Todo nos iría mejor si hablásemos élfico

Por Beatriz Díaz Romero

Aprender una lengua nueva esconde un placer extraño. Quienes han tenido la suerte de estudiar no solo uno, sino varios idiomas hasta dominarlos, entienden la íntima satisfacción que se siente cuando un símbolo totalmente extraño cobra sentido y descubrimos el significado tras el significante. O, dicho de otra forma, la realidad tras el signo. Pero no existe solo placer en descifrar símbolos como si fuésemos Champollion con la piedra Rosetta. Conseguir formar una frase completa, o incluso escribir un párrafo, supone una hazaña de la que enorgullecerse. Significa que hemos conseguido comunicar, que nos estamos haciendo entender.

Comunicación y lenguaje no son exclusivos del ser humano, pero sí somos los únicos que hacemos una ciencia de ello y que hemos alcanzado un nivel tan alto de complejidad al hablar, al pensar y al transmitir. De hecho, el pensamiento complejo existe solo si hay un lenguaje que pueda articularlo. Así, la lengua para el ser humano deja de ser una necesidad y se convierte en vehículo para el arte y la cultura. Hasta los niños muestran esta incipiente necesidad de usar el lenguaje de manera creativa, inventando lenguas y códigos secretos. 

Pocas personas han amado tanto las lenguas como J. R. R. Tolkien, que además de ser padre de todo el legendarium que ha arrastrado a tantos fanáticos a los valles y montañas de la Tierra Media, fue un apasionado lingüista. Catedrático en Oxford, dio clases de anglosajón y de lengua y literatura inglesa, y perteneció al grupo literario de los Inklings, defensores de la narrativa de ficción y entre quienes se encontraba su querido amigo C. S. Lewis. Para Tolkien la vida se revolvía en torno a las palabras, y su inquietud natural lo llevó a estudiar un largo listado de idiomas, entre los que se encontraban el latín, griego, inglés antiguo y medio, francés, alemán, español, galés, finés y distintas lenguas germánicas antiguas. 

Pero una mente inquieta no se quedaba solo en el estudio y disección de hablas perdidas. Como confesó en el ensayo A Secret Vice (1931) Tolkien tenía un hobby particular: inventar idiomas. El texto, que originalmente fue una conferencia que dio en un congreso esperantista, toca una serie de ideas fundamentales para comprender la Tierra Media tal y como hoy la conocemos, como la imaginamos y se nos ha dado en sus (muy numerosas) adaptaciones. Y es que no existiría el universo Tolkien sin las lenguas que, desde joven, fue inventando y perfeccionando. 

J. R. R. Tolkien. (DP) Élfico.

En este peculiar ensayo, que tiene casi el tono de una confesión vergonzosa, insiste en la idea de la creación de la lengua como un acto artístico. «Crear» como resultado de una pulsión interior, el deseo de expresar ideas con un vocabulario y gramática inventados, sí, pero también bellos, más que los idiomas naturales que tienen una evolución orgánica e impredecible. Tolkien llega a llamarlo algo así como «fonoestética» o «adecuación fonética» (phonetic fitness), o, en román paladino, que el sonido se adecúe al significado y dé como resultado un lenguaje agradable al oído. Musicalidad y poesía antes que funcionalidad. Lo comparaba precisamente con el placer de estudiar una lengua, de encontrar, o, mejor dicho, de confeccionar la conexión entre sonido y concepto. 

Fabricar (y decimos fabricar, porque no deja de haber un componente artesanal en esto de inventar una lengua) no uno sino varios idiomas, con sus alfabetos y sistemas fonológicos propios, hubiese quedado como un simple acto de destreza intelectual, pero no hubiese tenido más desarrollo. Nada más nacer ya se hubiesen convertido en lenguas muertas, y es un drama matar al retoño justo después de venir al mundo. Apareció entonces la necesidad de crear voces en las que vivieran estos códigos lingüísticos, y fue así como, poco a poco, fue tomando forma toda la mitología que se materializó en El Silmarilion, El hobbit El Señor de los Anillos. En otras palabras, empezó la casa por el tejado, y terminó construyendo un auténtico palacio, con escaleras, recovecos, balcones y jardines. 

El mismo Tolkien reconoce, en aquel ensayo y en algunas cartas, que la aparición de ese universo fantástico y épico, tan rico en culturas e historia, no hubiese nacido sin sus lenguas: fue el efecto colateral de un pasatiempo inocente. Nos revela así una verdad sobre nuestra propia naturaleza, y es que la cultura y los mitos de un pueblo van de la mano de su lengua. «The making of a language and mythology are related functions», llega a decir. Y es que una cultura, o mejor dicho, las manifestaciones culturales, terminan inevitablemente pasando por el filtro del lenguaje.

