Una elección de clases

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Por Fernando Oz

Protestas, violencia y represión. Las hemos visto en los últimos tiempos en Venezuela, Ecuador, Perú, Brasil, Bolivia y Chile. Lo mismo sucede en España y en Francia. También podemos hablar de lo que sucede en la rica Hong Kong y otras tantas latitudes. Algunos académicos apuntan a la globalización y vaticinan un conflictivo escenario de poscapitalismo. Pero el factor común pareciera ser de larga data, el viejo problema de redistribución de la riqueza y lucha de clases.

Es verdad que a lo largo del desarrollo de las ciencias sociales han surgido diferentes definiciones de clase social y algunas de ellas siguen estando en discusión en los claustros académicos. Las más conocidas son las Marx y Weber. En términos generales y sin ahondar en detalles, el primero dirá que una clase social se define por su forma de relacionarse con los medios de producción y por la manera en que obtiene su renta. En cambio, el segundo cree que las clases no se definen únicamente conforme a la participación de los sujetos en el proceso económico. Ambos tienen muchos puntos contrapuestos, pero coinciden en que las clases dependen de su capacidad adquisitiva, el valor de uso que les dan a la mercancía y la posesión de los medios de producción. Pero Weber agrega dos condimentos que, de algún modo, tienen que ver con el futuro: por un lado, la posición externa del sujeto y, por el otro, el destino personal del mismo.

El sociólogo estadounidense Immanuel Wallerstein, en su afamada obra El moderno sistema mundial utiliza tanto el esquema de definición de clase de Marx como el de Weber. Sucede que (algunos sociólogos querrán matarme) los planteos de Marx y Weber son complementarios.

Con las definiciones básicas sobre la mesa, ahora vayamos al desarrollo histórico. El principal motivo de las revoluciones desde el siglo XVII hasta el XIX, más allá de las coyunturas particulares de cada caso, estaban relacionadas con una cuestión de clases. Las del XX también estuvieron vinculadas a lo mismo. Por lo visto, el desarrollo político y social fue a paso de tortuga en comparación a la veloz liebre que representa el avance científico y tecnológico. Todo indica que el siglo XXI nos encuentra frente a un nuevo conflicto de viejas raíces.

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El historiador español Manuel Pérez Ledesma nos dice que la historia supone una ingente construcción social realizada tanto por los historiadores y cronistas, como por los protagonistas a la hora de enfrentarse a los conflictos sociales en que se encuentran inmersos. Y quienes amamos la semiótica entendemos que una de las aristas para entender esas luchas de clases se encuentra en el lenguaje y sus significados en cada momento histórico.

El lenguaje y los significados utilizados durante la extensa campaña electoral que finalizó ayer y el domingo próximo se dirimirá en las urnas, tuvo un excesivo condimento de clases sociales, de modelos. En una punta de la mesa la construcción discursiva del candidato de izquierda Nicolás del Caño, más al centro la de Alberto Fernández, y otro poco más al centro Roberto Lavagna. Del centro hacia la derecha Mauricio Macri, José Luis Espert, y en la otra punta Gómez Centurión.

Pero el lenguaje que más simboliza el sentimiento electoral hacia cada candidato se encuentra entre los seguidores, los adeptos, los militantes. Si analizamos el sistema de signos del vulgo veremos que los hachazos que parten la mesa tienen una simbología de clase. Ni qué decir del lenguaje elitista de los medios de comunicación, todos sabemos que las ideas de derecha siempre estuvieron más visibilizadas porque están mejor financiadas.

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Un estudio reciente realizado por el politólogo y especialista en Opinión Pública, Gonzalo Peña, resulta una fotografía interesante para analizar los argumentos del electorado para fundamentar su voto:

El 66% de los encuestados que ya decidieron su voto a Macri señalaron que lo harán “para evitar que gane el kirchnerismo”, en menor escala están quienes dijeron que lo volverán a votar “para que se reduzca la corrupción pública”, “para que se reduzca el narcotráfico”, “para profundizar la democracia”, “para evitar que gane Alberto Fernández”, “para lograr un cambio en la política argentina”, “para que se reduzca la inseguridad”.

En cambio, el 79% de los que ya optaron por Fernández dijeron que lo harán “para reducir la pobreza”, y luego siguen los que contestaron que lo votarán “para que haya más trabajo”, “para mejorar las jubilaciones y las pensiones”, “para mejorar la distribución de los ingresos”, “para lograr un cambio en la economía”, “para que se reduzca la inflación”, y “para mejorar la educación”.

El electorado macrista representa un voto que va en contra de un modelo al que evidentemente ese sector lo relaciona con características negativas, pero no manifiesta su descontento con la desigualdad social ni con la crisis económica. Posiblemente porque el estado de bienestar de esa porción de la sociedad no se vio significativamente alterada de manera negativa por las políticas económicas de la gestión de Macri. Se trata de la clase alta y media alta.

Por otra parte, los que ya inclinaron la balanza a favor de Fernández buscan claramente un giro en materia económica. No necesitan estigmatizar, suficientes motivos tienen al observar como la realidad del aumento de los precios de los bienes y servicios afectan de manera directa el estado de bienestar de sus propias vidas. Se trata de la clase media y la baja, las mayorías, cuyos principales anhelos se resume en la reducción de la pobreza, la generación de empleo, la mejora en la redistribución de la riqueza y el acceso a la educación.

La simbología, el lenguaje, de la diferenciación de clase se encuentra plasmada a simple vista en el estudio de opinión pública realizado por Gonzalo Peña y su equipo de trabajo. Otra vez una confrontación de clases.

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El economista estadounidense Joseph Stiglitz, premio Nobel de economía, demostró en sus estudios que los más ricos someten a los gobiernos a sus intereses mediante la presión de los lobbies y el peso de una ideología neoliberal que induce a pensar que la fortuna de los ricos es buena para todos. Es cierto que lo es para la industria del lujo, mientras el desempleo se afianza, los salarios no aumentan y, como a comienzos del siglo XX, se desarrolla una clase de trabajadores pobres a quienes el trabajo no arranca de la miseria. Por su parte, el economista francés Thomas Piketty esboza un panorama de las desigualdades sociales tan impresionante como Stiglitz. Mientras los CEOs, negocian salarios treinta veces más altos que los de sus asalariados peor pagos.

La Revolución Industrial necesitaba esa mano de obra muy miserable y maltratada; tanto, que los proletarios de Mánchester podían afirmar, en 1840, que la suerte de los esclavos no era peor que la suya. Los esclavos de anteayer y los proletarios de ayer son los asalariados de hoy.

Posiblemente el sociólogo francés François Dubet tenga razón cuando afirma que “como en tiempos de Balzac y como en la Belle Époque, es mejor heredar que trabajar, y nos acercamos a los índices de desigualdad de esa época, que sólo fue bella para los rentistas”.

Desde el plano discursivo, Macri dice: No me voten por lo que hice, sino por lo que represento. Ahora me pregunto ¿qué representa Macri?, ¿a quiénes representa el modelo que propone? Que alguien me convenza de que las elecciones del domingo no representan una cuestión de clases sociales.   ♣♣♣

#PA.

Sábado 25 de octubre de 2019.
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