El reality show del calamar

Por REDACCIÓN

Por Emilio de Gorgot

En otros tiempos, el gran problema al que se enfrentaban los estudios y las emisoras de televisión era que, a la hora de crear un nuevo producto, no existía garantía de éxito. Ni siquiera cuando se imitaba otro producto exitoso. Cuando no existían los algoritmos computerizados, el público era realmente imprevisible.

Excepto en aquellos casos donde podía hablarse de, entre comillas, un «público cautivo». Un ejemplo eran las «amas de casa»: entre los años cincuenta y sesenta, cuando aún predominaban los matrimonios tradicionales y muchas esposas se quedaban en el hogar, las televisiones dedicaban las mañanas a programas ligeros, basados en la palabra, que pudiesen ser escuchados y por lo tanto compatibilizados con las tareas domésticas. No eran programas que requiriesen pegarse a la pantalla para analizar hasta el último detalle. Eran concursos, culebrones, o talk shows. Esto es, programas que podían ser vistos de manera intermitente en el caso de que la persona enganchada a ellos tuviese un día más ajetreado de lo normal. Incluso los culebrones estaban diseñados para que la pérdida de un capítulo no fuese un impedimento. En un culebrón puede parecer que es importante lo que sucede en cada episodio, pero es un juego de espejos: lo realmente importante es saber quiénes son los buenos y quiénes son los malos. Y es importante saber que no dejarán de serlo. Salvo sorpresa, claro está, pero las sorpresas dejarían de funcionar si se convirtiesen en la norma. Así que: buenos y malos; mecanismos dramáticos simples y dicotómicos. Eso funciona.

Existe una distinción entre una serie de televisión que tiene un argumento inteligente, y una serie que tiene un argumento con momentos muy tontos, pero que ha sido escrito de manera inteligente. Culebrones como DallasDinastía o su secuela Los Colby podían contener argumentos que eran estúpidos hasta el infinito, pero no fueron creados por gente estúpida, ¡todo lo contrario! Además de tener bandas sonoras con melodías que Hans Zimmer no podría concebir ni tropezándose con el marco de una puerta, eran series cuyo éxito internacional se debía a que acertaron ofreciendo justo lo que determinado público estaba deseando ver. Y ni siquiera hablo de un público concreto. Dallas se convirtió en un fenómeno que no entendía de límites demográficos. Y todo el mundo sabía cómo se llamaban los personajes principales de Dinastía o Falcon Crest.

Es verdad que no imagino a Jorge Luis Borges viendo Dinastía. Pero muchos de nosotros, que a pesar de no ser Borges tampoco somos consumidores habituales de culebrones, podemos sentirnos entretenidos. La clave está en no pensar demasiado, porque los argumentos llegan a ser muy absurdos, especialmente cuando los creadores se han gastado ya todos los cartuchos de la sorpresa y no saben qué demonios hacer para continuar epatando al televidente. En Los Colby, de hecho, está mi desvarío favorito en la historia de la ficción televisiva: a Fallon Carrington-Colby, interpretada por la entonces celebérrima Emma Samms, ¡se la lleva un platillo volante! Perdón por el spoiler si es que planeaba usted ver Los Colby, pero, en serio, merece la pena ver esta secuencia (¡de 1985!) para entender que los actuales culebrones turcos, aunque sean muy efectivos, tienen todavía un largo camino por recorrer para alcanzar semejantes cotas de insensata grandeza:

Lo de estar viendo un argumento con escenas que parecen absurdas, ilógicas o exageradas, pero que al mismo tiempo me hace pensar «qué astuta es la gente que ha escrito esto», es algo que me sucedió con las primeras temporadas de sendas series españolas: La casa de papel y Élite. Ambas, como El juego del calamar, estaban dirigidas a un público adolescente, y ambas fueron grandes éxitos internacionales. A veces he comentado esto a mis amistades y me han mirado en plan «ya estás con tus estupideces», pero lo único que se necesita es comparar Élite con otras series sobre colegios pijos hechas en Estados Unidos o en Hispanoamérica. ¿Es una serie con un argumento inteligente? No. ¿Es una serie concebida de manera inteligente como producto? Sí. Pienso siempre en aquella ocasión en que un cocinero de prestigio mundial probó las hamburguesas de una famosa cadena de comida rápida y sentenció: «Están buenas». Es decir, son comida rápida, pero si está usted en un apuro de tiempo, le  llenarán el estómago y además le producirán una sensación agradable. Y a los chicos y chicas jóvenes les encanta.

