José Saramago, el agitador de conciencias adormecidas

El escritor, de quien se celebra el centenario de su nacimiento, se convertía en 1998 en el primer y único autor en lengua portuguesa en conseguir el Nobel de Literatura. En su discurso en Estocolmo, toda una encendida defensa de la dignidad humana, comenzaba con el recuerdo de sus orígenes humildes y a su abuelo: “El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir”.

Por Amalia González Manjavacas

El portugués José Saramago es sinónimo de compromiso con el ser humano y de coherencia, y como añadía su amigo Mario Benedetti “y de valor para mantenerlo”, un escritor que explora e interroga con inteligencia la historia de su país, la realidad social y las motivaciones más profundas y contradictorias del individuo. Su compromiso político le costó la persecución y la censura de la dictadura de Salazar hasta 1974.

Una necesidad, “como intelectual y narrador de alertar sobre las desviaciones del sistema y ponerlo en cuestión”, algo que ocurre tanto en su literatura como en su activismo público como ciudadano comprometido con su tiempo, con la defensa de los derechos de los más vulnerables. Desplegó una vigilancia crítica muy dinámica, característica de su personalidad.

Saramago no negaba su pesimismo, pues en él no era más que su antídoto contra la indiferencia ante las injusticias, tanto que su obra se convierte en constante denuncia del “mal funcionamiento del mundo” y la necesidad de cambiarlo para “estar -decía- al lado de los que sufren”.

“Los escritores viven de la infelicidad del mundo. En un mundo feliz, no sería escritor”, decía el maestro de la ironía, que aseguraba escribir para “desasosegar profundamente al lector”, empeñado como estaba en remover las conciencias adormecidas de quienes solo buscan su éxito personal y se olvidaban del resto.

Ese compromiso con el hombre y la deshumanización se advierte ya en sus primeros textos, como las novelas Tierra de pecado (1947) o Levantado del suelo (1980), donde narra el sufrimiento, la explotación y la opresión que padecen los campesinos que no tienen nada más que el trabajo de la tierra. Saramago muestra el lado más tierno y esperanzador del ser humano a través de esos campesinos vapuleados por una realidad desgarradora.

Escritor tardío 

De eso sabía mucho José Saramago (Azinhaga,1922 – Lanzarote, 2010). Nacer en el seno de una familia de campesinos en una aldea al norte de Lisboa, influyó de manera decisiva en el pensamiento del escritor, que pese a ser un buen estudiante no pudo acabar el bachillerato por los escasos recursos económicos de sus padres que lo matricularon en una formación profesional para que aprendiera un oficio. Aun así, no dejó nunca de leer en la biblioteca nocturna.

José de Sousa (Saramago era el apodo de su familia y que añadió espontáneamente el empleado del registro civil detrás de su apellido y que hacía referencia a una planta muy popular entre los pobres) trabajó como mecánico, cerrajero, funcionario, traductor y periodista hasta que ya en los años sesenta pudo vivir exclusivamente de la literatura. El reconocimiento no le llegó hasta cumplidos los 60 años en 1982, cuando publicó Memorial del convento.

Sus novelas más reconocidas vieron la luz en los noventa: El Evangelio según Jesucristo (1991), cuya polémica lo empujó a abandonar su país, y Ensayo sobre la ceguera (1992), en la que una misteriosa pandemia, la ceguera blanca, una ceguera extremadamente contagiosa que pese a los esfuerzos del Estado por frenarla, esta extraña enfermedad adquiere unas dimensiones de auténtico drama humano, toda una metáfora y crítica hacia la sociedad que aún en la desgracia más absoluta sigue enferma de egoísmo y corrupta.

El escritor mexicano Carlos Fuentes, el portugués José Saramago, el mexicano Carlos Monsiváis, Premio Feria Internacional del Libro de Literatura (FIL), y el colombiano García Márquez (de izda a dcha), durante la inauguración de la FIL en Guadalajara (México) el 25 de noviembre de 2006. EFE/Eduardo Abad

Una obra que fue llevada al cine (Blidness), y fue primera de una trilogía sobre la identidad del individuo, que continuó con Todos los nombres (1998) donde insistía en la idea de la insignificancia del ciudadano frente al poder de un sistema cada vez más inhumano: “El nombre que tenemos cada vez importa menos, lo que importa es el número de la tarjeta de crédito y la cuenta bancaria”, trilogía que cerró con Ensayo sobre la lucidez (2004).

