La curaduría del consumo audiovisual importa

La curaduría del consumo audiovisual importa

Por Adrián Machado


En un ensayo sobre Federico Fellini, Martin Scorsese analiza el estado actual del consumo audiovisual: plataformas, contenidos, algoritmos, consumo y goce.

El escrito publicado por Scorsese para la edición de marzo de la revista Harpers provocó distintos enfoques analíticos, como sucede habitualmente cuando se expresa públicamente el -tal vez- más importante cineasta vivo. En este caso, Martin Scorsese le rinde tributo a su maestro en el séptimo arte: Federico Fellini.

Su ensayo Il Maestro es una pieza memorable en la que recorre el devenir del cine desde el siglo XX hasta la actualidad, contextualiza y desmenuza la obra de Fellini, relata la influencia que tuvo el italiano en su manera de hacer cine, narra sus encuentros personales con el director de 8½, explica el porqué de sus films favoritos y propone abordar la filmografía del oriundo de Rímini para definir que es y que no es cine.

El aspecto más comentado del documento producido por Scorsese es el que se encuentra en los bordes, relacionado, pero por fuera del núcleo del texto: el consumo audiovisual contemporáneo. Y es ese mismo el que vamos a retomar en esta columna -el análisis de lo referido al inabarcable mundo Fellini merece un espacio propio-.

Es fácil caer en una lectura del tipo “viejo pesimista” o “todo tiempo pasado fue mejor”, pero Scorsese no recorre esos caminos de manera lineal. A las observaciones acerca de la industria cultural audiovisual -él se refiere al cine, aunque la mirada es trasladable a distintas artes y producciones culturales- realizadas le siguen cursos de acción, posibles soluciones.

Luego de narrar un imaginario recorrido fílmico de un joven a fines de los 50’ en el Greenwich Village de New York; donde el muchacho en cuestión atraviesa marquesinas que ofrecen films de John Cassavetes, Claude Chabrol, Alain Resnais, Jean-Luc Goddard, Truffaut y el propio Fellini, Scorsese señala que el cine se ha degradado tanto que se redujo a un solo concepto de importancia: el contenido.

A principios de siglo, dice Scorsese, solo se hablaba de contenido para contrastarlo con la forma, en el marco de una discusión teórica sobre cine. A medida que el sector audiovisual se fue “corporativizando”, el término se convirtió en habitual dentro de la industria: “‘Contenido’ se convirtió en un término comercial para todas las imágenes en movimiento: una película de David Lean, un video de gatitos, un comercial de Super Bowl, una secuela de superhéroes, un episodio de una serie”, detalla el ítalo-americano.

El concepto se vincula a la visualización hogareña vía plataformas de streaming. Allí el autor identifica dos cuestiones; por un lado, fue beneficioso para los desarrolladores audiovisuales -incluido él mismo-; por el otro, se creó una situación en la que se le presenta al espectador un menú supuestamente democrático: “Si los algoritmos ‘sugieren’ la visualización adicional en función de lo que ya has visto, y las sugerencias se basan solo en el tema o el género, ¿qué efecto tiene eso en el arte del cine?”, inquiere el director de Goodfellas.

En este momento el autor enfatiza la importancia de la curadoría, la misma no es elitista ni antidemocrática. Al contrario, es un acto de generosidad, compartir lo que se ama e inspira. Scorsese señala que plataformas de streaming como MUBI y The Criterion Channel, o medios tradicionales como TCM, están curadas. Los algoritmos, por definición, se basan en cálculos que tratan al espectador como un consumidor y nada más.

El ensayo define como actos de valentía las decisiones de los distribuidores de cine de los años sesenta. Y ejemplifica con una acción tomada por Dan Talbot, expositor y programador de cine, que fundó New Yorker Film específicamente para distribuir una película que amaba: Before The Revolution de Bertolucci, la cual no era precisamente una apuesta segura.

El constante regreso del director de The Irishman a esos momentos se debe a haberlos vividos, porque las circunstancias que rodearon a esos hechos no existen más. “El cine siempre ha sido mucho más que contenido, y siempre lo será, y la prueba son los años en los que esas películas salían de todas partes del mundo, hablando entre sí y redefinían la forma de arte semanalmente”, sentencia el autor.

“En el negocio del cine, que ahora es el negocio del entretenimiento visual masivo, el énfasis siempre está en la palabra ‘negocio’, y el valor siempre está determinado por la cantidad de dinero que se puede ganar con una propiedad determinada; en ese sentido, todo, desde Sunrise a La Strada a 2001 ahora está prácticamente destinado a tener la etiqueta de ‘cine arte’ en una plataforma de streaming”, indica Scorsese. Es decir, estar en una posición marginal dentro de la oferta audiovisual.

“Quienes conocemos el cine y su historia tenemos que compartir nuestro amor y nuestro conocimiento con la mayor cantidad de gente posible. Y tenemos que dejar muy claro a los propietarios legales actuales de estas películas que representan mucho, mucho más que una mera propiedad para ser explotada y luego encerrada. Se encuentran entre los mayores tesoros de nuestra cultura y deben ser tratados en consecuencia”, asegura Scorsese. Y finaliza su ensayo argumentando que Federico Fellini es un buen punto de partida para definir que es y que no es cine, su trabajo contribuye a definir la forma del arte.

Luego de esta revisión a las palabras del director de Mean Streets, podemos esbozar que las plataformas que son parte de la organización algorítmica de nuestras vidas –Sadin dixit– siguen apostando a cierto cine y directores como Scorsese -Martin tiene dos colaboraciones con Netflix, sin ir más lejos-, las que han desaparecido son las grandes productoras de Hollywood, las major.

Consumir contenido vorazmente sin disfrutar para luego pasar a la próxima recomendación se ha convertido en una rutina de millones de espectadores en la actualidad. El universo de ofertas puesto al mismo nivel, sin diferencias, en un falso ejercicio democrático, allí es donde Scorsese refiere a la dificultad para diferenciar entre productos.

Un par de semanas se mantiene en agenda el último éxito de las plataformas de streaming, antes de pasar al siguiente hit, dentro de un mar de cientos de novedades mensuales. Buena parte del periodismo cultural gira en torno a esos “éxitos”, notas sobre la cantidad de audiencia que tiene una serie o película en Netflix, donde la información es la que provee la propia plataforma. Cuando se incluye como visualizaciones a cualquiera que haya visto al menos dos minutos de ese contenido. Solo se nos exige dos minutos para ser considerados audiencia, no hace falta ir al cine, ni estar sentados dos horas para acceder a esa consideración.

En esta oferta inédita que brindan las plataformas se observa una paradoja: faltan muchas grandes series y películas. Cada vez hay más jugadores en el negocio del streaming, y para acceder a ciertos contenidos hay que recurrir a la piratería. Esto sucede porque se enfocan centralmente en la producción de contenido propio.

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El trabajo de selección, archivo, programación, conservación y custodia se presenta cada vez más importante. Es ineludible para poder distinguir una obra maestra de Fellini del último video viral de algún tiktoker. ♣♣♣

#PA.