En estos tiempos ni siquiera es extraño que Corea del Sur se destape con la comida rápida más efectiva de todas. Los coreanos llevan años en la vanguardia de la ficción audiovisual, al menos la de vocación más comercial, hasta el punto de que han conseguido que el actual cine de Hollywood parezca hueco e insustancial. El Óscar que Parasite recibió como mejor película llegó en un momento histórico tan preciso que casi pareció un reconocimiento tácito de la superioridad del (artísticamente) reinante cine surcoreano. Cada vez que veo una película de Marvel, y al poco veo una película surcoreana, es como si la maquinaria de Hollywood se hubiese estancado en la caverna de Platón y los productores surcoreanos estuviesen danzando felizmente al sol.

Primero aclaremos que no, El juego del calamar no es una obra maestra como quizá habrá usted leído o escuchado a los fans más exaltados. Es más: ni siquiera es la mejor serie coreana que puede usted ver en Netflix. Por ejemplo, si no ha visto las dos temporadas de Kingdom, la serie de zombis ambientada en la Corea del siglo XVII, sepa que se está perdiendo una obra de arte. Los coreanos están en ese punto en que pueden retomar un subgénero que parecía agotado y moribundo, poner su sabiduría y sus recursos al servicio de ese subgénero, y conseguir que las demás series de zombis parezcan de serie B. Es decir, The Walking Dead tuvo algunos capítulos que me parecieron muy buenos (es verdad que pocos con respecto al total), pero uno ve Kingdom y la diferencia de calidad es abrumadora en prácticamente cualquier aspecto en el que uno se quiera fijar.

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El juego del calamar no es Kingdom. No le va a sorprender a usted si busca ese tipo de valores artísticos, y no contiene un subtexto tan poderoso como el de Kingdom, una serie de zombis cuyo tema principal es realmente el concepto de majestad, las cualidades que debe poseer un rey para merecer la corona además de heredarla por nacimiento. El juego del calamar carece de esta profundidad y se parece más a La casa de papel. Parte de la misma premisa simple: la pregunta de cómo los protagonistas se saldrán con la suya en una situación que parece no tener salida. Las demás ideas están subordinadas a esa pregunta. El argumento de El juego del calamar es, por si usted, cosa difícil, todavía no se lo ha oído describir a un entusiasta compañero de trabajo, es este: un grupo de personas en situación económica desesperada se encierran en una isla para participar en un juego mortal cuyo ganador saldrá con una fortuna en sus manos. No hay mucho más que eso. La crítica a las desigualdades del capitalismo, un subtexto que impregna un buen número de producciones surcoreanas, está presente aquí, pero de manera bastante diluida y casi como un truco para que mentalmente asociemos esto con otros títulos célebres de aquel país. El juego del calamar es una serie en la que pasan muchas cosas, pero no una serie en la que haya grandes reflexiones. Puede ser disfrutada por adultos, pero sabiendo de antemano que está dirigida a adolescentes y el comentario, social o de otro tipo, no es muy elaborado.

El guion prima las reacciones emocionales del espectador por encima de la lógica. Y, sobre todo, prima el entretenimiento. Hay muchos momentos en que los sucesos o los comportamientos de los personajes no parecen responder a una lógica aparente, sino a la necesidad de que existan secuencias emotivas o impactantes en cada episodio. La mejor manera que se me ocurre para explicarlo es decir que El juego del calamar parece planeada en una hoja de Excel. En tal episodio han de suceder tales cosas. Usted podrá replicar que todas las series son planeadas así. En principio sí, pero esa estructura debe responder a una evolución lógica tanto de los personajes como del entorno. En El juego del calamar no sucede eso y, más allá del Excel, todo lo demás secundario. Conviene apaciguar la parte racional del cerebro para disfrutar de la serie porque, si es usted de quienes siempre se preguntan «¿Y esto por qué es así?», «¿Cómo es posible que…?», y suele tener dudas razonables sobre cosas sin explicación aparente, acabará padeciendo un serio dolor de cabeza.

