V de Calatrava

Por Octavio Domosti

Aunque contaba con unos efectos especiales que hoy nos parecen de risa, la serie (1983) causó el suficiente furor con sus esquijamas rojos, texturas reptilianas y nutritivos ratones como para que más de veinte años después de su estreno se planteara el rodaje de un remake. Esta es una práctica más habitual en el cine, pero también se han dado casos en la pequeña pantalla que han arrojado resultados desiguales, desde las recomendables The Office (la NBC realizó una versión homónima de la serie británica) y The Killing (adaptación de Forbrydelsen, su original danés) hasta inquietantes revisiones de Médico de familia realizadas en Portugal, Rusia o Finlandia. 

La nueva serie sobre los Visitantes fue audazmente bautizada como V (2009), y ya desde las primeras tomas del episodio piloto se palpaba una mejor factura visual que su precedente ochentera, culminando en una espectacular puesta en escena de las naves nodrizas y una retransmisión de su líder, de apariencia humana y llamada Anna (Morena Baccarin), que se nos descubre como una atractiva hembra de mirada amenazante y largas extremidades, dando motivos más que sobrados para hacer apología del bestialismo galáctico. Una vez pasado el susto inicial, y con el fin de estrechar lazos y disipar rumores sobre sus intenciones, los Visitantes invitaron a grupos de humanos para que vieran con sus propios ojos el tipo de vida que llevaban en el interior de sus naves; se trataba de una civilización ordenada, aséptica, tecnológicamente avanzada y aventuro que de ideología izquierdista, pues prometía sanidad universal a toda la humanidad.

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Es un honor poder ayudar a la humanidad con nuestros conocimientos y tecnología. 

(Anna, líder visitante. V, 2009)

He tenido la fortuna de construir una obra excepcional en mi ciudad que marcará época. He dado forma a su apuesta por la cultura, las ciencias y la comunicación. Y dejo allí, creo, una herencia para las futuras generaciones. 

(Santiago Calatrava, arquitecto e ingeniero civil, refiriéndose a la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia)

Me caen mal los arquitectos porque sus crímenes perduran más allá de su propia vida.

(Esperanza Aguirre, expresidenta de la Comunidad de Madrid)

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Y allí, entre pasillos impolutos sostenidos por nervaduras metálicas, cuando parecía que iban a comunicar que venían del otro extremo de la galaxia para revelarnos la fórmula del detergente definitivo, el plano se abría para mostrarnos una gigantesca galería que albergaba toda una ciudad compuesta de edificaciones extrañas… y entre ellas, algunas obras la Ciudad de las Artes y las Ciencias, de Santiago Calatrava. Con esta imagen, que dejaba en evidencia la terrenal inspiración de los autores de los CGI que recreaban la megalópolis extraterrestre, creo que tuve una epifanía en forma de metáfora entre la temática de la serie y la repercusión de la obra del artista-arquitecto-ingeniero valenciano: en la ficción televisiva, la aparentemente idílica sociedad extraterrestre gozaba de una abrumadora aceptación popular (al menos, al principio), a excepción de pequeños grupúsculos englobados bajo el nombre de la Resistencia, que sospechaban o tenían motivos para desconfiar de los medios y fines de los Visitantes y que intentaban abrir los ojos al resto de la población, inútilmente.

Visto de otra forma: hasta hace unos años, si se ponía en la picota cualquier obra de Calatrava, ya fuera por motivos económicos, funcionales, estructurales o simplemente estéticos, inmediatamente eras tildado de envidioso. Era inadmisible poner en duda a un arquitecto con esa fama, esa osadía creativa, que generaba tantos libros de la editorial Taschen y que había ganado el Premio Príncipe de Asturias, ese galardón tan cubierto de prestigio planetario que también posee Sito Pons. Y además, había que aguantar que te llamaran ignorante, insensible o inculto, que no tenías ni puta idea en definitiva, porque los criterios estructurales, la funcionalidad o respetar el presupuesto son conceptos que no se aplican a una obra de arte.

