La cultura de la violencia más allá del rugby

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Por Lucía Sabini Fraga

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El asesinato de Fernando Báez Sosa marca una vez más a los balnearios argentinos y sus condimentos “típicos”: el alcohol y el boliche. La cultura rugby, el machismo y la violencia como forma de vincularse.

Hay causas y hay detonantes: y siempre es conveniente atacar las causas, porque a veces lo que parecen detonantes son simplemente excusas. A Fernando Báez lo mató una patota de diez jóvenes que le pegaron, incluso estando en el piso, a la salida del boliche Le Brique en el balneario de Villa Gesell en la provincia de Buenos Aires. 

Cualquiera que haya veraneado allí recordará la huella imborrable de las noches geselinas: salir, alcoholizarse, estar de levante y pelearse por cualquier pavada  –particularmente los hombres–. Y la realidad es que la violencia como forma de vínculo no responde sólo a los rugbiers ni a Villa Gesell. Es una marca social que implica la pertenencia y lealtad dentro de un grupo, que expresa una supuesta hombría (mal asociada con la valentía) y que le da un tono divertido a las charlas posteriores: la anécdota de la noche. Por supuesto, la exposición al alcohol en dosis más que las recomendables y la sensación de “libertad” que genera veranear con amigos y por fuera del control parental, son datos que exacerban el panorama.

La agencia Télam reflotó estos días algunas cifras que demuestran que este comportamiento es más ritual que excepción: durante el 2018, 604 varones entre 15 y 29 años murieron en el país víctima de agresiones, de acuerdo al informe de Estadísticas Vitales publicado por el Ministerio de Salud de la Nación. El informe indica que “si bien la mortalidad en la adolescencia no es un evento frecuente y apenas representa el 1% del total de muertes que se producen anualmente en el país, adquiere una gran relevancia el hecho de que más de la mitad (57%) de las defunciones de adolescentes resultan evitables, ya que son secundarias a causas externas”.

En el caso de las muertes por agresiones, la tendencia es bastante clara: cinco varones fallecidos por cada mujer. Y los agresores son en su inmensa mayoría, también hombres. No es casualidad ni mala suerte: son las consecuencias del “mandato de masculinidad”.

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Si bien el rugby como deporte no es el problema de fondo, tampoco ayuda con su filosofía –al menos por estas tierras y el culto que se ha hecho de ello–. Estos últimos años se hicieron famosos los casos de grupos de rugbiers que utilizaron su fuerza y su sentido de equipo para agredir a terceros. Por solo citar algunos de estos patéticos eventos, recordamos la golpiza entre varios a un joven en Monte Hermoso en febrero de 2018, o en abril de ese mismo año una situación similar a la salida de un boliche en La Plata, o en junio del 2019 cuando se enfrentaron entre sí dos grupos del mismo club y terminaron matando a uno. También el asesinato de Román Darío Paz González –un laburante que tenía un kiosco– a manos de una patota de rugbiers en junio del 2019 en la provincia de Santiago del Estero; y como olvidar el grupo de amigos deportistas que le propinó una fuerte golpiza a un indigente durante los festejos del club de rugby de San Isidro en octubre del año pasado.

Allí operan (además de las clásicas violencias de género contra la mujer) otras tantas dimensiones no menos importantes: la cuestión de raza, de clase social, de orientación sexual. No es casual que hayan sido todos muchachos jóvenes blancos, de clases medias altas. El divertimento de los “chicos ricos con tristeza” se parece mucho a la idea básica de superioridad llevada a algún extremo: por eso lanzan animales desde un helicóptero, o golpean gente en franca desventaja.

Por supuesto, el rugby como deporte es bastante más que eso. Y es entendible que muchas personalidades y clubes hayan salido a despegarse de la violencia inusitada desplegada por este grupo de jóvenes en la costa bonaerense. De hecho, existen interesantísimas experiencias de reinserción social basadas en la práctica deportiva del rugby como es el caso de Los Toros, en la Unidad Penitenciaria III de Eldorado en la provincia de Misiones. Pese a ello, cuesta despegar la connotación de clase que ha distinguido al rugby como deporte en nuestro país y que ha generado un imaginario (tanto para los que juegan como para los ajenos) de que es un deporte “para algunos”. Como cualquier disciplina, su rol social es una pieza clave para el futuro ejercicio del mismo: nos unimos para ser invencibles o nos unimos para ser mejores.

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En el baño del bar The Lumsden Free House, en Nueva Zelanda, enmarcaron el símbolo de la frustración masculina: hicieron un cuadro del azulejo quebrado que algún macho había golpeado hasta romperlo. El título de la obra se llama “Masculinidad frágil” y se viralizó prontamente. Gestos como estos ayudan a repensar por qué la violencia es parte del motor de vinculación en nuestra sociedad y sobre todo, que es lo que esconde: la incapacidad del diálogo, la falta de empatía con el otro y mayormente, la necesidad de mostrarse más fuerte y tener el poder. Mientras tanto, seguimos insistiendo que la idea de “macho” no va más: que los hombres de una vez, también se liberen. ♣♣♣

#PA.

Domingo 26 de enero de 2020.
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