Juanjo, el carapintada que quiere ser presidente

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Por Fernando Oz

El lunes 11 de marzo Juan José Gómez Centurión renunció a la vicepresidencia del Banco Nación y se alejó del gobierno de Mauricio Macri. Antes había renunciado, en medio de un escándalo, a la Dirección Nacional de Aduanas. Ahora la nueva misión del oficial de Ejército del arma de Infantería, retirado con el grado de mayor, y condecorado por su destacada participación en la guerra de Malvinas, es ir por la Presidencia. Para competir en las elecciones de octubre creo un frente político integrado por partidos provinciales y nacionales denominado NOS, una suerte de derecha republicana.

–¿Está molesto con el gobierno del PRO y de Cambiemos?– le preguntó al militar retirado la periodista Mariel Fitz Patrick durante una entrevista para el sitio Infobae. 

–No, para nada. Estoy molesto con Argentina y las política Argentina, no específicamente con ninguna persona en particular– contestó Gómez Centurión.

NOS, según explicó el exfuncionario, “es la primera palabra del Preámbulo que abre la Constitución de 1853 y que constituye la palabra angular. En un sistema de caos y desorden de la Argentina, la idea es que se transforme en un sistema organizado”.

El veterano de Malvinas cree que debe haber un servicio militar para incorporar a los jóvenes que reciban planes sociales, que se debe achicar el Estado para hacerlo más eficaz, planea un mayor orden institucional, y tiene una clara postura en contra de la despenalización del embarazo no deseado.

¿Quién es Gómez Centurión? ¿Será un Jair Bolsonaro a la criolla? Acá te contamos un poco de su historia. 

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“Es un tipo inquebrantable, con él no van a poder joder. Tiene sangre para poder estar en ese lugar”, sentenció el presidente electo Mauricio Macri cuando decidió que Juan José Gómez Centurión era la persona indicada para estar al frente de la Dirección Nacional de Aduanas. Marcos Peña, el jefe de Gabinete, celebró la idea y le hizo una sola pregunta al Presidente: “¿Lo vamos a dejar trabajar con las manos libres?”. Macri se quedó en silencio y pensó unos minutos antes de contestar. “Vamos a ver hasta dónde es capaz de ir”, respondió. Gustavo Arribas, el nuevo director de la Agencia Federal de Inteligencia (AFI, ex SIDE), pareció entender la pregunta que hizo Peña y dijo que desde la AFI le iban a prestar todo el apoyo que necesite. Peña sabía que Gómez Centurión tenía más de un enemigo dentro de las filas del PRO y que podía ser capaz de ir más lejos de lo políticamente correcto.

Cuando Macri ganó el balotaje del 22 de noviembre 2015 con el 51,34% de los votos positivos frente al 48,66% de Daniel Scioli, en el entorno de Gómez Centurión festejaron y daban por hecho de que sería nombrado como ministro de Defensa. A él también le hubiese gustado esa designación, aunque en el fondo sabía que los aliados del radicalismo, que integran el frente Cambiemos, querían ocupar aquella cartera. La reputación de Gómez Centurión en las Fuerzas Armadas era enorme, sobre todo en los cuadros subalternos que lo veían como un héroe.

Nació el 16 de mayo de 1958 e ingresó del Colegio Militar de la Nación en marzo de 1976, semanas antes del golpe de Estado que encabezó el dictador Jorge Rafael Videla. Se recibió como subteniente del arma de Infantería y durante la guerra de Malvinas, en 1982, fue parte del regimiento de Infantería 25, que comandaba el teniente coronel Mohamed Alí Seineldín. Participó en la batalla de Pradera del Ganso, considerado uno de los combates más terribles del conflicto, donde su sección se enfrentó contra un batallón de paracaidistas ingleses a las órdenes del teniente coronel Herbert Jones.

Todos los relatos sobre la batalla que libró el subteniente Gómez Centurión junto a sus hombres cuentan más o menos lo mismo. Avanzó bajo el fuego de la artillería inglesa para asegurar un puesto de altura y contrarrestar el avance de los paracaidistas, con quienes se enfrentó durante unos 30 minutos.

–Mi subteniente, los ingleses suspendieron el fuego– gritó el sargento Sergio Ismael García, encargado de la sección. Los paracaidistas que se encontraban en la posición adelantada agitaron los fusiles en señal de parlamento.

