La triste radiografía del cierre de una fabrica en Misiones

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Por Lucía Sabini Fraga

Sandra, que podría llamarse Beatriz o Norma, llegó a su trabajo a las 7 am puntual como todos los días. Era empleada de la fábrica desde hacía 8 años, pero ese día su tarjeta de acceso no le habilitó el paso. No entendía nada, pero se dio cuenta que no era la única. En la puerta de la fábrica los directivos armaron un cordón humano para restringir el paso: ese 28 de diciembre de 2018 fueron despedidas de la fábrica Dass 175 trabajadores. Los llevaron al comedor y los hicieron firmar papeles: todo fue rapidísimo, tanto que Sandra no recuerda bien que firmó. La carta documento que debía llegar al hogar con algunas semanas de anticipación estaba allí, preparada sobre la mesa de la enfermería, lugar donde empezaron a llamar uno por uno a los trabajadores para cerrar el papelerío. Las indemnizaciones pertinentes fueron depositadas unos días después en sus cuentas de banco; según la antigüedad y el puesto oscilaban entre los 250 mil y 700 mil pesos, hoy en día el equivalente a 4.200 y 11.700 dólares respectivamente. Faltaban poco días para navidad y si bien los trabajadores se habían llevado sumas abultadas que quizás nunca más verían en su vida, lo cierto es que se había despellejado a la gallina de los huevos de oro. “Fue una situación muy violenta y fea”, recuerda Sandra de aquel día. “Uno no trabajó tanto tiempo para que te echen como un perro”, lamenta.

La fábrica se ubica en el km 8 en Eldorado, la tercera ciudad más importante de la provincia de Misiones, al noreste de la Argentina. Tiene alrededor de 57 mil habitantes y funciona con lógica de pueblo: siesta, casas abiertas, saludos a todo el mundo, calles de tierra. El verde brota con fuerza apenas uno se corre algunos metros de la avenida principal y el rojo de la tierra recrudece con los días de lluvia. La ciudad está asentada sobre una avenida principal que recorre varios kilómetros, por eso la gente no habla de direcciones ni de barrios sino de la altura del kilómetro en el que se encuentra. Esa quizás sea la principal huella de una ciudad que nació a partir de la extracción de sus recursos: los camiones trasladaban la madera o la yerba por la ruta, y en sus inmediaciones fueron creciendo núcleos poblacionales.  Su fundador, Adolfo Julio Schwelm, creó la incipiente colonia a fuerza de inmigración europea, cuyas virtudes por sobre otras razas era la moda ideológica de la época para “poblar” nuestros territorios. Trajo centenares de familias de Alemania, Suiza, Holanda o Dinamarca entre otros países a base de publicidad y promesas -y varias mentiras, que a veces funcionan igual- acerca de “la tierra de las oportunidades”.

Hace ya muchos años, Eldorado es llamada “la capital del trabajo”; sin embargo su fábrica más importante anunció hace una semana su inminente cierre. Pocos días después, el discurso bajó el tono dramático pero apenas unos decibeles: no se cerrará a fin de año sino que se esperará hasta el primer trimestre del 2020 –con la perspectiva de que la economía nacional y local repunte con el casi seguro cambio de gobierno- aunque con un tercio de sus trabajadores. Mucha fábrica para poco obrero: habrá que ver hasta dónde los números cierren.

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Dass es una empresa multinacional de origen brasileño que se dedica a la confección de zapatillas y ropa deportiva. Tiene siete unidades industriales, cinco en su país de origen y otras dos plantas en Argentina: la fábrica de Coronel Suarez en la provincia de Buenos Aires y la planta en la ciudad de Eldorado. Esta última cuenta con 18.000 mt2 cubiertos y en sus épocas de esplendor producía 23 mil pares de zapatillas diarias. Hoy en día, con 630 empleados, produce nueve mil, con miras a reducirse a siete mil próximamente y cinco mil para fin de año.

En la fábrica misionera se producen solo productos para la empresa Nike, que en los últimos tiempos decidió reducir los pedidos para Dass. ¿De dónde salen entonces los otros miles de zapatillas de Nike que se venden en el país? Si bien durante los últimos años el consumo de este tipo de bienes ha decaído en nuestro país, esa no es la razón exclusiva de tal drástica diminución. Desde el 2016, el gobierno de Cambiemos ha provocado una serie de medidas tendientes a la “apertura con el mundo”: las importaciones de los sectores denominados industria sensible, por su fragilidad ante la competencia exterior, -como ser marroquinería, confecciones y calzado- han aumentado en porcentajes cercanos al 30%. Como contrapartida, la caída de la producción nacional de esos mismos productos cayó abruptamente: según un informe de El Cronista, las cifras interanuales correspondientes a fines del 2018 mostraban una caída en productos textiles del 36% y de un 10,8% en el rubro de cuero y calzado.

