Están lloviendo mujeres

Están lloviendo mujeres

Por Lucía Sabini Fraga

Como dice la payada de Wilson Saliwonczyk: en la ciudad de las diagonales llovía agua y llovían mujeres. El pasado sábado, La Plata amaneció con una tormenta infernal, áspera, gruesa, incesante; pero dentro de las carpas o escuelas, detrás de los refugios improvisados, o debajo de los techitos de las casas, había miles de mujeres aguardando. Mientras tanto, los locales permanecieron siempre abiertos: kioscos, puestos de comida, alojamientos, todo lo referente a servicios estaba abarrotado de gente constantemente. Los encuentros son también una inyección de ingresos para las economías locales.

Con el correr de las horas las calles de la ciudad se fueron poblando. El ambiente festivo fue dando lugar a los distintos escenarios del 34 Encuentro Nacional de Mujeres: brillos, banderas, colores –muchos colores– y pañuelos verdes por todos lados. Risas, charlas y abrazos: los tres condimentos de la mejor receta feminista. Una grilla repleta de actividades y de instancias formativas, un conversatorio con Rita Segato –quien fue por primera vez a un encuentro–, la primera asamblea de periodistas mujeres, más de 80 talleres de debate funcionando en simultáneo y casi un kilómetro de feria artesana y disidente, ambientaban un fin de semana único.

Miren tiene 20 años y es de Tolosa, una pequeña ciudad del País Vasco. Vino a vivir a Mendoza hace pocos meses tras un intercambio universitario y aprovechó para participar del Encuentro. “Iba sin mucha idea, ni expectativas con lo que me iba a encontrar”, asegura. Miren habla extasiada, como si se acabara de despertar de un sueño increíble: “La cantidad de fuerza que se veía, de energía que se acumulaba ahí, la cantidad de mujeres fue increíble, nunca habíamos vivido nada así”.

Ella participó, como tantas otras, de una de las propuestas más convocantes de la tarde del domingo: la asamblea de Abya Yala, el espacio de los pueblos indígenas latinoamericanos. Allí, mujeres de todos los territorios contaban sus realidades y miles de mujeres escuchaban atentas. La noche anterior, había participado de la Festitorta, una de las tantas actividades nocturnas. Esa misma noche, en la Facultad de Trabajo Social un festival a pura cumbia entonado por mujeres puso a menear a miles de jóvenes: las reversiones de los temas más populares de la cumbia villera pusieron de relieve que nosotras somos ahora las protagonistas y las dueñas del pabellón. Un rato antes, en ese mismo escenario, la referenta por antonomasia de las pibas empoderadas, Ofelia Fernández, dio un breve discurso fuerte, político y disruptivo. Ella será la diputada más joven de todo el continente una vez llegado diciembre y tiene muy claro que su rol de influencer feminista debe aunarse con el discurso político para, de una vez por todas, no disgregar una lucha de otra. Las consignas anti macristas no pasaron desapercibidas: la lucha feminista no va de la mano con el aumento de la pobreza ni con los machirulos en el poder.

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Mujeres de más de 60, mujeres de barrios humildes y villas miserias, adolescentes, madres con hijas. De etnias, edades y lugares de procedencia distinta. Del ámbito rural o urbano, mujeres originarias y estudiantes. Troskistas, latinoamericanistas, peronistas, y seguramente más de alguna liberal, nucleadas -o no- en espacios y partidos políticos de todo tipo y color. Debe ser uno de los pocos lugares donde tanta diversidad se agolpa y realiza una de las movilizaciones más largas y concurridas de nuestra historia reciente.

Es mentira que las mujeres allí hablamos “cosas de mujeres” -como alguno todavía pensará-: las mujeres hablamos de todo, porque todos son los temas que nos convocan. Las comisiones de debate se desplazan desde cuestiones sindicales, hasta la política o el poder, las problemáticas ambientales o la discusión del aborto. Cada año se suman nuevos talleres que abordan ejes específicos: en cada comisión el debate es horizontal y cada una de las mujeres se presenta y opina de igual a igual. No se realizan programas ni se votan consignas, son espacios propiamente de discusión e intercambio, y lo que se eleva como conclusiones son los puntos acordados y consensuados en conjunto. Este año en particular sorprendió la cantidad de niñas pre-adolescentes que se acercaron a conocer el fenómeno encuentrero: hasta se desarrolló un taller sub 15.  Algunas fueron en grupos de amigas, pero muchas fueron con sus mamás y abuelas. Generaciones con vivencias totalmente distintas encontraron un espacio de lucha conjunta que las hermana aunque sean madre e hija: ¿qué mejor herencia que la disputa por la igualdad en un mundo todavía tan desigual?

