¿Qué podemos hacer con el violento?

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Por Nadia Gibaja

–Abogada, Fundación Raúl Roque–

Nuestra sociedad ha articulado diferentes mecanismos para la asistencia de víctimas de violencia. Existen muchas instituciones y programas abocados a ello. Sin embargo, muy poco se hace por abordar el otro lado del problema, que es la persona que ejerce la violencia.

El psicólogo estadounidense Marshall B. Rosenberg, creador del proceso de mediación conocido como Comunicación no violenta, sostiene que “la violencia es la expresión trágica de necesidades no satisfechas. Es la manifestación de la impotencia y/o de la desesperación de alguien que se encuentra tan desprotegido que piensa que sus palabras no bastan para hacerse entender. Entonces ataca, grita, agrede…”.

Encontramos violencia en todas las épocas, en todos los lugares del planeta y en cualquier estrato social. Como fenómeno social y también como conducta individual, es objeto de estudio multidisciplinario, ya que diferentes ciencias se abocan a ello. Las causas y consecuencias de la violencia como manifestación tienen raíz en múltiples factores, que van desde lo sociológico, psicológico, biológico, etcétera.

Debido a ello, la pregunta que debemos hacernos para mejor comprensión de por qué es necesario que el tratamiento de la violencia no se circunscriba a dar “soluciones” o asistir a las víctimas únicamente es: ¿nacemos violentos o aprendemos a serlo?

Según diferentes autores (Richard E. Trembelay, Daniel S. Nagin, Albert Bandura, C. Lidell, L. Fray) la violencia es una conducta aprendida. Siendo esto así lo que cabe preguntarnos consiguientemente es: ¿Se puede corregir esta conducta?

Mario Payarola, psicólogo especializado en violencia familiar y fundador de la Red de Estudios de Masculinidades (RETEM), afirmó –en una entrevista realizada por el cronista Salvador Marinaro y la doctora Claudia Hasanbegovic para la Revista Anfibia– que según estudios existe entre siete y diez por ciento de violentos que se consideran patológicos, son aquellos que no se arrepienten de ejercer violencia. No obstante el porcentaje restante, a los llamados “violentos cíclicos” –quienes si pueden reconocer la violencia– son recuperables. En palabras del propio Payarola: “aquellos que hacen largos procesos logran salir. ¿Y sabés por qué? (…) Porque el hombre que ejerce la violencia tampoco es feliz…”.

Ayudar al violento a superar este tipo de conducta es no solo una forma de reivindicarnos como sociedad. Una sociedad que dejó que el violento fuese violentado primero para convertirse en victimario después, sino que es necesario porque tanto las víctimas de violencia como el ejecutor de la misma, en muchos casos, se encuentran ante la muy difícil situación de lidiar con sentimientos encontrados que no pueden conciliar fácilmente.

La persona violenta generalmente arremete contra sus seres queridos, los más cercanos, los más íntimos, hijxs, pareja, progenitorxs, hermanxs.

Es necesario que la violencia sea superada, no solo cortando la situación de violencia, sino arrancando la misma de raíz, para que la persona violenta pueda revincularse con su entorno y a su vez no replique dicho comportamiento a futuro con nuevas personas que lleguen a su vida.

Existen espacios aislados que resultan insuficientes donde el violento encuentra la posibilidad de reencauzar su comportamiento, más queda aún mucho trabajo por hacer. Si el Estado verdaderamente busca subsanar la violencia estructural que atraviesa nuestra sociedad no puede desconocer y desatender el aspecto que es objeto de análisis en esta nota.    ♣♣♣

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