Putas

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Por Silvia Risko

Adjetivo más usual utilizado para descalificar a una mujer, sea cual sea su edad, condición socioeconómica, nivel cultural, status, situación laboral y ni que decir cuando tiene la osadía, no sólo de participar en política sino que  además de cometer un delito doloso como el de adquirir protagonismo propio, algo que provoca mucha irritación a propios y extraños.

Hasta no hace mucho tiempo esto pareciera haber estado naturalizado hasta para nosotras. ¿Cómo íbamos a sentirnos víctimas porque nos dijeran putas si sufríamos abuso o acoso sexual en nuestros hogares, trabajos, en la calle y nadie decía o hacía algo?

Esto ha ido cambiando y hoy la mujer se para desde otro lugar. La sumisión y aceptación del maltrato está dejando espacio a la exigencia de respeto, y lo hacemos usando las herramientas que tenemos todos: la Justicia.

Las que somos políticas sabemos que nos convertimos en la bolsa de boxeo de cuanto mediocre haya con micrófono, pantalla de tv, imprenta o internet, ya sea en las redes o en portales, creyéndose impunes para agredir e insultar a las que ocupamos cargos, somos candidatas, representamos a gremios, sindicatos, organizaciones políticas o colectivos feministas.  Somos las putas, hijas de putas, atorrantas, ignorantes, locas, histéricas, amantes de, borrachas, gordas de mierda, huecas, sucias, yeguas, entre tantos otros agravios.

Esto pasa todos los días y a todas sin excepción, pero no está bien ni hay que naturalizarlo. 

Todos tenemos la obligación de ser conscientes que algo debemos hacer para salir de la trampa de los pensamientos binarios que nos inducen a las grietas. Hacernos cargo de que el único eslabón que nos puede unir como sociedad es el respeto, que es tan sencillo que resulta inentendible que no lo practiquemos.

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Pero hay retrógrados en todos lados. Que alguien que conduce un medio radial en la provincia de Misiones, que además es repetidora de un prestigioso medio como Radio Mitre, ejerza violencia verbal y psicológica a diario contra las mujeres que hacemos política, que no se presenta a audiencias judiciales producto de las denuncias, es el fiel reflejo de lo que atrasa, de lo que resta, de lo que hay que cambiar. 

Ahora bien, y el Estado qué hace al respecto. Ningún organismo de control interviene de oficio. Ni siquiera para que se produzcan sanciones. La víctima, luego de hacer la denuncia, tiene que recorrer los caminos espinosos de la burocracia que está preparada para garantizar que todo quede en la nada.

¿Tiene que intervenir el Estado? Por supuesto que sí. El poder coercitivo e imperativo en un Estado de derecho y sus facultades le permitirían, desde la sanción pecuniaria con multas, quite de pauta publicitaria estatal, hasta el retiro de la licencia para transmitir a los medios que ejerzan y fomenten la violencia de género en cualquiera de sus tipos.

Demás está decir que los que ejercen aquella violencia de la que hablo, también cometen calumnias e injurias. En definitiva, el Estado tiene las herramientas necesarias para actuar pero no lo hace.

¿Y las empresas hasta cuándo avalarán estas inconductas auspiciando a maltratadores, violentos e incitadores a más violencia? 

¿Cuánto más habrá que esperar para que la violencia de género en los partidos políticos sea un problema de todos?

No somos santas ni ser putas sería un problema, pero si todas, cada una desde su lugar, no exigimos respeto ¿qué le espera a las niñas violadas obligadas a parir?   ♣♣♣

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