El humor como trinchera

El humor como trinchera

Por Penélope Canónico

Las mujeres no son graciosas. Una sentencia de tintes patriarcales que se repite a lo largo de la historia. El escritor inglés Christopher Hutchens la defendió en un ensayo que publicó en la revista Vanity Fair. El prejuicio de la mujer bonita sin mucho que decir o de la suegra aburrida atravesó diferentes épocas. Incluso, el irlandés Oscar Wilde, símbolo de afición por la crítica social, supo burlarse de los clichés de género de su tiempo.

Espacio de resistencia. El humor hecho por mujeres se interroga sobre sus condiciones de producción al tiempo que desafía los límites de las buenas costumbres. Desenfadadas, desprejuiciadas y rabiosamente feministas las mujeres conquistaron espacios en medios alternativos y masivos. ¿Cómo se hace humor desde una perspectiva de género?

Las huellas de humor feminista pueden rastrearse en las novelas de Jane Austen quien en pleno Siglo XVIII escribía: “las mujeres solteras tienen una terrible propensión a ser pobres, lo que es un argumento muy fuerte a favor del matrimonio”. Sus textos están poblados de sutiles ironías sobre el casamiento y su relación con la situación económica. Un siglo antes, los escritos de la filósofa y dramaturga Margaret Cavendish habían quebrado con el mito de la mujer aguafiestas enraizado en el inconsciente colectivo.

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Es mejor reír que llorar

La ambigüedad del discurso humorístico (se supone que se dice en “chiste”) les permitió hablar de sus realidades sin el rechazo que hubiese causado decir las cosas en un tono imperativo. El uso de la hipérbole posibilitó denunciar situaciones de opresión que pueden pasar desapercibidas a ojo desnudo.

En la estela de sus predecesoras, las mujeres contemporáneas también se animan a construir sentido desde el humor, abriéndose camino entre las filas de un universo que fue dominado por los hombres durante infinitos años.

La carcajada feminista ocupa teatros, salas, festivales, canales de YouTube y de televisión. No entiende de fronteras. Nimí Marshall se construyó a sí misma como la gran dama del humor argentino. Su arte subvirtió una cadena de prejuicios sobre las mujeres y su capacidad de ser graciosas.

La comediante Joan Rivers se destacó en el ámbito del stand up en la década del 60 en un acto que se burlaba del estereotipo de la chica judía desesperada por casarse y de las presiones de su familia por conseguirle novio. El “Gambas al Ajillo” sacudió el Parakultural en los 80 con sus performances absurdas que corrían todo límite de la femineidad tradicional y del buen gusto.

Charo López lucha por los derechos del género femenino desde el stand up. Malena Pichot construye sentido del humor desde un discurso feminista y combativo. Un camino allanado en los 90 por comediantes estadounidenses como Amy Poehler y Sarah Silverman quienes saltaron de los clubes de comedia al tv y cines con shows que hablaban de sexualidad, y aborto. El mito de la mujer no graciosa fue derrumbado a fuerza de risas por humoristas que hasta el día de hoy continúan su lucha: denunciar la cultura machista.

#PA.