Pasarse Tinder

Por REDACCIÓN

Por Alejandro García

Pocas aplicaciones debe haber más populares que Tinder, referencia indiscutible en el ámbito de las relaciones por internet, por lo que resulta tediosa cualquier introducción de más de un par de líneas. Pocas también tan polémicas o que susciten tantas posturas encontradas entre usuarios y opinión pública en general; a los prejuicios tradicionales sobre usar una aplicación para citas — aún hay quien siente vergüenza al decir que conoció a su pareja en Tinder— se le han añadido otros debates sobre los desconocidos algoritmos de la aplicación, acusados de promover el sexismo o de clasificar los perfiles según su deseabilidad, la fama de aplicación de sexo casual que ha adquirido y, lo que es quizá la queja más corriente, la frustración, el cansancio y la sensación de desesperanza que generan entre muchos usuarios. A pesar de ello, Tinder sigue batiendo récords incluso durante la pandemia, cuando experimentó un notable aumento de actividad debido al confinamiento. ¿Es una aplicación demoníaca que solo sirve para perder el tiempo y estafarnos o realmente funciona? Para responder esta cuestión, la mayoría de artículos en la red se centran en la app y su funcionamiento, y bastante menos en el uso que le damos los humanos, un campo donde la psicología tiene mucho que decir.

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La máquina de jugar

La principal característica de Tinder es su enorme facilidad de uso; en pocos minutos después del registro estamos ya moviendo el dedo a izquierda y derecha, seleccionando quién nos gusta y quién no. Es una aplicación perfectamente gamificada, que se basa en mecanismos de gratificación inmediata; la activación continuada del sistema de recompensa, unida a una respuesta variable —no siempre haremos match, pero sabemos que hay esa posibilidad—, nos puede llegar a enganchar sin remedio. Sí, es el mismo principio que rige en las adicciones y el Candy Crush, el sistema de recompensa variable.

La experiencia de usuario entre conseguir un match o cazar un Pokémon no es muy diferente, pero en el primer caso tiene implicaciones más profundas: muchas personas llegan a convencerse de que ya han encontrado a alguien, cuando lo que tienen no es más que un contacto. No le gustas tú, le gusta tu perfil; lo demás necesita aún confirmación, dedicación y habilidades sociales. Esta distinción básica, que ahorraría cientos de fotopollas, puede pasar desapercibida en el océano inabarcable de opciones que nos ofrece Tinder. Tantas, que un uso poco selectivo podría llevarnos a la situación de tener que manejar decenas de matches. Y ya sabemos lo que pasa cuando manejamos demasiados bloques de información: que nos saturamos. Cuando se empieza a coleccionar contactos, pocos piensan en que después les va a tocar mantener conversaciones. Con el bombardeo de estímulos, es fácil olvidar la vieja regla de no morder más de lo que se puede tragar. En el otro extremo del espectro se encuentran quienes a duras penas consiguen un par de contactos cada varios meses; en este caso lo más probable es que tanto el perfil como la estrategia sea bastante mejorable. 

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El ataque de los clones

Hacerse un perfil de Tinder parece algo muy sencillo, pero requiere cierta reflexión previa que no siempre se realiza. Independientemente de la motivación —ya sea pura curiosidad, sexo casual o una relación seria—, la manera en la que nos presentamos al mundo tiene gran importancia. En entornos online esta autopresentación muestra ciertas particularidades, porque el medio permite un mayor control de la información que damos —si se quiere decir así, nos hace más fácil manipularla—; seguimos un «modelo hiperpersonal» que va más allá y es más deseable socialmente que el viejo cara a cara. En otras palabras, nuestra imagen online tiende a estar deliberadamente mejorada con respecto a la realidad. 

Existen dos estrategias principales de autopresentación entre humanos que también aplican a la hora de fabricarse un perfil: la primera opta por el sesgo de deseabilidad social, exagerando aquello que creemos que va a resultar más atractivo a nuestra audiencia. Esta vía tiene sus riesgos, ya que pasarse en el embellecimiento nos acerca peligrosamente a la deshonestidad. Lo que nos coloca de lleno en el segundo criterio de presentación, el de la consistencia y la fiabilidad. Por otra parte, excederse en autenticidad nos puede restar atractivo si ofrecemos información fuera de contexto, desagradable o innecesaria. Escoger el grado de compromiso entre dar una imagen positiva y resultar auténtico no es una elección sencilla, aunque es crucial en la fabricación de un perfil. Los estudios no se ponen de acuerdo en cuál de estas políticas es más efectiva, aunque algunos apunten hacia la honestidad. 

El papel de la audiencia es esencial, puesto que el grado de manipulación de la autopresentación aumenta cuanto más importante nos parezca o menos idea tengamos de lo que esperan. Justo lo que nos encontramos en Tinder, una espesa niebla al otro lado. No tenemos ni idea de quién ni cuántas personas nos ven, así que a todos los efectos es un público imaginario; si optamos por intentar agradar al mayor número de personas posible, es muy probable que nos quede un perfil genérico sin demasiada sustancia, patrones tipo «escalador», «yoga en la playa» o «amiga de sus amigos», de esos a los que «les gusta salir y pasárselo bien» y «odian la mentira». Sobre todo, si además hemos optado por ser demasiado prudentes a la hora de hablar de nosotros mismos. Aunque todavía no están suficientemente estudiados, este tipo de perfiles clónicos suelen estar muy bien identificados en la cultura popular. 