–Alto el fuego– ordenó Gómez Centurión. La voz de mando corrió hasta que no se sintió otro disparo más que las detonaciones que llegaban desde otros frentes.

–García, esté atento, me voy a adelantar; si me pasa algo ordene que abran fuego– ordenó el subteniente antes de avanzar para tomar contacto con el oficial ingles que caminaba  hacia su frente.

–¿Do you speak english?– preguntó el inglés. Se trataba del teniente coronel Jones.

–Yes– contestó el joven subteniente.

Jones le dijo que se rindan, que entreguen las armas, y si lo hacían les garantizaría que iban a salir vivos y tener un buen trato.

–Yo creí que usted venía a rendirse– le respondió Gómez Centurión y lo invitó a retirarse, advirtiéndole que en dos minutos reanudaría el fuego.

El veterano teniente coronel había aprovechado aquel breve diálogo para que los hombres a su mando se reagrupen. El joven subteniente volvió a su posición y, tal como lo había adelantado, reanudo el fuego. La sección de Gómez Centurión combatió hasta donde pudo y luego se replegaron.

Un cabo de apellido Fernández, que integraba el pelotón que cubrió el repliegue de lo que quedaba de la sección, cae herido. Era imposible retirarlo en ese momento, Gómez Centurión se le acerca, lo tapa con una capa poncho y le promete que volverá a buscarlo. Horas más tarde, cubiertos por la noche, el subteniente y sus hombres se infiltraron tras las líneas del enemigo y rescataron a Fernández que se encontraba en un pésimo estado y al borde de la muerte.

Los médicos hicieron lo suyo y el cabo Fernández sobrevivió. El teniente coronel Herbert Jones murió en aquella batalla, algunos dicen que fue Gómez Centurión quien lo buscó entre la turba para matarlo, otros que simplemente lo hirió, y también hay quienes aseguran que fueron dos soldados de otra sección quienes lo mataron cuando, aquel mismo día, el jefe de los paracaidistas ingleses intentó tomar otra posición. “Qué importa quién lo mató, pudo haber sido cualquiera. Lo importante es que todos los hombres del Regimiento de Infantería 25 que combatimos en Malvinas hicimos todo lo posible para ganar esa guerra”, contesta Gómez Centurión cada vez que alguien le pregunta si fue él quien mató al oficial inglés.

Como en toda guerra, Malvinas estuvo llena de actos heroicos y de miserias. A Gómez Centurión le tocó estar parado sobre el dorado mosaico de lo heroico. Cuando regresó de la guerra con el amargo sabor de la derrota y con una mochila de imborrables malos recuerdos, el subteniente recibió la Cruz al Heroico Valor en Combate y cuando se reestableció la democracia también lo condecoró el Congreso de la Nación. Con el tiempo, Gómez Centurión se convirtió en una leyenda dentro del Ejército, sobre todo entre los cuadros más modernos. No había cadete del Colegio Militar o de alguno de los liceos militares que no lo tuviese entre sus referentes. No había ningún subteniente recién recibido, especialmente los del arma de infantería, que no quisiera estar bajo las ordenes de Gómez Centurión. En el celoso y competitivo ámbito del Ejército, todos los que murieron en Malvinas eran héroes de guerra, no importaba si habían fallecido por una bala inglesa, por no saber manejar un fusil debido a la poca instrucción, o por un accidente. En cambio, entre los militares que regresaron con vida pocos eran los que podían portar la chapa de héroe, y Gómez Centurión es uno de ellos.

A comienzos de 1987, la Ley de Punto Final, que buscaba poner un plazo para la persecución de los crímenes de la dictadura, avanzó con una ola de medidas judiciales para encarcelar a los militares de rangos bajos y medios. En abril de ese año, Gómez Centurión participó del alzamiento de Semana Santa, donde un grupo de militares denominados como carapintadastomaron diferentes cuarteles en reclamo de la finalización de los procesos judiciales que se estaban realizando durante el gobierno de Raúl Alfonsín contra quienes habían participado activamente en la represión. También realizaron diferentes reclamos en disconformidad con la cúpula militar de aquel momento. El teniente coronel Aldo Rico, fue uno de los líderes del levantamiento.

