La cara más cruel de la exclusión

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Por Fiorella Del Piano


A pesar de que uno de los pilares de campaña del Gobierno de Mauricio Macri fue pobreza cero, el número de personas que no llega a cubrir sus necesidades básicas volvió a aumentar durante el último año.

El último lunes, el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos difundió las nuevas cifras de pobreza que indican que durante el primer semestre del 2019 la misma alcanzó al 35,4% de la población y la indigencia al 7,7%. Dentro de esos guarismos el más preocupante, es el que refiere a la pobreza infantil que muestra que alcanzó al 52,6% de los niños, niñas y adolescentes argentinos.

Esto quiere decir que aproximadamente 3,5 millones de niños se ven privados de acceder a derechos básicos (entre ellos, el alimento, la salud, la educación y la vivienda) que el Estado Argentino se comprometió a garantizar.

La pobreza infantil es un fenómeno complejo que afecta a personas especialmente vulnerables, entendiendo que los niños por sí solos no pueden hacer nada para salir de dicha situación.

Esta problemática, es una de las principales preocupaciones sociales que aqueja en distintos grados a todos los países del mundo y, por ende, la implementación de políticas públicas o planes sociales para combatirla exige la permanente medición y monitoreo. Pero hablar de pobreza en forma cuantitativa o en términos de guarismos propone cierta distancia o alejamiento de la realidad, y esa, no es la idea de este artículo.

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La situación de pobreza de distintos sectores de la sociedad argentina es el reflejo de las desigualdades que se profundizaron en las últimas décadas y se acentuaron durante los últimos años. Factores como la destrucción del poder adquisitivo del salario, junto con la crisis del mercado de trabajo, la reducción de horas trabajadas, el trabajo en negro y el aumento del desempleo influyeron de manera considerable en ello.

Actualmente, casi la mitad de las personas en situación de pobreza crónica tiene menos de 15 años, el 70% un nivel educativo bajo y la gran mayoría de adultos que están a cargo de ellos o bien no tienen trabajo, o éstos son precarios, sin aportes de seguridad social, cobertura de salud y no logran cubrir las necesidades alimentarias.

Pero más allá de los números, más allá de lo estadístico, más allá de las mediciones, lo que hay que entender es que detrás ello se encuentran millones de familias, millones de niños y niñas que no tienen garantizado el derecho a la supervivencia y el desarrollo.  

No es una novedad decir que durante los primeros años de vida la nutrición del niño es un factor fundamental para su desarrollo, y comenzar el día sin un alimento nutritivo o verse obligado a realizar trabajos peligrosos ineludiblemente dificulta su capacidad cognitiva y como en un efecto dominó agrava también otras cuestiones.

En este sentido, UNICEF (Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia) indica que, por ejemplo: “los niños y niñas que tienen que caminar largas distancias para conseguir agua tienen menos tiempo para asistir a la escuela, un problema que afecta especialmente a las niñas. Los niños y las niñas que no han recibido vacunas o que están desnutridos son más susceptibles a las enfermedades que se propagan debido a un saneamiento deficiente. Estas y otras privaciones, como la falta de una vivienda adecuada o de acceso a los servicios sociales, inhiben la capacidad de los niños y las niñas de alcanzar su pleno potencial”.

Además, explican que vivir en un entorno que ofrece pocos estímulos o apoyo emocional a la infancia también puede eliminar gran parte de los efectos positivos que se derivan de crecer en un hogar acomodado desde el punto de vista material.

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Desde hace varios años, nuestra sociedad pone en el centro del debate la cuestión de la pobreza, distintas ONG, realizan campañas por diversos medios y en varios sentidos. Pero el Estado, ese Estado que debería estar presente garantizando la igualdad de oportunidades para todos brilla por su ausencia.

En el ámbito político, el discurso sobre la pobreza más que generar políticas públicas que ayuden a acabar con las carencias y hacer más justa nuestra sociedad, resulta ser una especie de lugar común al cual los dirigentes políticos recurren para señalar el mal o buen gobierno de unos u otros, sin mostrar real interés para arrancar el problema de raíz.

Sin ir más lejos, en el último acto de campaña de 2015, el presidente Mauricio Macri celebró con globos y confeti la promesa de pobreza cero que, en ese momento, hizo que muchos creyeran posible lo imposible. Sin embargo, lejos quedó esa promesa, y los números con los cuales el presidente pidió que se lo evalúe son prueba de ello. Con todo esto, el interrogante que surge es si los argentinos realmente aprendimos que hablar de la pobreza porque “paga en votos”, o utilizarla como spot de campaña no es más que una promesa vacía y carente de compromiso social.

Más que promesas, se necesitan políticas públicas de primera infancia que mejoren las posibilidades de todos los niños.♣♣♣ 

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