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Todos mienten

Uno de los memes más habituales sobre Tinder y demás apps es la idea de que todo el mundo miente, posiblemente derivada del hecho de que la mayoría tiende a elegir la estrategia de la deseabilidad. Algunos estudios llegan a cifrar en el 80 % el porcentaje de perfiles que engañan en algunas características. La falsificación deliberada, el troleo, la misoginia o el abuso verbal son algunos de los comportamientos antisociales más estudiados en Tinder. Aunque no estamos exentos de encontrarnos individuos de la llamada «tétrada oscura» —narcisistas, sádicos, psicópatas o maquiavélicos—, a quienes los costes de ser etiquetados de mentirosos les preocupan más bien poco, lo más común es pasarse de frenada a la hora de adornar nuestra imagen. No siempre a propósito; de lo que me haya autoconvencido también te voy a hablar en mi perfil, nadie está libre de disonancias. Aceptando que es una práctica común y recomendable tratar de mostrar mi mejor versión ante personas desconocidas —aunque no salgamos a ninguna parte, en Tinder también nos «arreglamos para salir»—, la idea sería que el grado de discrepancia entre mi «yo aumentado» y lo que llevaré a la cita real sea aceptable. 

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Ponerse bonito

La premisa del «perfil como promesa» parte de la base de que lo que muestro es una versión mejorada factible de mí mismo, contrapesada por la fiabilidad. Puede que me falten tres meses para acabar el máster o que ya no lleve barba, pero eso son diferencias salvables de importancia relativa. Tener quince años o kilos más de los declarados ya es harina de otro costal. 

Es básico tener en cuenta a quién nos queremos dirigir. Parece evidente que la estrategia de la cantidad nos empuja hacia clichés generales, que pueden funcionar si mi atractivo superficial es grande, pero esto implica darle poca relevancia a quien esté al otro lado y a la calidad del contacto. En este sentido, no hay que perder de vista que los criterios principales para seleccionar un perfil son la similaridad y la autenticidad. Pensar en qué nos gusta realmente y transmitirlo con sinceridad nos puede ayudar a llamar la atención de personas que tengan inquietudes parecidas, a la vez que resultamos confiables. Mostrar rasgos personales que nos alejen de un cliché y nos personalicen es una vía a considerar; mucho mejor un texto divertido que escribir «tengo sentido del humor». Una opción interesante a la que se recurre poco es pedir ayuda a aquellos que nos conozcan bien y puedan ayudarnos a plasmar nuestras mejores cualidades, o al menos asesorarnos en el proceso.   

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Hombres y mujeres y viceversa

No es una sorpresa que en Tinder haya grandes diferencias de comportamiento y experiencia de uso entre usuarios masculinos y femeninos. Los datos publicados recientemente en redes sobre el uso por género arrojan algo de luz a fenómenos que muchos usuarios no tienen en cuenta a la hora de explicarse su trayectoria en la aplicación; la mayoría de los usuarios gratuitos de Tinder son hombres, y son mucho menos selectivos que las mujeres a la hora de dar likes. Esta baja discriminación conlleva una tasa de «conversiones» en match muy pobre. En líneas generales, una mujer puede —y necesita— ser muy selectiva para no verse abrumada con cientos de chats —o aprender a practicar el borrado o el ghosting masivo antes de caer sepultada en un mar de conversaciones—, mientras que el masculino practica la «tirada de caña industrial» al tiempo que cosecha muy pobres resultados. Todo ello a pesar de que el mecanismo de like mutuo se introdujo precisamente para favorecer contactos de mejor calidad con respecto a herramientas anteriores. En cuanto a las tendencias, hay evidencia de que los hombres mienten más que las mujeres y se fijan más en el aspecto físico, mientras que ellas tienden a valorar más el estatus social y la información más detallada. Como consecuencia, ellos tienden a mentir más sobre su estatus y ellas sobre su físico.

¿Y qué ocurre con otros géneros u orientaciones sexuales? ¿Influye en mis pautas mi sexo y mi género, o más bien lo que me atrae? En realidad, es una pregunta que no se puede responder con garantías, ya que los estudios disponibles solo concluyen que entre las minorías sexuales el uso de apps de citas es mayor, siendo Tinder la favorita del público heterosexual. La mayoría de estudios disponibles no heterosexuales se han realizado sobre hombres que buscan hombres, pero en la plataforma específica Grindr, por lo que faltan estudios comparativos por género y orientación. Sigue habiendo toda una zona gris alrededor de esta cuestión. 

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De algoritmos, gallinas y huevos

Las implicaciones de estas diferencias de género plantean preguntas interesantes para feroces debates entre psicólogos de todo pelaje. ¿Son un reflejo de patrones genéticos, de conductas adaptativas, de tradiciones culturales o es resultado de una manipulación por parte del misterioso algoritmo de inteligencia artificial de Tinder? 