El gerente de Recursos Humanos de la sucursal eldoradense Flavio Olea no habla de despidos. Repite el término “reestructuración”, que aunque técnicamente también sea cierto, es un sustantivo que omite el carácter más dramático del asunto: en el medio de todo, cientos de familias se quedaron sin el ingreso más estable que tenían.  Flavio trabaja en la empresa hace siete años, y de alguna manera le toca ser la cara visible de las reiteradas reducciones de personal.

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Durante los primeros años de la fábrica no existió movimiento sindical alguno. Poco a poco, algunos valientes comenzaron a animarse y vieron la posibilidad de armar una lista o espacio, que además es un derecho adquirido por ley. El gremio que desde ese primer momento tuvo un pie adentro fue la Unión de Trabajadores de la Industria del Calzado de la República Argentina (UTICRA), que pertenece a la CGT y es el gremio oficial del rubro. En el 2009 se conforma el primer cuerpo de delegados que gana las elecciones durante dos años seguidos. A partir de diferencias internas, otra lista que disputa la comisión interna gana en el año 2012. En ese momento, los principales reclamos venían de la mano de la necesidad de ventilación, más cantidad de baños y mayores permisos para poder usarlos: les contaban los minutos y les restringían el acceso a los mismos para no perder los niveles de productividad. La fábrica había sumado cientos de trabajadores y la infraestructura ya no respondía a las mismas necesidades que antes, el emprendimiento que había comenzado con 37 operarios en el 2007, llegó a tener 1500 en el año 2015, punto máximo de su esplendor.

En esa vorágine de crecimiento también hubo claroscuros. En el 2014, 9 de los 13 delegados de la comisión directiva fueron despedidos de una u otra forma. Se les otorgó doble indemnización, como corresponde cuando se trata de delegados gremiales; el costo monetario era evidentemente menor que el costo de tenerlos organizados y dentro de la fábrica. Para Sandra, los cambios edilicios y las mejoras en el trato cotidiano habían tenido que ver con la acción combativa de esa comisión, que con un grado importante de representatividad entre los trabajadores podía lograr poner nerviosos a los jefes si decidían impulsar medidas de fuerza. 

Durante el 2016 y 2017 se fueron realizando despidos por “goteo”, en grupos chicos o personas puntuales, lo que aparentemente no ameritó grandes movimientos de denuncia. Pero en el 2018 la cosa pasó de castaño oscuro: en diciembre del 2018 fue la tanda de 175 –incluida Sandra- y en Junio de 2019, 90 compañeros más. Ahora, para octubre de 2019 se calcula un despido masivo de alrededor de 350 personas. 

Actualmente, la comisión interna volvió a manos del primer cuerpo de delegados. Esa lista ganó las últimas elecciones (2018) con un porcentaje importante, aunque eran la única opción. En el 2016 -cuando comenzaron a ser períodos de dos años de mandato- también ganaron pero con un margen menor porque se desarrolló otra interna dentro del propio gremio.

El actual portavoz oficial, Darío Vera, sabe que no representa un gremio combativo y lo expresa sin mucho rodeo. Considera que las estrategias de lucha van por otro lado, aunque curiosamente están a un paso de quedarse sin fábrica, sin delegados y sin trabajadores a quienes representar. La única acción que emprendieron para enfrentar los despidos que acechan y las amenazas de los próximos meses fue pedir la conciliación obligatoria ante el Ministerio de Trabajo de la Nación, cuya primera reunión está fechada para el próximo 9 de octubre. Después, resignación. Y la débil esperanza que el próximo gobierno mejore las cosas.

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La pregunta que se desprende ante esta situación es: si las empresas deciden mandar sus producciones a otros países (mayormente asiáticos) cuyos costos son quizás hasta la mitad de los locales, ¿cómo revertir esa realidad y pasar a ser mercados competitivos o atractivos? Además de pensar en modificar las facilidades de importación y dificultar su acceso mediante aranceles u otros mecanismos –elemento clave para evitar la “invasión” de productos-, quedan en el tintero otras cuestiones. 