Una de las cosas que me intrigaban sobre el éxito de esta serie era el que haya habido otras con temática parecida pero que han tenido menos impacto. Por ejemplo, la japonesa Alice in Borderland. ¿Dónde radica la diferencia? Por un lado, no se puede obviar que en El juego del calamar las interpretaciones son bastante mejores, por ejemplo. Pero tenía que haber algo más. Entonces caí en la cuenta: El juego del calamar está estructurado como un concurso reality. Es básicamente Operación Triunfo con violencia y sangre. No solamente importa quién sobrevivirá al juego, sino quiénes son los buenos o los malos entre los participantes, y cuánto de justicia o injusticia habrá en el desenlace final de cada uno de ellos. Y eso es una jugada muy astuta.

El primer episodio, y hasta cierto punto el segundo, engañan porque sí se parecen a otros dramas coreanos. El protagonista es un tipo divorciado, irresponsable y sin dinero que vive con su madre y que, aunque tiene una hija, es un padre desastroso. Vemos también las miserias del sistema coreano, como lo costoso de la atención médica, etc. Es decir, tenemos un protagonista muy bien definido, además de una muy detallada descripción de su entorno social. Pero después la serie cambia. Eso sí, como ya es costumbre en las grandes producciones surcoreanas, los actores y actrices no solamente tienen carisma sino que venden perfectamente bien a sus personajes. El protagonista está fantásticamente encarnado por Lee Jung-jae, y el resto del reparto no desentona; me ha gustado en especial el trabajo de Kim Joo-ryoung, que encarna de manera hilarante a una locatis barriobajera. Hasta HoYeon Jung, una muy guapa modelo que al principio no parece interpretar mucho —tampoco es que su hermético personaje lo requiera—, termina sorprendiendo conforme avanza la trama. Aunque los personajes son bastante estereotipados, también son defendidos de manera muy hábil por sus correspondientes intérpretes.

Todo esto se aplica exclusivamente al reparto surcoreano. Cabe mencionar que hay unas secuencias, pocas por suerte, donde aparecen actores anglosajones que producen auténtica vergüenza ajena. A ver, yo pronuncio el inglés como Pepe Isbert en Bienvenido Mr. Marshall, pero entiendo lo suficiente como para saber cuándo alguien está actuando como si lo hubiesen contratado para el teatrillo del club de libros del barrio. Supongo que en Corea no es fácil encontrar buenos actores occidentales, o que a los productores les haya dado igual porque esos actores tan malos responden al estereotipo, no del todo impopular en Corea, de anglosajón arrogante y sin cerebro. Pero vamos, la chocante diferencia de nivel entre los actores que hablan coreano y los actores que hablan inglés es, literalmente, la diferencia entre una superproducción y un cortometraje hecho por amigotes. Además, parece que esas escenas las haya escrito alguien con un dominio del inglés semejante al mío, ¡y eso es un problema!

Así pues, los personajes (salvo los occidentales) están encarnados con presencia y saber hacer. Lo malo es que las relaciones entre estos personajes parecen seguir con ortopédica obediencia las necesidades del desarrollo argumental, lo cual provoca que sus decisiones lleguen a parecer inexplicables. Este defecto se va incrementando conforme se avanza en la trama, y definitivamente se sale de madre en el último episodio. Que no voy a comentar más por no hacer spoiler, pero estén preparados/as para llegar al desenlace y soltar un «¡venga ya!». En mi caso, las relaciones entre personajes me han dejado frío porque casi nunca he conseguido verlos relacionándose de manera «autónoma». Ya sé que esto es ficción, pero aun así debería producirse la ilusión de que los personajes toman decisiones por sí mismos, sin que se hagan patentes las necesidades del argumento.