Son muchas las voces que se han alzado para señalar que el criterio de presentación de los perfiles que Tinder realiza está basado en una inaccesible puntuación ELO, calculada en función de parámetros desconocidos. Algunos investigadores han intentado obtener más datos sobre esta cuestión: en El algoritmo del amorJudith Duportail acaba accediendo a su índice de deseabilidad al tiempo que se encuentra un muro de desmentidos y silencios por parte de la compañía. Al parecer, el algoritmo clasificaba en función de atractivo percibido —medido en likes recibidos—, pero además también incluía información deducida del perfil sobre estatus social, formación e intereses. La patente del algoritmo descubierto tendía a presentar mujeres más jóvenes y con mejor formación a los hombres etiquetados como más deseables, mientras que al revés no ocurría lo mismo, con lo que contribuía a sostener desigualdades de género y estereotipos sexistas. 

Las inteligencias artificiales no dejan de ser sistemas de aprendizaje automático que deciden en función de unos criterios e identifican tendencias, por lo que cualquier sesgo en su diseño puede provocar que apuntalen estos supuestos de partida, por discutibles o artificiales que sean, y esto sea confundido con una «realidad» preexistente, a la que muchas personas podrían dar carta de naturaleza. Una IA diseñada por un racista puede ser entrenada para comportarse de forma racista y favorecer patrones racistas. ¿Significa que los humanos somos racistas? Un debate apasionante más sobre la gallina y el huevo, genética o ambiente. 

Tinder reaccionó rápidamente en 2019 descartando el algoritmo original y anunciando nuevos criterios de puntuación basados en la actividad, la localización y el comportamiento del usuario. Así que como usuarios de la aplicación lo único que podemos hacer es un uso responsable y educado de Tinder; tener un perfil con fotos bonitas, texto y datos adicionales, dar like solamente a quienes nos gusten de verdad —revisar nuestros criterios es importante—, hablar con los matches que hagamos. Cuanto más tiempo pases en Tinder, la app te lo recompensará. Lo cual tiene su reverso tenebroso, claro está.  

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Working in a coal mine

Un uso desproporcionado de Tinder comporta efectos colaterales más allá de tenernos la mar de entretenidos, puesto que lo que estoy poniendo en juego es, además de mi tiempo —que ya es mucho—, todo lo que involucra relaciones personales de tipo romántico: mi cuerpo, mis sentimientos y mis ilusiones, además de las de otras personas. La implicación excesiva o el consumo compulsivo de citas suelen llevar a un carrusel de dolorosos ciclos de expectativa-decepción-rechazo que administrados muy seguido nos van a generar ansiedad, tristeza, baja autoestima o desesperanza. Ya existen estudios que demuestran mayores niveles de malestar emocional en usuarios de apps basadas en deslizamiento de perfiles. En el caso de que tengamos relativo éxito, explorar todas las opciones posibles hace necesario un departamento de recursos humanos entero para gestionar nuestra agenda; pretender hablar o quedar con todo el mundo nos conducirá al agotamiento y la saturación. Es necesario estar preparado para poder hacer renuncias rápidas sin culpa —los «por si acaso» y demás cabos sueltos consumen tiempo y distraen la atención— y manejarse bien con la frustración cuando no se pueden encajar las piezas como se desearía.

Y es que un aspecto poco reseñado de Tinder y similares es, a pesar de su sencillez intuitiva, la amplia y repetitiva dedicación que requiere este formato: cada contacto potencialmente valioso arrastra detrás un historial de seleccionar perfiles, dar likes y esperar matches que es solamente el punto de partida. Suponiendo que pasemos el filtro de la comunicación online, después toca pasar a la vida real —un plazo que conviene no alargar mucho para evitar el riesgo de idealización— y a partir de ahí, ver si prospera. Ahora multipliquemos este proceso por cinco o diez. Si no disponemos de mucho tiempo libre, quizá lo mejor sea dosificar nuestras excursiones por la herramienta para evitar que nuestro día a día se vea muy distorsionado.   

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Eppur si muove

Y, sin embargo, Tinder funciona. Los datos de Rosenfeld para Estados Unidos (2019) indican que un 40 % de las parejas heterosexuales se conocen por internet en 2017. Para minorías sexuales el porcentaje es bastante mayor, ya que el entorno online les permite protegerse parcialmente de los peligros de la discriminación. Algunos estudios apuntan al uso de Tinder como factor predictor de una mayor tasa de éxito a la hora de formar relaciones románticas. Encontrar una pareja en Tinder es factible a pesar de las dificultades, especialmente si no disponemos de acceso a entornos donde conocer personas nuevas, aunque nos cueste —cada vez menos— reconocer en público que nos conocimos en un lugar «tan poco romántico». Afortunadamente, el prejuicio se bate en retirada; lo importante en una relación no es, ni de lejos, las circunstancias en las que sus miembros se conocen, salvo en las películas; que te presente un amigo u os conozcáis en el trabajo tampoco es muy glamuroso y hasta ahora nos hemos apañado con ello.

tinder gráfico

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PA. JotDown.

8 de octubre de 2021.

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