Si persistías en la discusión aportando datos objetivos, la defensa de los apóstoles del Arquitecto se basaba en las mismas premisas que cierto apotegma de Cristiano Ronaldo. Así, cualquier crítica era justificada por los celos que le tienen porque es una referencia mundial en su especialidad, millonario y famoso; en el caso de Calatrava, la juventud y la belleza solo salían a relucir en emotivos alegatos de sus admiradores más radicalizados. En fin, que unos pocos éramos la Resistencia, los Negacionistas, los Calatravaescépticos… los parias, vamos. Pero que precisamente eligieran imágenes de la Ciudad de las Artes y las Ciencias (CAC) viene a ser como si Anna se arrancara la piel a tiras en prime time para exhibir su lustrosa piel de lagarta mientras devora gatitos vivos y confiesa que ella fue el toro que mató a Manolete, porque esta es una de las obras más controvertidas de Calatrava.

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El Arquitecto siempre tiene razón

Aunque el proyecto parece ahora que es obra del Partido Popular, la CAC fue ideada, adjudicada a Calatrava y comenzada bajo un gobierno del PSOE, y en un principio consistía en tres edificios: un museo de ciencia (el Museo de las Ciencias Príncipe Felipe), un cine con pantalla esférica (el Hemisfèric) y una torre de comunicaciones, un pepinazo (literalmente) de unos 370 metros de altura. Pero en 1995 se produjo un cambio de gobierno en la Generalitat Valenciana y, como suele suceder en estos casos, el PP paralizó las obras porque entendían que estaban demasiado ligadas al PSOE.

Ya sea por las maniobras negociadoras de Calatrava o por la vergüenza torera de tirar a la basura varios miles de millones de pesetas entre obra ejecutada e indemnizaciones a las constructoras por la suspensión del proyecto, finalmente se decidió seguir adelante, sustituyendo la torre de comunicaciones por un palacio de ópera, el Palau de les Arts Reina Sofía (edificio al que se le han dado los sobrenombres de yelmo del gigante, la palomita mutante, el coleóptero extraterrestre o la sobrada del siglo), que se iba a ubicar en el mismo lugar y así se aprovechaba el pilotaje que ya se había ejecutado.

Ahora bien, de recuperar el proyecto de la CAC a lo que se ha ejecutado, va un trecho: además de estas tres edificaciones singulares, se construyó «el mayor acuario de Europa» (el Oceanogràfic, la obra póstuma del gran Félix Candela), un aparcamiento-jardín apergolado (el Umbracle), un espacio multifuncional (el Ágora) y un puente que, para seguir en la línea del Arquitecto, se convirtió en la construcción de mayor altura de Valencia (el Assut de l’Or).

V de Calatrava
Tanto el Hemisfèric como el Museo de Ciencias Príncipe Felipe aparecen varias veces en esta imagen. Jugar a Dónde está Wally en blanco y negro es bastante más difícil. Imagen: ABC.

El desmadre edificatorio de la CAC podría haber ido a más porque Calatrava ya había redactado (y cobrado) un proyecto para construir tres rascacielos1. Total, que del presupuesto inicial de unos 150 millones de euros que manejaba el gobierno de Joan Lerma se pasó a un coste de ¡¡1100 millones!! Pero lo peor es que más de la mitad de esa cifra (unos 625 millones de euros) se deben a sobrecostes por inexactitudes, ajustes, carencias o arrebatos artísticos. Nadie levantaba la voz en público: Calatrava proponía más y más cosas y las arcas públicas extendían cheques firmados sin rechistar por políticos que eran elegidos una y otra vez en las urnas. Como con la gallina y el huevo, se puede discutir qué fue antes, si el arquitecto insaciable o el político insensato. Lo que está claro es que cada una de las dos partes tuvo su cuota de pecado, pero la penitencia la pagan los valencianos.