Hay una frase que dice “ninguna mujer vuelve igual de un Encuentro”. La expresión, que podría parecer exagerada, es el efecto que genera encontrarse como pares, libres y juntas. De eso se tratan, más para las primerizas, los encuentros: un antes y un después. “Nosotros aún no podemos creer lo que hemos vivido” repite Miren. Para las que ya tienen varios encuentros encima, esa potencia existe pero transformada y renovada cada año. Las mujeres que van sienten una cita obligada al próximo: no es casualidad que un encuentro que empezó en 1984 con alrededor de mil mujeres, hoy 34 años después, se transforma en una multitud de más de 200 mil. Aunque muchos no lo planteen así -¿será porque no hay hombres?- seguramente sea el evento anual más convocante del país.

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Mientras la primer edición de los debates presidenciales se sucedía y al oficial retirado del ejército Juan José Gómez Centurión le repetían “se acaba su tiempo”, miles de mujeres marchaban, reían y cantaban que este es su tiempo. La revolución de las hijas, el tiempo de las mujeres, la hora de las pibas; muchas formas de nombrar una marea que no se detiene. Curiosa simultaneidad, epifanía de la realidad misma, que mientras en la televisión se oía un discurso que exige que las mujeres no puedan decidir sobre sus cuerpos, en las calles esos cuerpos danzaban sueltos.  

Tona de 35 años, formoseña viviendo en Capital Federal, siente que la experiencia fue “maravillosa, muy movilizante y sobre todo esperanzadora”. Fue este su primer encuentro y se sorprendió de ver tanta solidaridad y alegría. “Fue todo muy novedoso para mí”.

El debate más fuerte de este ENM refirió al nombre: sumar amplitud a la convocatoria, que en verdad, no es más que visibilizar algo que viene sucediendo hace años y refiere a la heterogeneidad de sus participantes. La propuesta era cambiar el nombre de Encuentro de Mujeres a secas, a Encuentro de mujeres plurinacional y diverso, que implique la aceptación e incorporación de diversidades sexuales (travestis y transexuales por ejemplo) y exprese la identidad de mujeres originarias y minorías étnicas. Finalmente, la discusión arribó a la decisión que parecía mayoritaria y el próximo Encuentro -que será en octubre del año que viene en San Luis- llevará nueva denominación.

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Cecilia es de Chascomús, pero vive en La Plata hace más de veinte años. Está rondando los 40 y es artesana. Fue también su primer Encuentro, al que asistió sobre todo como trabajadora: puso un stand de la ropa que diseña y fabrica en la feria de la plaza San Martín durante todas las jornadas. Pero también participó como organizadora de una de las más de 80 propuestas artísticas; en su caso, una muestra de cortos que retratan historias de mujeres de distintos puntos del país. Cecilia se dio cuenta de ese “antes y después” de una manera más diacrónica: como nunca lo había transitado no había percibido la importancia de participar, había “pasado por alto” las ediciones anteriores. Ella ejemplifica su experiencia reciente con dos hechos que hacen de esta marea violeta, y de todos colores, algo mágico: por un lado, el sentirse acompañada: “Andar a las dos de la mañana sola por el barrio y no tener miedo porque sabemos que hay otra de nosotras cerca”. También resalta la cantidad de redes, lazos e intercambios que se forjan con otras mujeres de realidades y vidas tan distintas. “Encontrarme con mujeres que no conozco, con sus historias, que se generen complicidades, risas de repente, situaciones”, dice emocionada. Esa sensación es generalmente compartida por todas las participantes: cuesta explicar que es, pero se siente bien.

El ENM no tiene correlatos similares en otras parte del mundo, por eso quienes vienen de afuera sufren efectos igualmente movilizantes. Miren recalca: “para nosotras las extranjeras, yo creo que fue ¿qué es esto? yo también quiero, porque esto allá no hay, toda esta fuerza no se ve”. Miren siente que allá en sus pagos españoles y europeos, tienen mucho que aprender de esta parte del mundo.

Las sorpresas también se dan para las locales: tanto Tona como Cecilia pensaban encontrarse con una ciudad invadida por hordas de mujeres, grafittis, y meadas en la calle. No fue tan así: más que en otras oportunidades incluso, las columnas fueron ordenadas, no hubo situaciones de peligro ni siquiera grandes intervenciones en el espacio público. Que de por si no son -o no deberían ser- ejemplo de aspectos negativos o sinónimo de violencia, pero que los grandes medios se han históricamente encargado de estigmatizar. Hemos leído hasta el hartazgo titulares hablando de las pobres y violentadas paredes de la ciudad en cuestión, más incluso que de las víctimas de carne y hueso. La concepción que tenían estas mujeres del Encuentro parecía más mediada por la lectura de lo que se “escucha” o se “ve” que lo que realmente pasa allí.

Poco a poco -y con el estallido de los últimos años- el movimiento de mujeres va borrando esa parcialidad, y ya no hay medios ni discursos que puedan frenar el boca a boca entusiasta. Cada vez son más las mujeres que se juntan para vivir la fiesta feminista más grande del mundo. ♣♣♣