El último eslabón de la Buenos Aires de Borges

Por Penélope Canónico

Penélope Canónico


Carlos Godoy trabajó 40 años como librero. Conoció a diversas personalidades literarias en la librería Fausto. A sus 63 años, continúa enseñando pintura en su taller-casa.

Escritor, artista plástico y librero de profesión. Buscador de curiosidad inagotable. Carlos Roberto Godoy trazó sus primeras pinceladas a los 14 años. Influenciado por el arte de Jorge Pellegrini, Víctor Chab y Luis Felipe Noé, recorrió un frondoso sendero como dibujante y pintor autodidacta. Despojados de cualquier atisbo de serenidad, sus cuadros ubican al espectador en la ambigüedad de una degradación casi macabra que es, al mismo tiempo, gestación de un mundo nuevo. Según José Emilio Burucúa, ensayista e historiador del arte, muestran el espanto conjugado a la esperanza que quizás exista en todo fenómeno de abandono y regreso a la vida.

Su incansable búsqueda lo llevó a emprender un recorrido por la India en 1989 como culminación de un ciclo de trabajos inspirados en la mística. Al año siguiente, abandona Nueva Delhi para trasladarse a diversas ciudades de Italia y exponer en Camucia y, más tarde, trabajar para la Comunne di Arezzo en el “Progetto Giovane”, dedicado a niños y adolescentes por iniciativa de la misma comuna. También se aventuró en territorios de Brasil, Canadá y España.

40 años de trabajo en librerías donde exploró universos literarios, muchos de la mano de reconocidos autores con quienes entabló espontáneas conversaciones de café. De regreso a la Argentina, junto a su oficio en el que vuelve a trabajar, imparte clases de pintura en su taller a grupos reducidos de alumnos y amigos. Durante los años 2001/2002/2003 presenta sus trabajos en muestras colectivas en la librería Galerna, un espacio que organiza convocando a otros pintores y poetas.

Prefiere definirse como un buscador, aunque su última pareja lo haya tildado de artista. A sus 63 años confiesa no haber encontrado aún su lugar en el mundo, y reconoce que la situación más profunda que atravesó fue el nacimiento de sus dos hijos.

– ¿Cómo se despertó tu búsqueda interior? ¿Cuándo comenzó?

– Es difícil hablar de eso. Mi crianza fue en un conventillo de Palermo. En la habitación donde dormía, teníamos camas cuchetas y la compartía con mis padres y mi hermano. De chico me pasaba algo que no podía definir. Me despertaba a la noche, producto de un sueño recurrente. Eran dos personas a caballo que luchaban entre sí, en un plano inclinado. Me despertaba envuelto en un llanto.

De más grande, al llegar a Italia, precisamente en Bolonia, cuando me dormí, volví a sonar con ese plano inclinado. Al ir a buscar agua en el Palazzone, observe a la virgen de la vertigine, es decir, la virgen de los vértigos. Ahí descubrí que sufría de vértigo. La búsqueda interior apareció producto del pánico, que era también un temor ante la belleza. Por momentos, cuando veía el cielo, desde el patio de la casa, quedaba completamente extasiado y por momentos sentía mucho pánico de vivir ahí.

Por otro lado, cuando era muy chico teníamos actividades artesanales en el colegio y nos dieron a pintar un ramo y lo teñí de color coral. Ese tono me quedó completamente incrustado en mi retina y hasta hoy lo sigo usando. Mi mamá hacía cosas en crochet y a mí me fascinaban sus trabajos. Entonces, comencé a incursionar en la técnica. A mi padre no le gustaba, seguramente pensaba que era una actividad para mujeres. Así que dejé de hacerlo porque mi padre me lo reprimió.

– Viviste en un templo hindú. ¿Qué aprendiste?

– La experiencia venía ya de la adolescencia. Conocí a un sacerdote que nunca había recorrido la India, pero había estado con discípulos de tibetanos. Era un hombre muy abierto de pensamiento: le gustaba el cine, el orientalismo y la meditación. Comencé a meditar con él con un mantra. A los 19 años sufrí una crisis muy fuerte y caí en una gran depresión. Era plena época de dictadura.

Durante un año y medio no salí de casa. Solo iba a jugar al ajedrez (me compré 5 tableros) y otras veces pasaba horas dentro de mi habitación, en soledad, estudiando tácticas y estrategias de juego. En aquel momento, había desistido de continuar dibujar. Ni siquiera, quería meditar. Interpreté mal al Zen. Decía que había que renunciar al mundo y pensé que de esa manera lo estaba haciendo. En la India aprendí a afirmarme en la oración. Fui un devoto más.

– La pintura es otro de tus refugios. ¿Cuántos trabajos acumulas en tu casa-taller? ¿Por qué solo vendiste uno?

– El tema del comercio de la pintura es toda una cuestión. El arte no tiene precio. Me cuesta mucho vender mi obra. Tengo más de 1500 trabajos. Regalé varios trabajos porque siento que mi mejor manera de ofrendar el don que tengo es obsequiándolo. Por eso, solo me atreví a vender una pieza, que hoy se encuentra en Washington.