A pesar de ser hoy en día bastante conocidas, estas cifras siguen pareciendo escalofriantes, sobre todo si se hace un ejercicio demagógico-contextual: por ejemplo en el curso 2012-2013 hubo unos 19 000 alumnos en la Comunidad Valenciana que dieron clase en barracones por falta de colegios; un colegio tipo de primaria puede dar servicio a unos 500 alumnos y su construcción costaría unos 6 millones de euros, totalmente equipado. Por tanto, harían falta unos 228 millones de euros para construir colegios para 19 000 alumnos… 

Una cosa es hacer guerra de guerrillas desde la Resistencia haciendo chascarrillos acerca de puentes por los que es complicado pasar de un lado a otro (su pavimento de vidrio resbala en el Zubizuri de Bilbao y en su prima hermana, la pasarela del Hospital, en Murcia), de cubiertas que no te cubren de la lluvia (las goteras del Aeropuerto de Loiu y del Palau de las Arts) o de piezas móviles que no se mueven (los elementos de las cubiertas del Ágora de CAC y del centro comercial de Oviedo)… pero otra muy distinta es que se dilapiden cientos de millones de euros por la torrencial creatividad de un arquitecto estrella. ¿Cómo se llega a ese pedestal desde el que es posible trazar croquis imposibles y encontrar quien te lo pague, cueste lo que cueste? ¿Tenía Calatrava un sistema de conversión como los Visitantes?

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El origen de todo: el efecto Alamillo

El año 1992 supuso el despegue de la carrera de Calatrava. Hasta entonces, su trayectoria profesional había evolucionado velozmente desde diseñar balcones (!!!) a obras más singulares como las pieles del almacén Ernsting2 en Coesfeld (Alemania) y la estación Stadelhofen3 en Zúrich, si bien estos dos últimos encargos los realizó junto a otros arquitectos. Aunque el puente Bac de Roda4, en Barcelona, y la estación aeroportuaria Lyon-Saint Exupéry ya habían dado que hablar en los corrillos de entendidos, no fue hasta la construcción de la torre de comunicaciones de Montjuic (con motivo de Barcelona 92) y, sobre todo, con el puente del Alamillo (para la Expo 92 de Sevilla) cuando su nombre se comenzó a conocer a escala global. 

Lo del puente del Alamillo es digno de estudio, porque es como si un cirujano consiguiera el aplauso y reconocimiento mundial por realizar una operación de cataratas por vía rectal. Este puente atirantado es conocido por su estética, cuyo rasgo más significativo es su único pilono inclinado, situado en una de las márgenes y carente de tirantes de retenida; es decir, solo tiene un conjunto de cables que unen el pilono y el tablero. Las analogías zoomórficas son delirantes: que si la sección del tablero tiene forma de cabeza de toro (como miles de puentes ejecutados con anterioridad a esta obra, por otra parte) o que el colosal mástil evoca la cabeza de un caballo, aunque a lo que realmente recuerda es a otra parte de la anatomía del equino. Por otra parte, no acabo de entender qué demonios tiene que ver la pirámide de Keops con un puente sevillano, aunque con gran orgullo se dice que «comparten el mismo ángulo de inclinación». Y por último, también se ha publicado que su perfil sugiere un arpa que, como todos sabemos, es un instrumento profundamente arraigado en Sevilla.

Estructuralmente, este puente es una aberración. Numerosos especialistas en puentes consultados por Jot Down acaban con los ojos inyectados en sangre y echando espuma por la boca cuando se les hace hablar del Alamillo. El diseño parte del concepto de que el peso propio del mástil inclinado compense por sí solo los esfuerzos que le transmite el resto del puente. Tal vez Calatrava pensó que se iba a cubrir de gloria cuando iba a hacer lo nunca visto, eliminar los cables de retenida.

Pues no. 

Esa idea puede ser válida para una escultura (su fuente de inspiración), pero no para un viaducto donde actúan cargas variables importantes (tráfico de vehículos, viento, temperatura…). Para eso se disponen los cables de retenida, para compensar esas cargas, porque de lo contrario es necesario hacer caras virguerías estructurales para que el puente funcione.

En primer lugar, en el puente del Alamillo se tuvo que rellenar parcialmente el río para colocar una cimbra sobre él y así poder ejecutar el tablero, lo que supone un sobrecoste frente a otros procedimientos constructivos utilizados en atirantados digamos menos singulares.

Después, se fueron colocando las piezas huecas metálicas del pilono que se rellenaban de hormigón y se iban atirantando a medida que se iban montando unas sobre otras y como la altura del mástil es de unos 140 metros (como ya dijimos5, la construcción más alta de Sevilla por aquel entonces), fue necesaria una grúa gigantesca para elevar las últimas piezas.