Más allá de la edad y el grado militar, Rico y Gómez Centurión tenían varios puntos en común, ambos habían combatido en Malvinas, eran del arma de Infantería y tenían la especialidad de Comandos, una tropa de élite dentro de las fuerza armadas. En aquel momento, Rico se encontraba como jefe del Regimiento de Infantería de San Javier (con asiento en Misiones) y se trasladó hasta la guarnición militar de Campo de Mayo para montar su puesto de mando en la Escuela de Infantería. Justamente allí se encontraba destinado Gómez Centurión y fue uno de los primeros en pintarse la cara con betún de combate y sumarse al alzamiento. Todos los partidos políticos condenaron la actitud de los sublevados y cientos de personas se movilizaron a Campo de Mayo para impedir que avanzara lo que parecía ser una germinación de un nuevo golpe de Estado. Alfonsín, que contaba con el respaldo de la mayoría de las Fuerzas Armadas, también acudió a Campo de Mayo para dialogar con los carapintadas. Horas más tardes, durante el domingo de Pascuas, Alfonsín salió a saludar a una multitud de personas que se conglomeraron en Plaza de Mayo: “Felices pascuas, la casa está en orden”, dijo el mandatario. La rebelión se terminó porque hubo moneda de cambio: Meses más tarde, el Gobierno promulgó la Ley de Obediencia Debida, que de alguna manera dejaba fuera de los juicios a los militares que teniendo baja jerarquía habían participado de hechos de represión y crímenes de lesa humanidad durante la dictadura.

El 15 de enero de 1988 el Regimiento de Infantería de Monte 4, con asiento en la localidad correntina de Monte Caseros, se levantó en armas. Una vez más, Rico se encontraba entre los insubordinados, una vez más Gómez Centurión lo acompañó. En diciembre de ese mismo año, integrantes del grupo especial Albatros de la Prefectura Naval, después de saquear las armas de la dependencia de esa fuerza en Zárate, se trasladó a la Escuela de Infantería del Ejército en Campo de Mayo y todo parecía comenzar de nuevo. Al frente de aquel levantamiento se puso el coronel Mohamed Alí Seineldín, aquel jefe comando que había instruido a Gómez Centurión, aquel que también fue su jefe en el Regimiento de Infantería 25 cuando combatió en Malvinas, y además, en aquel momento, se encontraba destinado en la Escuela de Infantería, justamente donde se encontraba la acción, cómo perdérsela. El cuatro de diciembre, cuando ya había varias unidades del país amotinadas, desde los cuarteles de Villa Martelli los carapintadas exigieron la destitución del jefe del Ejército y que la Ley de Obediencia Debida sea extendida a todos el personal militar a excepción de los integrantes de las juntas militares. Finalmente la revuelta terminó con la detención de Seineldín que se encontraba en el Regimiento de Infantería 1 Patricios, en Palermo.

Por alguna extraña razón que pocos conocen, Gómez Centurión zafó antes de que todo termine y pudo seguir con su carrera militar. De la última revuelta de Seineldín, el 3 de diciembre de 1990, ni siquiera participó. Se encontraba cursando en la Escuela Superior de Guerra y luego fue destinado al Colegio Militar de la Nación, aunque siempre quedó vinculado al sector carapintada, allí estaban sus amigos, sus jefes, sus guías.

Después de su paso como instructor en el Colegio Militar, Gómez Centurión decía que estaba “podrido”, que se había cansado y que aquel ya no era el ejército “por el que había luchado”. Había alcanzado el grado de Mayor y sabía que en la fuerza que comandaba el teniente coronel Martín Balza, que también era veterano de Malvinas, no tenía demasiado futuro más allá del grado inmediato, y con suerte. Sus superiores ya no lo podían controlar al héroe y él estaba hecho una bomba de tiempo. Sabía que se debía ir y así lo hizo.

Sus últimos años en el ejército supo aprovecharlos, supo ser estratégico. Primero completó sus estudios como licenciado en Organización, Estrategia y Logística, luego hizo una maestría en Estrategia y Defensa Nacional, y realizó un doctorado en Ciencias Políticas que finalizó poco tiempo después de abandonar la fuerza.