– ¿En qué te inspiras para crear?

– En realidad, siempre es el discurso del inconsciente. Picasso afirmó que después de Van Gogh, todos somos autodidactas. Ahí se rompieron todas las barreras. A mí me interesa el grupo “Cobra” por ejemplo. También son autodidactas. Según José Emilio Burucúa, lo que hago es transvanguardia. Siempre me interesaron las vanguardias del siglo XX porque sus bases tienen que ver con el inconsciente, el automatismo, es decir, que la mano sea más rápida que la cabeza. La inspiración puede residir en personas que pasaron por mi vida, en sucesos o en exploraciones del espacio.

– ¿Qué anécdotas recordás de tu trabajo como librero?

– Me gustó mucho haber conocido a Ricardo Piglia. Cuando “El nombre falso” se ubicó en los estándares de Fausto algo me llamó la atención. Decidí leerlo. Cuando empecé con las primeras líneas, el autor se presentó en la librería. Le comenté que estaba en pleno acto de lectura y le mostré su libro. Charlamos y le presenté a las autoridades. Ese fue el inicio de su carrera literaria. Los dueños de Fausto tenían mucha influencia en el mundo editorial, sobre todo Manolo Mosquera. Recuerdo que se fue a tomar un café con él y se hicieron amigos.

– En Fausto conociste también a Borges. ¿Qué recordás de aquel día?

– Un hombre de una sencillez notable. Muy humilde. Llegó a la librería del brazo de Kodama. Era ya el Borges ciego.

En una oportunidad, vino un joven argentino que vivía en Suiza y siempre que iba a la librería, compraba su literatura. Entonces, le dijimos que lo conocíamos y que podríamos presentárselo. Por supuesto, aceptó encantado.

Lo llevamos ante Borges que estaba tomando un café en un bar cercano. Le dijimos: “Señor Borges, un lector suyo, que vive en Suiza, quiere conocerlo”. A lo que el autor de El Aleph respondió, con su gracia tan particular: “¿En Suiza? Debe tratarse de un error, desde luego”. Todos nos reímos e hicimos que el joven le acercara alguno de los libros que había comprado para firmarlo. El humor de Borges era muy macedoniano, muy de Macedonio Fernández.

– En Losada compartiste una charla con Ernesto Sábato. ¿De qué hablaron?

– Sábato es un escritor que siempre quise mucho y admiré durante toda mi adolescencia. Solía ir a Parque Lezama y me ubicaba en los mismos sitios donde él se había sentado.

En una oportunidad, su secretaria, Elvira González Fraga, le pidió permiso al dueño de Losada para que fuera a conversar con Sábato. Su esposa Matilde se encontraba muy mal y querían impedir que estuviera solo hasta que llegara el horario en que daría una charla. Estuvimos una tarde entera intercambiando ideas sobre pintura y me contó algunas anécdotas de Gombrowicz, quien fue uno de sus grandes amigos.

– También conociste a Ítalo Calvino, Piazzola, Atahualpa Yupanqui, el flaco Spinetta. ¿Qué rememoras de cada encuentro?

– Atahualpa era un hombre notable, brillante. Lo recuerdo siempre con un poncho sobre los hombros. Era una persona muy transparente. Tenía una mirada lejana, que le hacía a uno pensar: ¡cuántas cosas habrá visto este hombre! Solía ir a la librería Fausto.

Al flaco Spinetta lo conocí cuando se reunió Almendra por segunda vez. Tuve el gusto de compartir algunas charlas en camarines y en ensayos.

A Ítalo Calvino lo crucé en el año 83, en la feria del libro. Lo recuerdo muy elegante y correcto. Usaba un traje sin corbata. Llevaba puesto un pañuelo en el cuello. Estrechamos las manos en un cordial saludo. Él estaba con dos mujeres y se encontraba representando a la embajada de Italia.

En cuanto a Piazzola, era cliente de la librería Fausto. No podría decir qué libros llevaba porque cada vendedor tenía sus propios clientes y a Piazzola lo atendía uno de mis compañeros. Yo solía atender a Dora Baret, por ejemplo.

Después, en la librería me hice muy amigo de la sobrina nieta de Victoria Ocampo, Lila Zemborain. En verdad, me enamoré profundamente de ella. Recuerdo que tenía ojos de color almendra. Estaba totalmente cohibido ante su mirada. Nietzsche afirmaba que la belleza produce arrobamiento y hasta produce miedo, algunas veces. No es como la vulgaridad que rápidamente produce, una suerte de excesiva confianza. Lo máximo que llegué a darle fue un beso en la frente. No pude besarla. Era muy bella. ♣♣♣

#PA.

Notas Relacionadas

“Habrá un antes y un después” de la movilización en Uruguay

Con la emoción contenida bajo un cielo de un solo color, una multitud de uruguayas y uruguayos de distintos ámbitos y procedencias, de los más diversos colores y sectores del sector productivo, social y económico del país, este miércoles 15 se celebró una jornada de lucha y reflexión, de propuestas y señales, de esperanza y futuro.