Generalmente, los productos se abaratan no porque el empresario gane menos, sino porque las condiciones laborales de los trabajadores disminuyen, se flexibilizan, se acotan. Es una de las principales variables de ajuste en el sistema capitalista, y con esto no estoy diciendo nada nuevo. Todos nos indignamos con la foto del niño que trabaja en el taller haciendo zapatos en algún recóndito lugar de Vietnam, pero sin ir más lejos, ese niño cuesta menos que el trabajador de la planta de Dass de Eldorado. Las mismas zapatillas que en el mercado se venden a 120 dólares, precio que suele pagarse en las tiendas céntricas de toda ciudad, para Nike tienen un costo de entre 18 y 20. Esos márgenes de ganancia sí se pueden ver.

En Argentina sobrevuela un fantasma, y no es exactamente el del comunismo: el debate de fondo parece ser la reforma laboral, medida ampliamente resistida por miles de trabajadores, gremios y vastos sectores de la sociedad.  En el 2018, el gobierno de Cambiemos intentó promulgar la ley entre los meses de abril y mayo, con un proyecto modificado que ya había sido enviado al Congreso de la Nación un año antes. No lo logró en ninguna de esas oportunidades, aunque se fue desquitando con algunos polémicos DNU (decretos de necesidad y urgencia), como el reciente recorte en los montos de indemnización en caso de invalidez o muerte del trabajador. Parece ser que Argentina sigue manteniendo un problema recurrente y es el nivel de organización sindical y gremial de los trabajadores asalariados: ese elemento ha sido una dificultad importante a la hora de modificar las condiciones laborales en pos de ofrecer beneficios a las patronales o contratistas disminuyendo cargas sociales. Y en un contexto de crisis aguda como el actual, nada asegura que la posibilidad de una reforma no vuelva a sobrevolar el Congreso, aunque sea en una versión light, y aún con gobierno a estrenar.

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La ciudad de Eldorado festejó sus 100 años el pasado sábado 28 y domingo 29 de septiembre. Las calles céntricas se adornaron con guirnaldas de colores y el Chaqueño Palavecino entonó sus conocidas estrofas ante un público entusiasta. Habló el eterno intendente y se dieron cita varios funcionarios provinciales. Vaya uno a saber si para no aguar el festejo popular, la cosa es que recién al día siguiente, la fábrica de calzado más importante del país, anunciaba que despediría al 50 por ciento del plantel de esta ciudad y que en diciembre otro tanto correría la misma suerte.

En los pueblos chicos se sabe todo, dicen, sólo que muchos se hacen los distraídos. Desde hacía semanas los trabajadores intuían movimientos raros en la fábrica: camiones cargando y descargando, salones cada vez más vacíos. En una oportunidad, Gustavo –trabajador polivalente, es decir multiuso- y un grupo de trabajadores tenían como tarea desarmar una maquina: era realmente enorme y se demoraron varias horas. Mientras estaban en eso, él observa a una de sus compañeras, tenía la cabeza gacha y estaba callada. Gustavo le preguntó si le pasaba algo y ella contestó que “nada”, pero le caían un par de lágrimas sobre la mejilla. En el idioma laboral, todos saben cómo se traduce el desarme de maquinaria o la quita de las herramientas de trabajo.

Sandra consiguió trabajo en casa de familias, limpiando. También se las rebusca en un almacén y es peluquera. Sabe que pueda ganársela de alguna manera, aunque perdió una estabilidad laboral y ciertos derechos –hoy casi vistos como beneficios- pocas veces alcanzados en su experiencia laboral y que probablemente nunca vuelva a tener. Gustavo en cambio, no pensó que hará cuando lo echen. Sabe que la situación está a la vuelta de la esquina y es consciente de que su condición de delegado –y de los “combativos”- complica las cosas. “No consigo nunca más trabajo en esta ciudad” sentencia. Gustavo tiene 33 años y 10 de trabajador en la fábrica Dass, prácticamente un tercio de su vida lo pasó allí. La obra social es de las cosas que más le preocupan: tiene un hijo con discapacidad y no es fácil la atención médica sin cobertura. Además, el sistema de trabajo de este tipo de fábricas no permite la incorporación de un oficio, por lo tanto no hay nada de su conocimiento mecanizado que le pueda servir en otro empleo. “Hay compañeros que estuvieron doce años en la sección pegadores y no saben hacer otra cosa”, dice. Algo similar al obrero metalúrgico que encarna Chaplin en Tiempos Modernos, pero sin las risas del final. ♣♣♣

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