Pero el profesor Tolkien cuenta todo esto más de diez años después de haber empezado a trastear con las bases de una lengua inventada. ¿Dónde están esos orígenes? Por deformación profesional, Tolkien empleó la técnica que se usa en filología comparativa para estudiar la evolución de las lenguas, tomando un protolenguaje y desarrollando las demás lenguas hijas como ocurre en la realidad. Y las primeras en originarse fueron las más bellas, las que luego asignó a las criaturas más sabias de su mundo: los elfos.

La primera que Tolkien confeccionó fue el quenya, que para los entendidos es la lengua de los Altos Elfos. Para el resto, los que quizás no llegaron al grado de fanatismo de intentar aprender a hablar élfico (para luego darse cuenta de que no era tan fácil), el quenya es la lengua de Galadriel, que vimos recitar a Cate Blachett en la adaptación de Peter Jackson de 2001. Muchos de los nombres de lugares y personajes proceden de esta lengua, y cuando Gandalf lanzaba algún hechizo estos también estaban en quenya. Hay muchas lenguas élficas, pero en concreto esta variante fue la que más desarrolló Tolkien, la que más revisiones sufrió y la que probablemente llegó a un mayor grado de refinamiento. En su mitología era una lengua culta, antigua, una especie de latín de los elfos. No nació de la nada, sino que tiene muchas similitudes con el propio latín, el griego y el finés, lengua que fascinó a Tolkien y en la que encontró una belleza particular. Y es que este fue, digamos, el objetivo que perseguía cuando, allá por 1910, empezó a sentar los cimientos de un primer idioma inventado: debía ser estético, acústicamente placentero. Su hijo Christopher llegó a mencionar en una ocasión que fue para su padre «la lengua tal y como él la quiso, la lengua de su corazón».

El quenya fue una lengua destinada a la belleza y, como tal, Tolkien no dudó en usarlo para la poesía y la música de su mundo, para el deleite del oído. Una de las piedras angulares del quenya es el poema de Namárië, el texto más largo en élfico que existe en El Señor de los Anillos. También se lo conoce como «El lamento de Galadriel», y además de tener un significado desgarrador es precisamente lo que buscaba su autor: la belleza en la pronunciación, la métrica y la prosodia, pero bajo sus propias reglas.

***

Ai! Laurie lantar lassi súrinen

inyalemíne rámar aldaron

(¡Ah! ¡Como el oro caen las hojas en el viento,

e innumerables como las alas de los árboles son los años!)

***

Pero hubo más, muchos más idiomas, dialectos y evoluciones. La riqueza lingüística con la que dotó a su universo no hizo más que darle vida, hacerlo más complejo y cambiante. Cada raza tenía sus idiomas propios, que como en un sistema de vasos comunicantes estaban conectados y se influían de forma orgánica. Otra lengua élfica, que tiene un origen común al quenya, es el sindarin. Esta, al igual que la otra, llegó a desarrollarla lo suficiente como para escribir textos largos. Los hombres («mortales, condenados a morir») hablaban varias lenguas, pero la dominante era el oestron o lengua común, que había recibido influencias del élfico y que también compartían con los hobbits. Los enanos hablaban khuzdul, que se parece en estructura y fonemas a las lenguas semíticas, y en concreto al hebreo. Por supuesto cada una de estas lenguas tenía su propio sistema de escritura, bien totalmente inventados (las filigranas y pampanitos que adornaban el Anillo Único eran tengwar, común a varias lenguas élficas) o basados en el alfabeto rúnico de las primitivas lenguas germánicas y escandinavas. 

Cada pueblo de la Tierra Media tenía una historia, una cultura, unas costumbres y sentir que iba de la mano de su lenguaje, y por eso Tolkien puso tanto cuidado en el desarrollo de los idiomas de su universo. Si esta saga de libros de fantasía ha llegado a encumbrarse como clásico de la literatura («¡Cómo no vas a haber leído El Señor de los Anillos!») no ha sido únicamente por el relato de cómo un hobbit hizo un viaje a la otra punta del mundo a derrotar al mal personificado. Tolkien creó una realidad que estaba viva, que crecía con vida propia, y esto es causa y consecuencia de la forma orgánica en la que se desarrollaron sus lenguas. La configuración de este mastodonte, tan profundamente humano, fue la obra de toda una vida. Y si podemos quedarnos con alguna certeza, es que Tolkien, si hubiese podido, habría hablado exclusivamente en élfico.♣♣♣

#PA. JotDown.

21 de agosto de 2022.

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