26 años de ser humanas

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Por Silvia Risko

En cada reunión o charla en la que participo y se toca el tema sobre la acción del feminismo, termino escuchando como única argumentación contraria la supuesta “agresión” o “violencia” de parte de las mujeres en las marchas. En definitiva, se siguen quedando prendidos de nuestras tetas y de nuestra supuesta histeria.

A la fecha, a nadie se le escapa que es la fuerza de la organización, la capacidad de empatizar y la búsqueda de igualdad, equidad y respeto, lo que moviliza –a la cada vez más grande– marea mundial de féminas en lucha por nuestros derechos.

Las luchas titánicas en pos de igualdad, tanto social como política, la llevamos adelante nosotras mismas y sin sponsors. A veces, los resultados son más inmediatos (aprendimos a usar las coyunturas electorales) y otras demoran más. La prueba más gráfica de esto es que recién desde el 25 de junio de 1.993 las mujeres hemos sido consideradas como seres humanos sujetas de tutela del Derecho Internacional de DD.HH.

Parece un dato sacado de una ficción de Netflix pero lamentablemente es real.

El androcentrísmo de los diferentes sistemas –jurídico, social, religioso, económico y político– han buscado invisibilizar la discriminación y violencia globalizada hacia las mujeres y niñas. Los casamientos obligados de niñas, por ejemplo, sólo encubren culturalmente violaciones, abusos, destratos y hasta femicidios.

Recién desde el 25 de junio de 1.993 las mujeres hemos sido consideradas como seres humanos sujetas de tutela del Derecho Internacional de DD.HH.

Para dimensionar cómo nos cuesta todo el doble, hace 26 años y aprovechando la realización de la Conferencia Mundial de DDHH en Viena, las organizaciones feministas tuvieron que juntar firmas –más de un millón– para conseguir ser escuchadas y tomadas en cuenta por los representantes de 171 Estados miembros de las Naciones Unidas.

Aclaremos que estamos hablando de un momento donde no existía el acceso doméstico a internet, redes sociales y los mails lo usaban los menos. La comunicación fue a pura militancia, llena de convicciones y hambre de justicia. Se organizaron con el boca a boca, cartas y llamadas internacionales muy costosas. Seguramente habrá habido nerviosismo, llanto, risas, abrazos, puteadas, pedidos de disculpas pero todo justificado: era la oportunidad histórica de ser consideradas humanas.

Lo escribo y me duele. Me duele la realidad de mis antepasadas, de mi bisabuela que fue vendida a sus 14 años al que fue mi bisabuelo, que en aquel momento tenía 35 años. Me duele la realidad de mi abuela, que de haber tenido oportunidad hubiera sido escritora de poesías y cuentos. Me duele mi madre que pagó precios muy altos por ser independiente. Me duele mi historia y la de todas, pero es ese dolor el que nos hermana y une, el que hemos aprendido a transformarlo en fuerza, empuje, valentía, sororidad y amorosidad.

Las justificaciones dadas para no considerar a la mujer como sujeto con tutela de los derecho humanos era que lo que denunciaban las feministas –violencia, abusos, violaciones, discriminaciones, femicidios– eran un dato menor y que se desarrollaban en el ámbito privado, o sea, los Estados se lavaban las manos. Nadie hacía nada.

Fueron las mujeres organizadas las que debieron convencer a los Estados miembros que la violencia de género era un fenómeno mundial y debía ser tratado con urgencia. Que la realidad era más cruda de la que se podía percibir a simple vista y que únicamente generando conciencia social se combatía la indiferencia. Que había que trabajar con y desde el Estado para cambiar el paradigma cultural, o sea, considerarnos sujetos de derecho en igualdad de condiciones.

Fueron las histéricas feministas las que hace 26 años nos volvieron a parir a todas. Ahora depende de cada una de nosotras que no nos roben nuestra historia y se bastardee nuestra lucha.   ♣♣♣

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