Después de colgar el uniforme estuvo como director del Centro de Estudios para el Liderazgo Organizacional en la firma Levy Marketing & Asociados durante un año y un mes. En 1998 ingresó como gerente de Prevención de ilícitos bancarios en el Banco Velox, y en septiembre de 2000 se sumó a la empresa Cencosud como gerente de Prevención de Riesgos, allí empezó una meteórica carrera en el mundo corporativo. Como gerente de Prevención de Riesgos y luego de Recursos Humanos de los supermercados Jumbo se rodeó de exmilitares, hasta que llegó a la gerencia de Recursos Humanos de Cencosud. Y en julio de 2012 decidió abrir su propia consultoría.

“Yo fui parte de otro Ejército, me sentía atrapado. La tropa estaba desmotivada. Estábamos desmantelados, no teníamos ni para salir al terreno para hacer maniobras”, comentó años después durante un almuerzo lleno de políticos y empresarios. “¿Qué son maniobras?”, preguntó uno de los comensales. Gómez Centurión frunció los labios, presionó sus dentaduras, observó durante unos segundos a quien había realizado la pregunta como si estuviese examinándolo, y siguió comiendo como si hubiese dado por finalizada la conversación. Pocas cosas habían quedado de aquel subteniente, pero la postura de quien se encuentra frente a una sección de infantería que está por entrar en combate seguía intacta.

***

Durante su segunda gestión como jefe del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Mauricio Macri necesitaba poner a alguien que maneje con mano de hierro las habilitaciones e inspecciones de los comercios porteños. Se trataba de un área compleja, indomable, empañada de corrupción. Su jefe de Gabinete, Horacio Rodríguez Larreta le propuso a Gómez Centurión para ocupar la Agencia Gubernamental de Control (AGC). Cuando en noviembre de 2012 el veterano de guerra se hizo cargo del organismo, integrantes de la oposición y de entidades vinculadas a los derechos humanos hicieron cola para protestar por la nueva designación. El paso del nuevo funcionario por el movimiento carapintada había sido la principal crítica.

Los tres años y dos meses que duró su gestión estuvo llena de sospechas, acusaciones y causas judiciales. No tardó en tener problemas con los empleados del área, quienes lo señalaron por hacer “listas negras” y él los acusaba de ser “vagos y corruptos”. Repartió sumarios administrativos, denuncias, y apercibimientos de todo tipo. También cosechó enemigos dentro de la fuerza política de Macri, el PRO. Su superior inmediato en aquel momento, el ministro de Seguridad y Justicia, Guillermo Montenegro, lo comenzó a mirar con desconfianza desde que alguien le hizo llegar la versión de que el excarapintada anhelaba quedarse con su cargo.

El periodista del diario Página 12 Gustavo Veiga publicó un artículo a mediados de agosto de 2013 en el que alertó que el funcionario no atendía las advertencias de los propios verificadores de la AGC sobre las irregularidades en la supervisión de obras:

“No nos quiere escuchar”, sostiene la arquitecta Eva Lilian Rodríguez, presidenta de la Asociación de Profesionales Perito Verificadores (APPV). Entre el 21 de mayo y el 29 de julio le envió cinco correos con una nota de cinco carillas en la que, entre otras anomalías, menciona que al verificador se lo hace participar “en forma tardía, sorteado para una etapa de obra incorrecta y en muchos casos se la encuentra finalizada, y más aún, hasta habitada, aunque sabemos que ilegítimamente porque el trámite de la obra sigue en curso y requiere de nuestros informes. Este funcionamiento aporta a que no se cumpla con los debidos controles”. El texto redactado en hojas membretadas de la APPV señala más adelante que “estas verificaciones son las que podrían prevenirnos de accidentes, tal fue el caso del boliche bailable ‘Beara’, donde a través del seguimiento podría haberse verificado el uso que recibía el entrepiso, advirtiendo sobre el mal estado de la estructura y evitado las pérdidas humanas”. Ubicado en Scalabrini Ortiz 1638, el local estaba habilitado por el gobierno porteño como restaurante y bar, pero se lo utilizaba para organizar recitales. En septiembre de 2010 murieron Leticia Provedo, de 21 años, y Ariana Lizarraga, de 20, cuando se desplomó un entrepiso, donde funcionaba el VIP. Gómez Centurión no había llegado a la AGC, pero los derrumbes se siguen repitiendo durante su gestión.

