Dilemas del país perfecto –Segunda parte–

Dilemas del país perfecto –Segunda parte–

Por Lucía Sabini Fraga

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Como todo país, Suecia tiene varias Suecias.
Hace ya varios años comenzaron a llegar particularmente a Estocolmo, gitanos desde Rumania. Se los puede ver en dos actividades referidas al mercado más informal y antisistémico que existen: juntando latitas y botellas de los espacios públicos o de los tachos de basura, o en las puertas de los supermercados pidiendo monedas. Hay ciertas divisiones sociales que se vinculan al origen de sus protagonistas, como si hubiera una división invisible de rubros según origen.

Así como es muy común encontrar a la comunidad árabe vinculada al mundo de los restaurantes de comidas típicas de esos países (las casas de kebabs auspician de ​fast food en la medida de que sus horarios son muy amplios, sus menús bastante económicos y su formato es de comida al paso) o en otra época las empresas tercerizadas de servicios de limpieza que estaban mayormente en manos latinoamericanas.

Las gitanas, siempre mujeres, se encuentran en esos dos lugares de suma visibilidad e invisibilidad al mismo tiempo. Recorren las playas o espacios verdes de la ciudad los días calurosos buscando las latitas que los ciudadanos ─los incorporados al sistema─ acaban de terminar de tomar. O se quedan quietas en las puertas de los super, sea invierno o verano, envueltas en sus mantas saludando a quienes entran y salen. Incluso se dice que existe una red que maneja los lugares y que cada mujer tiene asignado su supermercado, como una especie de “mafia” de lugares para pedir monedas.

En Suecia, el modelo de reciclado mediante la división de materiales está bastante desarrollado. Además, existe un sistema de compensación económica para las latitas y botellas que implica que por cada devolución de envase, el consumidor recupera 1 o 2 coronas suecas (aquí no hay euro para los despistados que no tienen por qué saber) según el tamaño de la misma, algo así como 4 u 8 pesos argentinos por cada una. Así es que con el tiempo se desarrolló una práctica específica de cartoneo -o botelleo mejor dicho-, propio de ciertos sectores inmigrantes que no se han incorporado al sistema ni aprendido el idioma, que incluso quizás no estén de forma legal en el país. Vivir ilegalmente restringe absolutamente todas las actividades laborales y sociales: por el contrario, ser ilegal es tratar de pasar desapercibido todo el tiempo, de intentar ser invisible. Y es cierto que la gente no los ve, o hace como que no existen.

Y los suecos siempre han sido expertos en mirar para otro lado.

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“Hacerse el sueco​” significa hacerse el distraído, el tonto. Si bien mayormente se le atribuye la expresión al latín ​soccus​, referido al zapato de madera de una pieza, también se asocia esa expresión a la idea de neutralidad mantenida por Suecia durante el último siglo a la hora de tomar partido ante los conflictos bélicos que acechaban al continente europeo (en algunos casos con cuestionables responsabilidades, como durante la Segunda Guerra Mundial). Más acá en el tiempo sus posiciones anti bélicas lo han ubicado como un territorio alejado de violencias y de búsqueda de paz.

Pero como el mundo no es Suecia, existen los inmigrantes. Las políticas migratorias suecas han sido muy abiertas y receptivas respecto a los distintos países en conflictos, particularmente en calidad de refugiados. Ante cada escenario violento a lo largo y ancho del mundo, miles de habitantes huyen de sus países; y en Suecia se pueden rastrear ciertas marcas sociales temporales según el lugar de origen: en los 70 refugiados de Latinoamérica a causa de las dictaduras militares, en los 90 de países como Yugoslavia, Serbia o Bosnia y en los 2000 debido a los conflictos de Medio Oriente y las guerras contra Irak o Afganistán. Y del continente africano prácticamente como una constante de las últimas décadas, en particular de Somalia.

Sin embargo, por el otro lado, Suecia ha desarrollado una industria armamentística muy importante, siendo actualmente el país que más armas produce per cápita. Según la Asociación Sueca por la Paz, la industria militar de ese país exportó material bélico a 56 países en 2016 por 1.125 millones de euros, un 45 % más que el año anterior. Si bien existen técnicamente cláusulas que especifican que no se pueden vender armas a países en guerra, la situación no queda muy clara con varios de los principales destinatarios. Es como mínimo ingenuo pensar que esos sean los únicos criterios válidos cuando se venden armas a países como Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos, cuyas democracias no están del todo ponderadas.

La tristemente célebre doble moral sueca funciona como las dos caras de una misma moneda.

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Mis padres siempre recordaban varias cuestiones de su vivencia en el país del norte durante la década del 70 y 80; una de ellas era que todo cerraba temprano y no había cafés ni bares abiertos para amortizar las tristezas climáticas. Mi madre sufría no sólo con la falta de sol sino con la falta de contacto social fuera del hogar. Pero también recordaban la vida acoplada al modelo sueco, con sus respectivos trabajos suecos, amigos y costumbres
locales. Ambas cosas cambiaron: Estocolmo pasó a ser una ciudad cosmopolita y existe ahora una increíble oferta de salidas, boliches, bares, restaurantes; incluso en horarios no tan típicamente locales.