Pero lo peor de todo es que, como el mástil y tablero estaban empotrados en el pedestal y en el terreno, fue necesario ejecutar una descomunal cimentación: la versión oficial6 reconoce que fueron necesarios 54 pilotes de dos metros de diámetro y unos 47.5 metros de longitud cada uno; es decir, unos dos kilómetros y medio de pilotes para un puente de unos 200 metros de luz. Con todo el hormigón empleado para ese pilotaje conseguiríamos llenar (en números redondos y/o unidades periodísticas) una piscina que tuviera metro y medio de profundidad y el tamaño de ¡un campo de fútbol! Bien pensado, a la vista de estos datos tengo que admitir que el arpa sí que está profundamente arraigada en la capital hispalense. 

Con la excusa de que se trataba de un puente singular, que iba a ser el icono de la Expo 92, se adjudicó una infraestructura viaria que fue presupuestada en unos 4500 millones de pesetas y acabó costando unos 8400 millones (del año 92, no lo olvidemos), pero se vendió a la opinión pública como una obra de arte.

Y esta idea caló en muchos ámbitos de la sociedad: de hecho, la maqueta del puente está expuesta en el MoMA de Nueva York. El mundo había aceptado la idea de que Calatrava era un genio, «como Leonardo da Vinci» he llegado a leer, y con ese reclamo su cartera de encargos creció exponencialmente. Todavía recuerdo mi sorpresa cuando vi que en Bridges that changed the World, de Bernhard Graf, incluían el puente del Alamillo en una selección junto a vacas sagradas como el puente de Alcántara, el de Brooklyn, el Golden Gate o el Firth of Forth. ¡Y tanto que ha cambiado el mundo! Si se dice que ha habido un efecto Guggenheim en la arquitectura de edificios singulares, buscando la proyección internacional, el asombro y el más difícil todavía, se puede hablar de un efecto Alamillo en el diseño de puentes, que ha dado lugar a estructuras absurdas, difícilmente justificables desde el punto de vista económico o resistente, y lo que es peor, puesto que se busca la consecución de una obra de arte: en algunos casos son, sin paños calientes, feas de cojones.

Plagios, pataletas y otras conspiraciones judeomasónicas

A pesar de tantos reconocimientos y aclamaciones, puede que alguien hiciera entrar en razón a Calatrava, porque hasta el momento solo ha vuelto a repetir la tipología del Alamillo en el puente Sundial, en Redding (California), una pasarela que por ser peatonal eliminaba la problemática carga del tráfico de vehículos. Y no será porque no le gusta autoplagiarse al valenciano, pues ha proyectado varios puentes similares al Assut de l’Or de la CAC (que a fin de cuenta es como el del Alamillo pero con un par de cables de retenida)7 u otra tipología que explota con asiduidad, como el pilono de perfil ahusado del que parten haces de tirantes que dibujan superficies regladas8… Vamos, que en otros casos sí que ha repetido una determinada solución.

Pero mucho ojo con diseñar una estructura que Calatrava piense que está copiada de una suya: que le pregunten al arquitecto mexicano Óscar Bulnes, autor del puente de la Unidad en Monterrey, porque supuestamente se parecía demasiado al puente sevillano… aunque sí que tenía cables de retenida, una diferencia fundamental. No obstante, la esposa de Calatrava, Robertina Marangoni, envió a los organizadores del concurso una encendida carta denunciando la afrenta. Por cierto, hace mucho tiempo, un autor de otro puente de la Expo 92 me hizo un comentario sobre la esposa de Calatrava, a la que conocía por haber coincidido en algún evento durante la ejecución de las obras sevillanas. En concreto, el lenguaje corporal me dio entender que era de las que bailan la jota con el puño cerrado9

No ha sido el único caso en el que Calatrava ha pensado que copiaban Su Obra. En una entrevista realizadra por Arcadi Espada para El País en el año 2000, Calatrava no dudó en calificar como «un caso de jeta inmensa» el fallo del concurso para el puente móvil del puerto de Barcelona. A su entender, el proyecto ganador firmando por el ingeniero de caminos y catedrático de puentes Juan José Arenas (autor del puente de la Barqueta de la Expo 92, entre otros muchos) era una copia de su propuesta. A la vista de la maqueta, más le valdría haber mantenido un prudente silencio, porque esa estructura era irrealizable con esas proporciones… bueno, nada fuera de lo habitual, por otra parte. Como nos dijo Arenas en la entrevista que le realizamos, Calatrava tal vez estaba sensibilizado por lo que le pasó en la reforma del Reichstag: se realizó un concurso internacional de ideas tras el que se llevaron el primer premio Norman FosterPiet de Bruyn y el propio Calatrava, aunque el encargo se lo llevó el lord británico.

