La trama del lenguaje como un acontecimiento que resta

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Por Penélope Canónica

La escritura es un terreno que ofrece sencillez y dificultad en simultáneo. Es una labor que requiere de un trabajo reflexivo y de sumo compromiso en cómo se emplea la palabra. Como sostuvo la escritora brasileña Clarice Lispector: “Tengo miedo de escribir. Es tan peligroso. Quien lo ha intentado lo sabe”.

Lo cierto es que el lenguaje es un acontecimiento que resta, como lo definió el crítico Raymond Williams, porque al comparar la obra de arte con la totalidad social observable, algo siempre queda dislocado. En este sentido, el filósofo Wittgenstein no se equivocó al afirmar que el entramado lingüístico construye la realidad. Así, todo lo que puede ser verbalizado existe por el simple hecho de que se puede comunicar.

En consecuencia, aquello que la literatura nombró como “resto” reside entre el vacío de su presentarse y el porvenir de su inminencia. En otras palabras, el resto no es lo que queda de la totalidad, sino lo que impide que se cierre. Implica que el texto se resista a la traducción porque está habitado por un exceso indecible. Indica que no hay presencia plena.

Siguiendo esta línea, en Mundo escrito y mundo no escrito Ítalo Calvino (Cuba 1923-Italia 1985) insiste en que el mundo es inefable y, por lo tanto, no puede ser verbalizado en su totalidad. “En cierta medida, creo que siempre escribimos sobre algo que no conocemos: escribimos para permitir al mundo no escrito expresarse a través de nosotros”, sostiene el escritor cubano.

Por otro lado, no hay que perder de vista que en el mundo moderno nos encontramos ante una crisis lingüística, impulsada por el uso que se la otorga al lenguaje en las redes sociales. Inmersos en un contexto donde prima la fugacidad por sobre la reflexión, los textos tienden a ser escritos cada vez con menos palabras convirtiendo al lenguaje en un sistema cerrado y repetitivo.

Como señaló el célebre Borges, es cierto que todo ya tiene un significado, pero toda palabra puede significar mucho más porque en lo escrito siempre habita la fisura. Lo humano es básicamente eso, una línea de fuga. Quizá el gran desafío se circunscribe en el poema 13 de Alejandra Pizarnik:

Explicar con palabras de este mundo
que partió de mí un barco llevándome.

En síntesis, si aquello que nos circunda se entrama en la palabra, el lenguaje también nos emancipa; es una válvula de escape, como afirmó David Grossman. La escritura es un ámbito de juego que nos ofrece la libertad para imaginar y crear. Sin embargo, no somos dueños de aquello a lo que le damos vida. ¿Es suficiente para que otro entienda lo que uno verbaliza? Creo que sí porque lo que escribimos pertenece a todos. Ya lo dijo el filósofo francés Jean Paul Sartre: “Hay universalidad en toda persona en el sentido de que aquello que haga es comprensible para todo hombre”. Nuestro desafío hoy es encontrar palabras para mencionar los cambios culturales que exige la sociedad.   ♣♣♣

#PA.

Sábado 2 de noviembre de 2019.
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