El dirigente de la ONG La Alameda, Gustavo Vera, fue otro de los acérrimos detractores de la gestión de Gómez Centurión y lo denunció en varias oportunidades por los laxos controles que hacía la AGC sobre talleres clandestinos y prostíbulos. Sin embargo, el funcionario daba estadísticas de los operativos que había realizado y de las sucesivas clausuras de los bares en donde se ejercía la prostitución y en de las precarias instalaciones donde había mano de obra esclava. Tanto Macri como la entonces vicejefa de Gobierno, María Eugenia Vidal, salían a respaldarlo ante las críticas y denuncias.

Sin dudas, la peor crisis por la que pasó el militar retirado durante su gestión el frente de la AGC se produjo el 5 de febrero de 2014 cuando se incendió el gigantesco depósito de la firma Iron Mountain en el barrio porteño de Barracas, en donde murieron, mientras intentaban apagar el fuego, ocho bomberos y dos rescatistas. La Justicia determinó que el incendio fue intencional y el eje de la polémica se centró en dos hechos: primero que el foco del fuego se inició justamente en donde se encontraban los archivos del Banco HSBC, justo cuando la entidad bancaria estaba siendo investigada por lavado de dinero. Y, segundo fue la evidente falta de control por parte de la dirección que dependía de Gómez Centurión.

Los antecedentes marcaban una ruta de pistas que indicaban que no se trataba de un accidente. Antes de la tragedia de Barracas la multinacional había sufrido otros incendios. En 1997 ardieron tres depósitos de Iron Mountain en Nueva Jersey (Estados Unidos) y en 2006 se incendiaron los de Londres (Inglaterra) y Ottawa (Canadá).

Un informe realizado por peritos de la División Siniestros de la Policía Federal Argentina y especialistas del Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI), fue la clave. Según la fiscal que investiga la causa, Marcela Sánchez, titular de la Fiscalía de Instrucción N ° 37, se determinó que hubo varios focos de incendio y que se utilizó un material para dar inicio al fuego. “Los peritos concluyeron que el fuego comenzó entre los depósitos siete y ocho, aproximadamente siete metros de la línea de edificación de la calle Benito Quinquela Martín. Se encontraron rastros de artículos combustibles y se estableció el foco del fuego.

La última inspección que la AGC realizó en el depósito de la calle Azara 1245 fue en julio de 2012. En ese momento cumplía con la normativa para funcionar. Pero durante 2013 no había sido inspeccionado. Las explicaciones que dio Gómez Centurión ante la Legislatura porteña no conformaron a la oposición. No pudo decir porqué los depósitos de Iron Mountain seguían habilitados.

En la tragedia murieron los bomberos Sebastián Campos y Facundo Ambrosi, que permaneció internado diez días intentando salvar su vida, ambos del cuartel Vuelta de Rocha. También fallecieron Anahí Garnica, Leonardo Day, Eduardo Conesa, Damián Véliz, Maximiliano Martínez y Juan Matías Monticelli, pertenecientes a la Policía Federal; y los rescatistas de Defensa Civil, José Méndez y Pedro Barícola.

Rolando Monticelli, padre del bombero de la Policía Federal Juan Matías Monticelli, no sólo responsabilizó a Gómez Centurión por la muerte de su hijo sino que también lo denunció por amenazas. La denuncia fue radicada en el juzgado de Instrucción 37, a cargo del juez Omar Peralta.

Antes de la denuncia, Monticelli había tenido un rol preponderante entre los que acusaban al funcionario por lo sucedido; en todos los medios se escuchaba su voz despotricando contra el militar retirado. Algunos medios habían hecho foco en un hecho que, de alguna manera, lo unía a Gómez Centurión: ambos son veteranos de Malvinas. El funcionario de Macri, que se jacta diciendo que su especialidad es el contrataque, pasó a la acción y utilizó el mensaje privado de su cuenta de Facebook para enviarle a Monticelli una advertencia: “Seguí calumniándome pluma barata y me voy a encargar de vos. Sabés que no tengo nada que ver con esto, y en la Legislatura hablé de los putos mandos coimeros que defendés. No de los bomberos, pelotudo. Te aconsejo que no te ganes un enemigo gratis. Estoy atento a lo que decís”. El mensaje había sido enviado desde la cuenta Juanjo Malvinas, y las pericias que se hicieron confirmaron que se trató de la cuenta de Gómez Centurión.