La polémica surgió cuando se vieron las formas del proyecto definitivo de Foster, que no tenían nada que ver con su propuesta del concurso de ideas, y sin embargo recordaban demasiado al concepto presentado por Calatrava. La protesta tenía sentido: ¿para qué se encargó a un arquitecto una reforma si la idea que más gustaba la había diseñado otro? Pues probablemente por el mal endémico de los proyectos singulares: se busca el nombre de un arquitecto consagrado y, en el año 1994, Calatrava estaba un peldaño o dos por debajo de Foster. Con la adjudicación del Intercambiador de Transportes de la Zona Cero en Nueva York en 2004, Calatrava entró en el olimpo arquitectónico. Pero hoy en día, con tanta polémica y sobrecoste, su ubicación en el escalafón internacional es más dudosa.

***

¿Cancelación?

Curiosamente, ambas series de V (la original y el remake), a pesar de tener buena acogida entre el público, fueron canceladas prácticamente por sorpresa, dejando finales bastante abiertos. Por su parte, la CAC se salvó por los pelos (excepto los tres rascacielos comentados), pero el desgaste de la imagen de Calatrava ha sido altísimo tanto ante la opinión pública española, debido fundamentalmente a los costes multimillonarios, como ante numerosos compañeros de profesión que durante muchos años buscaban que se hiciera justicia, aunque fuera poética (que no venganza), ante las maneras despilfarradoras e incluso en algún caso, prepotentes, de Calatrava. En estos momentos, no concibo a medio plazo que un político quiera tener un calatrava en su ciudad. Aunque siempre está la posibilidad de que dentro de unos años aparezca un remake del valenciano flotando sobre nuestras ciudades, claro.♣♣♣


#PA. JotDown.

16 de octubre de 2022.

Notas

(1) No ha tenido suerte Calatrava con los rascacielos.

(2) Los almacenes Ernsting presentan unas originales puertas plegables y una fachada ondulante, concepto que Calatrava recuperó en 1998 para Bodegas Ysios.

(3) Son destacables los monumentales pasadizos subterráneos que recuerdan a la terminal de la TWA del aeropuerto JFK de Nueva York de Eero Saarinen y su tratamiento escultórico del hormigón.

(4) Aunque los arcos inclinados probablemente son superfluos, junto con sus tirantes crean una plataforma-estancia dentro del puente muy interesante, a la que también se puede acceder por unas escaleras colocadas sobre los propios arcos.

(5) Véase el artículo «Desmontando a Calatrava».

(6) No obstante, hay fuentes apócrifas que hasta duplican esas mediciones, así que uno no sabe a qué atenerse, como cuando preguntas por los asistentes a una manifestación.

(7) Como son el puente nuevo sobre el río Cavado (Barcelos, Portugal), Ponte sobre el Crati (Cosenza, Italia), puente peatonal de Katehaki (Atenas, Grecia), el desembarcadero de Greenpoint (Nueva York, Estados Unidos)…

(8) Ejemplos: pasarela peatonal de Trinity (Salford, Inglaterra), Museo de Arte de Milwaukee (Milwaukee, Estados Unidos), dos puentes sobre el Hoofdvaart (Hoofddorp, Holanda), un puente peatonal en Pistoia (Italia), accesos al desembarcadero de Queens (Chicago, Estados Unidos)…

(9) El libro Arquitectura milagrosa, de Llàtzer Moix, recoge una anécdota muy ilustrativa: en respuesta a un encargo para un puente, Calatrava presentó un presupuesto en el que se incluía una partida de 50 millones de pesetas para la maqueta. Preguntado por si se trataba de un error y había incluido un cero de más (al fin y al cabo, era una maqueta), Calatrava afirmó desconocer dicho importe porque de esas cosas se encargaba su esposa. 

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