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Con esto llegamos a un punto clave: qué tipo de espectador/a debe ser usted para que esta serie le guste. Si suele usted discutir en su entorno sobre cine o series, o si visita a menudo páginas de comentarios de internautas, quizá haya deducido que existen básicamente dos clases de espectadores. Aunque hablo de tendencias, claro, porque todos podemos ser un tipo de espectador u otro dependiendo del momento. Pero eso no implica que la tendencia no exista. Unos espectadores prefieren sumergirse de lleno en la ficción, por lo que reaccionan de manera más emocional y dependiendo de lo que les sucede a los personajes. Incluso juzgan la calidad del producto en función de cómo les ha hecho sentir, y suelen citar como peor defecto el que les haya aburrido. Otros se fijan más en la consistencia del argumento o en los valores artísticos, y suelen citar como peor defecto el que existan errores lógicos o poca inspiración artística. Esta diferencia entre dos tendencias pudo verse claramente con Juego de tronos. Estaban quienes vieron el declive de la serie en la séptima y octava temporadas porque lo que sucedía en la ficción ya no les hacía sentir igual. Y estaban quienes vieron el declive ya en la quinta temporada porque, sencillamente, la calidad de la escritura había caído en picado.

El juego del calamar funciona más con el primer tipo de espectador. Esto no es un comentario sobre la capacidad de cada cual para ver la lógica de las cosas. Es un comentario sobre lo que cada espectador desea obtener de un producto audiovisual. Hay espectadores de Operación Triunfo y otros reality shows que saben, o como mínimo sospechan, que en esos programas está todo preparado y calculado, y aun así les da igual. Su objetivo como espectadores consiste en entretenerse sintiendo emociones derivadas de lo que les sucede a los protagonistas, para lo cual cierran los ojos si hace falta. A todos nos pasa un poco eso, todos tenemos esa necesidad de lo que llaman «suspensión de la incredulidad», de perdonarle a la ficción que sea ficción. Pero también es cierto que unos tienen esa necesidad más marcada que otrosPues bien, El juego del calamar requiere mucha suspensión de la incredulidad. Pero mucha. Lo que deduzco que hace bien es recompensar la inmersión emocional de quienes consigan meterse de lleno en el argumento. Quienes no lo consigan, verán una serie que indudablemente es entretenida, pero también está indudablemente repleta de costuras argumentales mal cosidas. Además, salvo en algunos giros (al menos uno en concreto que admito no vi venir ni de lejos), casi todo es previsible. Y, como decía, no hay grandes conceptos detrás de la acción. No es una serie que haga pensar. Es más, cada vez que el guion intenta ponerse filosófico de manera explícita el resultado puede ser sonrojante («Los ricos se aburren, así que son tan desgraciados como los pobres»: ¡Vaaaaaya por Dios!) , pero la serie no abusa de ello porque sabe que las grandes ideas no pintan nada aquí.

Para comparar, tomemos por ejemplo la película The Belko Experiment. Trataba un asunto similar: los empleados de una empresa se ven envueltos en un «juego» en el que deben matar a treinta compañeros para que no terminen muriendo sesenta al azar. Aquella película apenas definía a los personajes, pero sobre el papel no hacía falta. Estaba engañosamente planteada como una película de ideas, como una oportunidad para realizar ciertos comentarios sociales. Sin embargo, en The Belko Experiment todo el posible trasfondo social fue desperdiciado en pos de un festival de violencia donde los brotes de las ideas nunca llegaban a germinar. Como resultado, terminó siendo una película violenta más, sin personalidad propia. El juego del calamar no ha repetido ese error; es verdad que las grandes ideas no existen, o han sido usadas como superficial aderezo de la ensalada de sangre y ocasionales vísceras. Pero la falta de trasfondo ha sido compensada yendo a por todas con las mencionadas relaciones entre los personajes, buscando momentos de sentimentalismo exacerbado y facilón, pero no por ello menos efectivo (sobre todo porque está bien interpretado).

Así pues, como Operación Triunfo sangrienta es impecable. Si es eso lo que usted está buscando, no se aburrirá ni un minuto. Como serie en su conjunto, tiene cosas buenas: el nivel de la producción, una dirección muy eficaz, un gran plantel de actores, quitando a los cuatro americanos sacados de algún curso de inglés. Pero sepa que si usted busca un drama realmente bien construido, no lo encontrará aquí, pese al espejismo del primer par de episodios. No se engañe: esto es comida rápida. Que a veces viene bien, tampoco lo vamos a negar.

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#PA. JotDown.

17 de octubre de 2021.

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