Por aquella bravuconada se enojaron algunos funcionarios del entorno de Macri, que se encontraba en plena campaña presidencial. Cuando el secretario General del Gobierno porteño, Marcos Peña, que además era el jefe de la campaña del frente Cambiemos, le preguntó al director de la ACG si era cierto lo de la amenaza, la respuesta fue todo un símbolo: “Nada, qué le va a decir. Primero levantó y bajó los hombros como un chico, y después levantó las manos como si se estuviera rindiendo”, recordó un funcionario que estuvo presente en aquel momento. 

***

Gómez Centurión no fue muy innovador cuando en diciembre de 2015 tomó las riendas de la siempre problemática Dirección Nacional de Aduanas, hizo lo mismo que todos sus antecesores. Primero: llevó su propia tropa, en este caso a hombres que lo habían acompañado en la ACG. Segundo: removió a cada funcionario que tenía olor a la gestión anterior, claro que –al igual que los administradores anteriores– no lo pudo hacer de manera completa porque de lo contrario se quedaba sin que alguien le explique cómo funcionaban las cosas. Tercero: pidió legajos, informes, inventarios. Cuarto: pidió que se estudien cambios por aquí, por ahí, y por allí también. No importaba qué tipo de cambios, lo importante es que haya cambios. Quinto y último: dictó un listado de promesas, muchas promesas, para todos y de todos los colores y sabores.

Prometió modernizar la Aduana a través una intensiva reorganización de la administración que posibiliten controles modernos para facilitar el comercio exterior; más capacitación para los agentes y la posibilidad para que puedan hacerlo en el extranjero; la creación de nuevas áreas de control; más tecnología para todos y más escaners en todos los pasos fronterizos; una mayor interacción con otras aduanas del mundo; la unión de los aduaneros, ya sean funcionarios, agentes de carrera y auxiliares, y la tan postergada colegiatura para el Centro de Despachantes de Aduanas.

Públicamente sus objetivos eran similares al de sus antecesores, o prácticamente iguales. La lucha contra el contrabando en general, narcotráfico y la persecución sin cuartel al flagelo de la corrupción.

Pero su primera meta era la digitalización total de la Aduana. Gómez Centurión quería monitorear satelitalmente cada uno de los contenedores que ingresaban y egresaban del país, también quería tener el total control de los vehículos que los transportaban. Aquel sería su norte, su objetivo táctico, su planicie más elevada sobre el terreno para montar su centro de operaciones. Lo que el comando no sabía era que en aquella acción encontraría  su derrota.

Lo que siguió después fue una guerra de pandillas que luchaban entre contenedores, en el puerto de Buenos Aires, en el aeropuerto de Ezeiza, en los depósitos fiscales, en los tribunales de avenida de los Inmigrantes y de Comodoro Py, en cuevas de espías, en lujosos countrys, y en el corazón de la propia Dirección Nacional de Aduanas. La trifulca fue tan grande que nadie sabía desde dónde venían los golpes.

Para barrer con las “mafias que había dejado Ricardo Echegaray” en la estructura de la Aduana, Gómez Centurión utilizó a espías, informantes informales, y la fe de los agentes aduaneros conversos que entregaban con gusto los datos de lo que sabían sobre los kioscos de sus jefes. Sin embargo, pese a toda esa información, el militar retirado caminaba a ciegas.

El nuevo director de la Aduana se había vuelto una verdadera molestia. Los traslados compulsivos, sus averiguaciones por izquierda, y una serie de causas judiciales, lo colocaban en la misma posición en la que se ponen a los blancos móviles en los polígonos de tiro. Había tocado una porción del negocio de las verdaderas mafias del contrabando, en la que conviven espías oficiales y paraoficiales, agentes aduaneros, empresarios, consultorías en “inteligencia empresarial”, importantes estudios jurídicos, operadores judiciales, y diplomáticos integrantes del Poder Judicial.

La primer señal se lanzó a principios de marzo de 2016 cuando se hizo correr el rumor de la renuncia del titular de la Aduana. El 16 del mismo mes, los trascendidos aumentaron y Gómez Centurión acudió una vez más a su cuenta de Facebook: “Hoy me llamaron varios amigos preguntándome si había renunciado, había rumores en ese sentido. Está claro que alguien se encuentra muy molesto por los controles en el Puerto, la detección de droga en el Correo y en los puertos, las inspecciones de los Depósitos Fiscales y la reestructuración en marcha en el mes de marzo, los cambios, los controles. No renuncié, no renuncio…Prueben trabajando!”. Sabía que las operaciones en su contra escalarían, pero no sabía desde dónde.

