Los jóvenes, la gran incógnita del futuro

Por Bruno Sgarzini

Al igual que en la segunda temporada de The Wire, la construcción del futuro laboral se encuentra en disputa, no solo para los jóvenes sino para el grueso de lo que en el siglo XX se conoció como clase obrera.

¿Sabes lo que pasa en este país? Antes aquí construíamos cosas, ahora solo sacamos dinero del bolsillo de otros—grita Francis Sobotka, jefe del sindicato de estibadores, al cabildero que ha contratado para sacar adelante en el Congreso un proyecto de dragado del puerto de Baltimore.

Hace 25 años estamos muriendo, y nos tratan como si tuviéramos lepra, afirma en otro pasaje cuando la policía le ofrece un arreglo para que entregue a las cabezas de la organización criminal con la que contrabandea mercancía del puerto.

Su actividad criminal financia los aportes a los congresistas para que aprueben el proyecto de dragado, que rescatará el ritmo de trabajo de estibadores gracias a la llegada de más barcos.

Los alrededores del puerto son un cementerio de fábricas y astilleros, trasladadas al exterior en los años 70 y 80. Louise, el hermano de Frank, vaga por los lugares de apuestas de caballo y los bares después de perder su empleo de carpintero en uno de los depósitos sin vida en Baltimore.

Los hijos de Frank y Louise, Ziggy y Nick, apenas llegan a final de mes con los pocos barcos que descargan como estibadores. La novia de Nick le pide, una y otra vez, que salgan del sótano de sus padres con su hija recién nacida. Ziggy intenta, sin éxito, meterse en el negocio de las drogas en el puerto.

Ninguno de los dos ha vivido la era dorada del puerto y sentido que su trabajo le permite comprar un auto, una casa. Los Sobotka, una familia de polacos inmigrantes, languidecen con el puerto y una Baltimore desindustrializada. El crimen, el contrabando y el narcotráfico, sustituyen la base material, sobre todo de Ziggy y Nick, para alcanzar aquellas viejas metas de sus padres.

Spiros, un mafioso, les ofrece pasar contenedores con químicos para producir cocaína. Y al ver la sed de dinero de Nick, le abre el juego para que sea un vendedor de droga en su barrio de estibadores. De pronto, unos jóvenes educados en una cultura de trabajo industrial se despiertan enrollados en una compleja red delincuencial.

Parte de la trama de la segunda temporada de The Wire recrea el final de una utopía social en los años 90 y 2000: el del trabajo formal, el esfuerzo propio, la honestidad, que te llevará al bienestar.

Varias décadas después, China, a donde se fueron por un tiempo las fábricas de Baltimore, es el país que explica el descenso de la pobreza a nivel mundial por la irrupción de una nueva clase media. Mientras en el primer mundo, en Francia protestan los chalecos amarillos por aumentos de combustibles, y en España, miles de jóvenes aún viven con sus padres.

Una dimensión emocional recorre a las familias, como las de los Sobotka, que abandonan la tradición laboral, pasada de generación en generación. Sus hijos, sus nietos, ya no son estibadores, obreros fabriles ni tienen asegurada una pensión para el final de sus días. Se mueven en un mundo de profesionales competitivos que sobran para la cantidad de puestos disponibles, y jóvenes, sin educación ni formación, que engrosan un ejército de mano de obra barata.

En 2020, un reporte del Centro de Investigaciones Pew (2020) registró que la mayoría de los adultos jóvenes estadounidenses (el 52%) vivía con uno o ambos padres.  La cantidad de adultos jóvenes blancos en esta situación, creció más que la de otros grupos raciales y étnicos.  

“Es el valor más alto desde el censo de 1940 al final de la Gran Depresión, cuando el 48% de los adultos jóvenes vivían con sus padres”, estimó el Centro de Investigaciones Pew, quien identificó a los adultos más jóvenes como los más afectados por la situación, producto en buena parte, por la pandemia.

“En la Unión Europea los jóvenes dejan de vivir con sus padres, en promedio, a los 26,1 años. Pero en países como Italia, la edad promedio es de 30 años, en Malta ocurre a los 32,2 y en Croacia a los 31,9. Los jóvenes españoles suelen salir de casa a los 29,3 años, es decir, a más de 5 años de clausurar la edad promedio de juventud, de acuerdo a la ONU”, sostiene un informe del Instituto Samuel Robinson.

