueza verbal para definir lo que asaltaba a nuestras narices. Pero no se atreve a asegurarlo. Será su herramienta la que, estudiando libros de viajes, novelas y manuales de medicina, llegue o no a esa conclusión. “No solo veremos si el vocabulario y la terminología respecto al olfato han cambiado”, explica, “queremos extraer los sentimientos para ver qué olores relacionamos con emociones positivas o negativas. Y si esto ha cambiado en el tiempo. También veremos si hay algunos eventos o escenarios que están más relacionados con la información olfativa. Por ejemplo, las ceremonias religiosas, la medicina, la Revolución Industrial…”

Bibliotecas y museos de toda Europa van a ceder sus palabras e imágenes para que distintos algoritmos las recorran en busca de olores. Tonelli y su equipo se encargarán de las palabras; su colega Peter Bell, de la Universidad de Erlangen-Nürnberg, hará lo propio con las imágenes. Una inteligencia artificial, supervisada por humanos, recorrerá los cuadros digitalizados buscando flores, comida o vapores. De esta forma se podrá estudiar la forma en que la fotografía y la pintura han retratado algo tan etéreo como el olor.

Tonelli destaca esta colaboración entre países y especialistas como el punto fuerte de Odeuropa. “Hemos participado en proyectos similares antes y hemos fracasado”, reconoce. “El hecho diferencial es que este es un proyecto interdisciplinar. Ahora la pregunta no viene formulada desde el sector tecnológico sino desde el histórico”.

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Cómo el olor conecta a las distintas comunidades europeas

La encargada de coordinar esa pregunta colectiva es Inger Leemans, historiadora de la Universidad de Amsterdam y autora de Taste & Smell in the Eighteenth Century. “Una de las misiones de este proyecto es presentar el pasado a futuras generaciones”, explica por videoconferencia. Además de colaborar con museos y bibliotecas de toda Europa, Leemans pretende que su trabajo influya también en las instituciones. “Nuestra idea es definir la agenda de la Unión en este sentido para los próximos años”, asegura.

Leemans destaca el potencial evocador de los efluvios, como estos nos pueden retrotraer a un pasado común. “Es un patrimonio inexplorado, uno que además, no crea divisiones”, defiende. “El olor conecta a las distintas comunidades europeas, nos dice mucho sobre quienes somos y cómo estamos relacionados”. Para apuntalar esta idea, tira de polémicas recientes: “Si analizas el pasado a través de las estatuas, por ejemplo, podríamos acabar discutiendo, es una historia divisoria y excesivamente institucionalizada. Los olores no tienen ese efecto. Son un lugar común y propician conversaciones más abiertas”. Leemans conoce de primera mano estos efectos. Antes de capitanear este proyecto era pionera en la recreación de esencias en museos, una finalidad que también contempla Odeuropa.

Foto del inglés Henry John Burns oliéndose sus axilas en 1976.
Foto del inglés Henry John Burns oliéndose sus axilas en 1976. MONTY FRESCO / GETTY

La ayudará en esta tarea Cecilia Bembibre, investigadora del Instituto de Patrimonio Sostenible del University College de Londres (UCL). Bembibre lleva años extrayendo el olor de los libros. No el que describen, sino el que emanan. Empezó estudiando los olores de los viejos libros con una finalidad más práctica: entender si se conservaban en buenas condiciones de humedad, ventilación e iluminación. Pero al restaurarlos y pasear por bibliotecas inodoras, se dio cuenta de que faltaba algo. “Hay algún tipo de incongruencia, algo que falla”, explica por videoconferencia. “El olor nos conecta directamente con la experiencia, nos da un referente del espacio en el que estamos. Percibimos el mundo con los cinco sentidos y el olfato es uno de ellos, uno muy efectivo”.

Desde entonces, Bembibre se ha dedicado a descubrir qué olores tienen valor cultural, a identificarlos y estudiar cómo preservarlos en el futuro, en una especie de archivo de los olores. Lo hace con una técnica llamada cromatografía de gases y espectrometría de masas, una nariz electrónica que analiza e identifica los compuestos químicos que producen el olor. Después, hace una cata a ciegas de olores, pide a distintas personas que hagan una descripción de lo que están oliendo. De esta forma llegó a la conclusión, por ejemplo, de que los libros viejos huelen a chocolate.

La idea de Odeuropa es repetir esta técnica para elaborar una gran enciclopedia online de olores europeos. Después, pasarán a la acción. Aunque la recreación de olores históricos es un tema muy debatido, reconoce Leemans, las técnicas actuales son mucho más fiables. Así trabajarán con químicos y perfumistas para recrear los olores del pasado e introducirlos en los museos para ambientar las épocas que reflejan. “La industria del retail lleva haciéndolo mucho tiempo no solo para crear identidad de marca, sino para influir en nuestro comportamiento”, explica Bembibre. “Hasta ahora se ha usado con finalidades comerciales, nuestra idea es hacerlo con fines históricos y ese es un escenario inexplorado. Queremos hacer que la historia huela”.

Bembibre destaca la parte técnica del proyecto, la capacidad de los distintos algoritmos y máquinas involucradas. Pero está más interesada en las historias que estos pueden descubrir. “Al final, son las historias las que dan sentido a la ciencia”, explica. La idea de este proyecto es que podamos explicar (y hacer oler) esas historias a las generaciones futuras, que puedan experimentar el pasado de una forma más inmersiva. Por el momento es un imposible. Tres años, casi tres millones de euros y el esfuerzo de decenas de expertos europeos pueden marcar la diferencia. “Puede ser una gran llave para Europa, una llave que abre la puerta a un mundo que, ahora sí, podremos experimentar con los cinco sentidos”, resume Bembibre. ♣♣♣

#PA. El País.