Uno de los funcionarios desplazados fue el “Gato” Daniel Santanna, un funcionario de carrera de la Aduana que había ingresado en 1981 y de la mano de Ricardo Echegaray llegó al cargo de subdirector general de Operaciones Aduaneras Metropolitanas. Había sido expulsado en 2005 por el entonces titular de la AFIP Alberto Abad, por haber estado vinculado al caso de las valijas repletas de cocaína que se enviaban a España a través de la línea aérea Southern Winds. Cuando la Justicia dictó su sobreseimiento, Echegaray lo reincorporó. El “Gato”, apodo que se ganó entre sus colegas por caer siempre bien parado, volvió a quedar en el ojo de la tormenta por tener responsabilidades en los controles aduaneros del avión en el que los hermanos Juliá trasladaron 1.000 kilos de cocaína y que fueron descubiertos en el aeropuerto El Prat, en Barcelona. Gómez Centurión intentó enviarlo a tomar sol a Santiago del Estero, pero el influyente y poderoso gremio SUPARA se lo impidió y, para no generar otro frente de batalla, el comando lo envió a la seccional La Plata. Finalmente, Santanna, con su patrimonio declarado de 5,8 millones de pesos, decidió que sería más fácil asesorar cada tanto al bloque Justicialista en el Senado en cuestiones impositivas desde la Comisión de Presupuesto y Hacienda. Abad, que volvió a dirigir la AFIP con la llegada de Macri, le firmó sin chistar su pase en comisión a la Cámara alta.

La abogada Andrea Muñoz, a cargo de la fiscalización en el aeropuerto de Ezeiza, fue desplazada poco después de llegar de pasar sus vacaciones en Nueva York. Conocida de Echegaray desde hace muchos años, su padre había sido capitán de navío y tenía una larga amistad con el exjefe de la AFIP.

La lista negra del Mayor carapintada era larga. Pensaba que debía dar de baja a todos los posibles antes del 25 de mayo, antes de la fiesta patria. Creía que estaba en el Colegio Militar dando de baja a los aspirantes antes de que reciban el uniforme y se conviertan en cadetes. Pero nunca logró desplazar a todos los que quería, a todos los que sus informantes le señalaban, a todos los que el pelotón de conversos hubiese deseado.

***

La aventura de Gómez Centurión por la incontrolable Dirección General de Aduanas está detallada en el libro Historia del Contrabando en la Argentina (Editorial Aguilar) escrito por el periodista Mauro Federico y el arriba firmante. Pero la historia se encuentra exquisitamente resumida en la entrevista que el militar retirado le concedió a la colegaMariel Fitz Patrick y que fue publicada por Infobae:

La gestión de Gómez Centurión en la Aduana fue cuestionada a raíz de una denuncia del Ministerio de Seguridad de la Nación en agosto de 2016. Fue el primer funcionario nacional “separado preventivamente” por Macri, a partir de una denuncia anónima con unos audios que llegaron a la cartera de Patricia Bullrich, en los que aparecía involucrado de supuestos pedidos de sobornos para autorizar la importación de contenedores, con un estrecho colaborador suyo. Luego se determinó que los audios fueron editados. Gómez Centurión fue sobreseído en la Justicia y volvió a su puesto en la Aduana dos meses después.

– ¿Usted está dolido porque Macri lo separó de la Aduana en el 2016, después de esa denuncia que había hecho el Ministerio de Seguridad?

-No, si no, no hubiera vuelto.

– ¿Cree que se puso en duda su honestidad en ese momento?

– Cuando se hace la denuncia supongo que creían que era culpable, sin el menor análisis de esa denuncia. Pero a los tres días se comprobó que no era verdad. Los mismos elementos peritales que estaban adentro del Ministerio de Seguridad, que eran de Gendarmería y de Policía, al hacer el primer peritaje de los audios, dijeron que era un modelo de audios sin ningún tipo de continuidad, y tomado de tres o cuatro distintos.