“En España, en su mayoría, estos jóvenes están mejor formados que sus padres (el 54% tienen título universitario), pero los más jóvenes de ese estrato se han encontrado con que, como consecuencia de la crisis, el mercado laboral tan solo les ofrece trabajos por debajo de su titulación, con contratos temporales y sueldos exiguos. El 75% de los jóvenes asalariados en España tienen un contrato temporal. Eso ha llevado a muchos de ellos a buscarse la vida fuera del país o con el autoempleo o el emprendimiento. Y sienten que la sociedad no les da respuesta al esfuerzo realizado para formarse”, agrega el instituto.

En el mundo desarrollado, además, la irrupción de la robótica y la inteligencia artificial amenaza con reemplazar a 800 millones de empleos para 2030.

En América Latina, el panorama es aún más desalentador; el 39% de los jóvenes entre 16 y 29 años son pobres, según el Fondo de Poblaciones de Naciones Unidas. Un tercio de los 140 millones adultos jóvenes no tienen educación y engrosan la tasa de 33 homicidios cada cien mil habitantes en esta franja etaria.

Si en los países del primer mundo, ser joven es una lucha por el empleo, en América Latina estar en esta edad es una pelea por llegar al otro día. A pesar de que según el Fondo de Naciones Unidas, en la región hay una oportunidad para apuntar a una economía competitiva porque la población joven económicamente activa supera, en creces, a la inactiva.

“La juventud actual tiene niveles de educación más altos que sus progenitores; están familiarizados con las nuevas tecnologías de producción, comunicación, manejo y procesamiento de información, cuyo conocimiento y uso serán claves para el desempeño de las naciones y de las personas en el futuro. Han experimentado el ritmo incesante del cambio, lo que los hará capaces de enfrentar las transformaciones futuras con mayor flexibilidad y rapidez y se desenvolverán en un escenario demográfico más holgado”, sostiene la institución de la ONU.

El contexto laboral en la región, post pandemia, tampoco es el mejor. De acuerdo a la Organización Internacional del Trabajo, el 70% del trabajo que se generó, desde mediados de 2020, es en informal en Argentina, Brasil, Costa Rica, México, Paraguay y Perú. “Si bien es prematuro para afirmar que se está observando un proceso de informalización de las ocupaciones previamente formales, teniendo en cuenta experiencias de crisis previas, es un riesgo latente importante”, remarca la OIT en su último informe.

Como es costumbre en nuestra región, cada crisis deja un piso inferior a la anterior en términos de calidad de vida y acceso a bienestar.

La informalidad impone una nueva cultura también en quienes opten por esta vía para mantenerse; la de la cultura del emprededurismo y hágalo por usted mismo. Proliferan ídolos juveniles, como L-Gante, que salen adelante por sus propios medios, con lo que tienen a mano, sea una conectar igualdad, un subsidio IFE. Las referencias dejan de ser mega narradas, o estructurantes, como en el Siglo XX eran alrededor de la vida organizada de los empleos fabriles, de servicios o administrativos.

La clase política le habla a un otro al que no le puede garantizar bienestar en el corto plazo, ya sea como en Argentina por el costo peso de la deuda, o la inviabilidad, de generar una base material concreta de forma rápida. Los discursos se simplifican, con spots graciosos o llamativos, al pensar que los nietos de Sobotka buscan solo divertirse para olvidarse de su lucha diaria.

Se hace imposible asumir los costos de una realidad imposible, mientras la política queda desprovista de su arte de prestidigitación, que la hacía atractiva para buscar el bienestar. Solo queda la cruda imagen de políticos peleando por espacios de poder frente a una sociedad que descree de su propio futuro.

Si la utopía de los abuelos era la de una familia con techo, trabajo y comida, la de sus hijos era la de regresar a eso, con triquiñuelas y atajos, como los Sobotka. En este contexto, es una incógnita el rumbo de una juventud nacida sin ninguno de los mitos de realización de sus antepasados.

♣♣♣

#PA.

11 de septiembre de 2021.

Notas Relacionadas

“Habrá un antes y un después” de la movilización en Uruguay

Con la emoción contenida bajo un cielo de un solo color, una multitud de uruguayas y uruguayos de distintos ámbitos y procedencias, de los más diversos colores y sectores del sector productivo, social y económico del país, este miércoles 15 se celebró una jornada de lucha y reflexión, de propuestas y señales, de esperanza y futuro.