En La Caverna (2000) Saramago critica el consumismo y la superficialidad de la ajetreada vida moderna. El título de la novela, escrita sin signos de interrogación ni de exclamación y que hace referencia al mito de la caverna de Platón, narra la historia de un viejo alfarero que contempla con tristeza como el progreso y la industria hacen cada vez más difícil la supervivencia de su honrado oficio.

En 1998 recibía el Premio Nobel de Literatura y se convertía en el primer y único escritor en lengua portuguesa en conseguirlo. Su discurso fue una encendida defensa de la dignidad del ser humano, “insultada todos los días por los poderosos de nuestro mundo”, una disertación que comenzaba con el recuerdo de su abuelo y sus orígenes humildes: “El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir”.

Donde lo estrafalario se vuelve cotidiano

Cuando en 1992 se asentó junto a su mujer, Pilar del Río, en la isla canaria de Lanzarote, coincide con la apertura internacional de Saramago sobre todo con América Latina. Argentina, Brasil, Colombia, Chile, Cuba, México, Perú y Uruguay son algunos de los países a los que viajó el autor portugués quien mantuvo una gran amistad con Mario BenedettiGabriel García Márquez y Carlos Fuentes.

Para Fuentes, Saramago “era muy exigente consigo mismo, tanto a nivel personal como a nivel profesional, por lo que sus trabajos tenían una calidad altísima ininterrumpidamente”.

Para Benedetti, “en sus insólitas ficciones, Saramago, una vez instalado en ellas, el autor las maneja con la misma naturalidad que si fueran relatos costumbristas. El lector encuentra que lo estrafalario se le vuelve cotidiano, que lo paradójico se le torna corriente, y eso es lo más perturbador, porque, entre otras cosas, ese lector se vuelve ciego con todos los ciegos y recupera la visión junto con ellos”.

El mexicano Carlos Fuentes, el portugués José Saramago y el español Juan Goytisolo (i a d) pasean por las calles de Santillana del Mar en un receso de la cita internacional de la literatura iberoamericana “Lecciones y Maestros” organizada por la Universidad Internacional Menendez Pelayo (UIMP) en Santillana del Mar (Cantabria) en junio de 2007/ EFE/Esteban Cobo.

La capacidad creativa de Saramago fue inagotable, siguió escribiendo hasta el final de sus días. Un año antes de morir, a finales de 2009, publicó Caín, una irónica reinterpretación del personaje bíblico muy alejada de la religión que, como en el caso de El Evangelio según Jesucristo, no gustó a la Iglesia. Se trataba de una novela muy aguda y brillante, escrita, a su manera, seguida, sin puntos y aparte ni signos.

Caín aparece andando de un sitio a otro y atravesando diferentes presentes mientras Dios brilla por su agudeza e inteligencia. Aun así, fue criticada por la derecha portuguesas. “Las religiones nunca han servido para acercar al ser humano”, decía el autor.

Escéptico y pesimista empedernido, Saramago será siempre recordado por su compromiso con los menos favorecidos y por unas obras de alta calidad que ayudaron a revalorizar la lengua portuguesa. Un hombre que militó en el Partido Comunista porque, como él decía, estuvo siempre del lado de los perdedores, que levantó su voz contra las injusticias, el conservadurismo, la Iglesia y los grandes poderes económicos.

Como reflexionaba, en democracia, los pueblos eligen a sus parlamentarios, a su presidente, pero luego esos gobernantes democráticamente elegidos, son presionados, dirigidos, administrados o manipulados por grandes “decididores” supranacionales, como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial … “Y a éstos”, se preguntaba Saramago, “¿Quién los elige?”.  ♣ ♣ ♣

EFE|

13 de noviembre de 2022

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