-Se refiere a esas supuestas conversaciones que se conocieron en ese momento con Oldemar Carlos “Cuqui” Barreiro Laborda, ex dueño de Lo Jack, en las cuales se hablaban de situaciones de cobros ilegales para permitir importaciones…

-No eran conversaciones mías. Eran audios tomados de mi teléfono, de mi Whatsapp, ensamblados con conversaciones de Barreiro. Esa maquinaria para hacer este tipo de operaciones – en aquella época solamente había dos o tres- habían sido comprados por la Secretaría de Inteligencia de la Jefatura Mayor del Ejército, y habían desaparecido. Y se suponía que estaban en manos de una empresa de seguridad privada.

-¿Usted atribuye la composición de esos audios a una interna dentro del Gobierno? ¿O cómo los explica?

-No, yo denuncio la causa Paolantonio, que tenía en el orden de 4.500 contenedores, con un promedio de 180.000 dolares el contenedor. El defensor es el doctor (Maximiliano) Rusconi. ¿Usted lo conoce al doctor Rusconi?

Los hermanos Miguel y Alejandro Paolantonio fueron acusados de liderar una organización dedicada al contrabando en una causa instruida por el juez Marcelo Aguinsky. Rusconi acusó de “falso testimonio” e “irregularidades en la recolección de pruebas” a Gómez Centurión por su actuación vinculada a ese expediente.

-Esa causa que se abrió por Rusconi quedó absolutamente desestimada. Hay otra denuncia que entra al Ministerio de Seguridad un día a las 10 de la mañana con los audios, y a las 12.30 se hace la denuncia por sorteo en Comodoro Py. Dos horas y media tardó el Ministerio de Seguridad en decir “esta denuncia es válida”, contra un funcionario público de segundo nivel.

– Por eso le pregunto, ¿no cree que hubo una interna con la gente del Ministerio de Seguridad?

-No.

– ¿Cómo era su relación con Patricia Bullrich?

-Bien, profesional. Hablamos después de este episodio y la ministra me dijo que se dio cuenta de los errores que había cometido, y me pidió disculpas.

***

La batalla que libró en la Aduana el veterano de Malvinas casi le cuesta la vida. A principios de abril de 2017 Gómez Centurión ingresó al Sanatorio de la Trinidad de San Isidro con un cuadro de apendicitis, todo se complicó cuando se derivó en una peritonitis y se empeoró cuando contrajo un virus intrahospitalario. Para colmo de males, se le perforó una úlcera duodenal. Fue operado tres veces, ingresó a terapia intensiva con coma inducido y algunos creyeron que estuvo por segunda vez en su vida al borde de la muerte.

En junio su estado de salud no era el óptimo y en la gestión diaria de la Dirección General de Aduana estaba a cargo su segundo, Pedro Chapar; además el Gobierno había creado el cargo de Director Adjunto que fue ocupado por Diego Dávila. La relación entre Chapar y Dávila no era buena, y el comando que combatió en Malvinas ya estaba cansado y buscaba dejar el cargo. Meses después comenzaron a circular todo tipo de versiones sobre su inminente renuncia.

La buenas noticias llegaron en el Boletín Oficial del 14 de diciembre donde a través del decreto 1033/2017, con las firmas de Macri y del ministro de Finanzas, de aquel momento, Luis Caputo, se designó al apaleado Gómez Centurión como vicepresidente del Banco de la Nación Argentina. Su cargo en la Aduana fue ocupado por Dávila.

La Dirección General de Aduanas es un gigantesco monstruo que aún hoy parece incontrolable. Tiene una planta de unos 5.500 empleados, 67 aduanas, más los depósitos fiscales, zonas francas, los más de 700 agentes de carga, unas 450 empresas que sólo se dedican exclusivamente al transporte terrestre de cargas para el comercio exterior, más de 180 agentes marítimos, líneas aéreas, miles de despachantes de aduanas. Juan José Gómez Centurión, el comando y paracaidista que combatió en Malvinas, no pudo controlar la Aduana y mucho menos el contrabando. Aquella batalla le dejó una el recuerdo de una úlcera perforada en duodeno que casi lo mata.

Dicen en su entorno que su cargo como vicepresidente del Banco Nación lo aburría, no iba ni a las reuniones protocolares con otras entidades. A Gómez Centurión le faltaba acción, movimiento, comandar una misión imposible. Ahora cree que puede llegar a la presidencia de la Nación.  ♣♣♣

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