Desastres playeros que nos mostramos incapaces de solucionar

Desastres playeros que nos mostramos incapaces de solucionar

La ciencia avanza, la tecnología despunta y el hombre cambia, pero esa experiencia de ir a pasar un día a la playa sigue presentando los mismos inconvenientes que hace cincuenta años.

La playa, así, en general, es el destino soñado de millones de personas cada verano. Nos gusta la experiencia, eso está claro, y además cuenta con las ventajas que el agua salada da a la piel y las vitaminas que aporta el sol.

Sin embargo, también es un sitio donde uno se llena de arena, se abandona todo principio estético, está obligado a compartir terreno con desconocidos y, además, se enfrenta a una serie de problemas que, pese a los avances en la tecnología, los paquetes turísticos y la infraestructura de los pueblos costeros, continúan inamovibles como las rocas de la orilla. 

¿Qué hago con mis pertenencias?

Todavía no hemos perfeccionado una técnica para ir a bañarnos o a dar un paseo por la orilla sin miedo a que alguien se lleve nuestras pertenencias. A menos que uno tenga su casa cerca o esté en un complejo hotelero con playa incluida al que se puede ir libre de cargas. Es habitual que llevemos encima el teléfono móvil, la cartera para pagar la bebida y las llaves del vehículo. Año tras año seguimos con la pesada carga de pedir a un miembro de la familia, un amigo, o – en el peor de los casos- a algún amable desconocido que se encuentre en una toalla cercana que se quede vigilando nuestras pertenencias.

La bella arena, la molesta arena

Sí, hay arena por todas partes. En eso consistía esto, ¡bienvenido a la playa! La arena se quedará en sitios de tu cuerpo que ni sabías que existían y, si te toca un día de viento puedes seguir encontrando granitos una semana después. La arena se queda en las gafas de sol, en los recovecos del teléfono móvil, entre las páginas de la novela que estás leyendo, en tu ropa y alimentos.

Leer es sexi (pero complicado)

Un buen libro y una buena playa. La frase es tan típica que ya ha pasado a ser axioma de Instagram. Pero no es tan fácil como parece. La luz intensa del sol reflejada en esas páginas tan brillantes y blanquitas hace complicado tomar el sol a la vez que leer. Las posturas de playa (normalmente, una toalla sobre la arena) no ayudan a nuestro cuello. Y si lo que queremos leer es el periódico, ya directamente debemos opositar: el viento y la arena hacen a menudo imposible esa tarea.

El (gran) momento del cambio

Ante un traje de baño mojado hay dos opciones: esperar pacientemente a que se seque para irse o ponerse ropa seca para volver a casa tras una jornada de playa. Pero para que esto último sea posible debemos cambiarnos haciendo una especie de malabarismos con las prendas y la toalla para no enseñar al público espectador más de lo que uno desee.

Ni fría ni caliente

La temperatura del agua y su idoneidad para darse un baño es un asunto tan subjetivo y personal como la potencia del aire acondicionado en el trabajo. ¿Está demasiado fría o demasiado caliente? Encontraremos aquí, a dos equipos: Los que están acostumbrados a sus playas enormes, vacías y con aguas casi siempre congeladas. Los que reivindican sus playas llenas de vida y con unas aguas más cálidas que atraen a miles de turistas. Los primeros dirán de los segundos que se bañan en caldo, los segundos dirán de los primeros que no entienden cómo no sufren hipotermias bañándose en ese océano glacial.   

Distancia de seguridad

Las posibilidades de que, independientemente de la hora en que se aposte en la arena, termine teniendo que sortear sombrillas, castillos de arena, toallas o algunas personas para alcanzar el mar son enormes. Incluso si te colocas en la parte menos amable de la playa, alguien decidirá emplazarse cerca de ti, tan cerca como para que escuches sus conversaciones, su música y hasta huelas su bronceador.

Y después de la playa, ¿qué?

Uno de los mayores problemas a los que una persona se enfrenta es a su aspecto tras pasar el día en la playa. Se ha visto a gente de madrugada en bares aún con la toalla y los pies llenos de arena en un estado de severa embriaguez. Se han avistado turistas tratando de entrar en un museo con sombrillas y aftersun. Se comenta que incluso en restaurantes se han topado con grupos de personas que, directas desde la playa, han aparecido a sus puertas dispuestas a engullir el menú degustación dejando el flotador sobre la mesa de los postres. Entrar en la playa es prometedor, estar en ella acostumbra a no cumplir expectativas, pero es salir de ella –como bien lo sabemos es el mayor dolor de cabeza.

Redacción PA.