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Las fronteras de la cultura nacional en “Doña Bárbara” de Rómulo Gallegos

Por Penélope Canónico


La clásica novela venezolana narra la vuelta a la patria, donde confluyen lo autóctono, el mestizaje, el par civilización/barbarie y las nuevas estructuras sociales.

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Novela nacional de Venezuela que narra la nostálgica vuelta a la patria original. El drama de la tierra donde lo autóctono se entreteje como un modo discursivo generado por una compleja figura retórica. En la obra de Rómulo Gallegos, el mestizaje se presenta como índice de la identidad latinoamericana. Parodiando la tesis que encabeza el Facundo de Sarmiento, escenifica la oposición civilización/barbarie para manipular los conceptos narrativamente hacia el diseño de otro esquema: supone el paso de la defensa narrativa del proyecto liberal civilizatorio del prócer argentino a la de un mestizaje populista de corte martiniano.

La obra literaria narra el regreso de Santos Luzardo a una hacienda en los llanos venezolanos y su encuentro con Doña Bárbara, patrona del lugar. Representa el conflicto entre la civilización y la barbarie. El progreso está personificado en Santos Luzardo y el atraso, impuesto por el determinismo del medio geográfico, en el resto de los personajes, especialmente en Doña Bárbara. Su hija, Marisela. simboliza definitivamente la evolución, un cambio de lo salvaje y primitivo al progreso

Fragmentos de un pasado inmemorial.  Gallegos rescata de Martí la construcción de un nacionalismo ante el peligro de invasión, la vuelta a la patria del mestizo autóctono, la unidad solidaria del pueblo gobernante ante la violencia social y la idea del gobernante caritativo y populista. El cambio de paradigma de Sarmiento a Martí se materializa en la representación de un imperialismo peligroso y en la llegada de Marisela como fruto de un proyecto civilizador.

Alegoría moralizadora. La historia se sitúa en el Llano, donde es posible la utopía de la refundación de la patria, porque allí es donde se organizaban los ejércitos que amenazaban a la civilización y los caudillos locales dominaban espacios enormes y vacíos.

Determinismo geográfico. Si bien la primera parte de la novela define a Santos como el gran civilizador al estilo Sarmiento, cuyo plan supone poblar y luchar para civilizar; la segunda, desarrolla el deseo de integración a un costado del mundo bárbaro tras reconocer que en él se desempeñan los valores y saberes del otro. Es que el proyecto civilizador debe transculturarse, someterse al tamiz de la naturaleza del espacio y se su gente.

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Espejo de dualidades e inversiones

La novela construye situaciones paralelas que establecen la identidad de opuestos, dualidades e inversiones que contribuyen a fijar las bases de una futura cultura. Implican la ruptura del ciclo fatal de la violencia. Por un lado, construye la fusión de los opuestos, la mestización de civilización y barbarie, y por el otro, la vuelta en el presente de la modernización: “Las cosas vuelven al lugar de donde salieron”. La vuelta al río significa la posibilidad de retornar al cauce y rehacer la historia.

La presentación de la doble violación que Doña Bárbara lleva en su cuerpo invita a comprenderla como el resultado de una historia. Su camino y el de Santos trazan la imagen de espejos unidos por la inversión, son identidades desviadas de su cauce (él un despatriado europeísta y ella un marimacho). El aprendizaje de Bárbara fue inducido por la barbarie de los hombres, mientras el de Santos por la protección materna. El texto los cruza para restaurar las partes perdidas de sus identidades sexuales y culturales.

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Civilización y barbarie. La devoradora de hombres

Doña Bárbara, identificada como un producto de la propia tierra, es hija de una obediente india y de un aventurero blanco, que empezó a tiranizar a los hombres tras haber sido brutalmente violada por una pandilla en su adolescencia. Como resultado de un pasado traumático, concibe el odio por los hombres y la necesidad de vengarse de todo aquel que se cruce por su camino.

Representa la barbaridad del Llano. Arbitraria, violenta, astuta y caprichosa. Sus contradicciones responden a su herencia mestiza y reflejan el comportamiento salvaje de su ambiente. Como la tierra, creadora y destructora, es también la devoradora de hombres. En su espíritu confluyen el bien y el mal.

Último heredero de una familia de terratenientes cuyos orígenes se retrotraen a la conquista española, Santos Luzardo representa a un joven universitario, descendiente de una antigua familia llanera, dueña del hato de Altamira, fundado por don Evaristo Luzardo, uno de aquellos llaneros nómadas que recorrían con sus rebaños, las inmensas praderas del cajón del Cunaviche. Aunque no tiene un verdadero derecho genealógico, la ficción legal le otorga uno generativo.

El final del drama se perfila a la vista de Marisela y Lu­zardo abrazados. “Puesto el ojo en la mira que apuntaba el corazón de la mu­chacha embelesada, doña Bárbara se había visto, de pronto, a sí misma, bañada en el resplandor de una hoguera que ardía en una playa desierta y salvaje, pendiente de las palabras de Asdrúbal, y el doloroso recuerdo le amansó la fiereza”.

El cierre textual confluye con una Doña Bárbara sometida a una ceremonia de expulsión, fuera de las nuevas estructuras sociales.  Como figuras retóricas, el viaje y el río vinculan el curso de la historia con un proceso irrepetible y en continuo movimiento. ♣♣♣

#PA.