Y también pasó a ser una sociedad con niveles mayores de estratificación social, cada vez más evidentes. Para los extranjeros, la inserción existe hasta determinado nivel. Se fueron generando, más o menos a propósito, más o menos sin querer, espacios divergentes, trabajos, núcleos de socialización diferenciados. Ni hablar de los barrios para vivir que son históricamente una marca de clase. Tampoco se puede atribuir la entera responsabilidad al país que recibe; por su parte, gran cantidad de inmigrantes no han siquiera intentado insertarse culturalmente a Suecia y por el contrario construyeron sus propios espacios delimitados y distanciados de los locales.

Las segundas generaciones siempre tuvieron una inserción diferente y muchas veces son el verdadero puente entre ambos países: el de sus padres y el que consideran ya como propio. Allí residen los gérmenes de las nuevas generaciones suecas con improntas de otras culturas, que en muchos casos ya no son tan nuevas. Un buen ejemplo podría ser Zlatan Ibrahimović, el mejor jugador sueco de los últimos tiempos, de familia bosniocroata.

De todos modos, el asunto es que las políticas de absorción del país escandinavo chocan bastante con las restricciones de entrada, propias de varios de los países del continente, pero a su vez también con la propia realidad de Suecia que empieza a tener dificultades e incapacidades de asimilación de las continuas nuevas oleadas migratorias. La ciudad y su infraestructura comienza a colapsar ─aunque en pequeña escala y en comparación con lo que solía suceder en la Estocolmo de varias décadas atrás─; y también se han generado redes delictivas mucho más organizadas y peligrosas, mayormente ligadas lamentablemente a núcleos de inmigrantes de diferentes latitudes. Básicamente, las diferencias culturales se van solidificando y espaciando.

La opinión pública sueca ya no mira a los extranjeros con los mismos ojos benevolentes que años atrás.

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El Partido Socialdemócrata sueco siempre ha encarnado al progresismo local y configurado el modelo de bienestar del país.

Es el partido más antiguo, que data de 1889 y el más grande en cuanto a representación. Han gobernado ininterrumpidamente entre 1932 y 1976 época que representó el mayor nivel de desarrollo del país escandinavo. Entre sus mayores líderes se encontró Olof Palme, primer ministro durante dos mandatos no consecutivos, quien además de consolidar las políticas sociales y la búsqueda de mayores coberturas por parte del Estado en áreas como la vivienda o el acceso al trabajo, es sobre todo recordado por su política exterior. Tuvo a diferencia de otros gobiernos incluso socialdemócratas, posturas y determinaciones diferenciadas del resto del viejo continente que lo han destacada como una de las figuras más emblemáticas de la política continental.

De fuerte impronta humanista y pacifista, lideró los movimientos contra la guerra de Vietnam y se posicionó como neutral ante la batalla entre EEUU y la URSS, algo inédito en un país occidental durante la Guerra Fría. Fue el primer líder europeo en visitar oficialmente y reconocer al gobierno cubano de Fidel Castro tras la revolución, y apoyó al Congreso Nacional Africano en su lucha contra el apartheid. También se posicionó ante otros conflictos, como la salida democrática de España tras la muerte de Franco al mismo tiempo que defendió el derecho a la autodeterminación de Palestina. Desarrolló una política migratoria especialmente orientada a recibir refugiados políticos de Latinoamérica durante la década del 70, de manera tal activa que implicó proporcionarles herramientas de todo tipo para su llegada y adaptación, tanto materiales como económicas y educativas. Se podría decir que el exmandatario tuvo tiempo de conseguirse unos cuantos enemigos.

Palme fue asesinado a la salida del cine al que había asistido con su esposa la noche del 28 de febrero de 1986. Andaba normalmente sin guardaespaldas y vivió toda la vida en la misma casa. Los medios de comunicación no pasaron la noticia esa misma noche, aduciendo que no querían perturbar el descanso de los ciudadanos y esperaron para dar la noticia al día siguiente. Para ser un magnicidio, situación que no sucedía en el país desde el asesinato del rey Gustavo III en 1792, la tranquilidad ya estaba bastante interrumpida. La versión oficial apuntó a un loco suelto, quien finalmente fue liberado por falta de pruebas.

Curiosamente (o no) su asesinato nunca fue esclarecido.

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Actualmente, de Social Democracia, al gobierno sólo parece haberle quedado el nombre. Luego de perder el gobierno en el 2006 a manos del Partido Moderado (espacio de derecha y con perfil liberal-conservador) durante dos mandatos, la fuerza de centro izquierda ha logrado recuperar su lugar en las elecciones de Septiembre del 2018 y el socialdemócrata Stefan Löfven, de 61 años fue electo como primer ministro en una votación bastante reñida. Con obstáculos y un parlamento que lo mantiene aislado, la fuerza gobernante está teniendo que negociar y ceder importantes cuestiones. Al bloque histórico de derecha al que se enfrenta históricamente la social democracia, ahora se suma la ultraderecha (cuyos
varios de sus miembros provienen de partidos nazis, y que ha crecido enormemente en la última elección) como equipo para desempatar. No es difícil sospechar para que lado jugarán en cada partido.

Con el espíritu de recalar de un lado y del otro, y por la imposibilidad de generar una labor legislativa propia, las medidas de la socialdemocracia no responden a su plataforma histórica y viendo que el electorado se corre a la derecha, intentan correrse con él. Las medidas que se vienen adoptando son de corte neoliberal y el presupuesto aprobado fue diseñado por las fuerzas conservadoras. La socialdemocracia está gobernando en su propio laberinto, con presupuesto y políticas ajenas.

Uno de los más álgidos puntos de las discusiones políticas entre los distintos sectores refiere a que hacer respecto a las políticas migratorias. En 2015, por citar solo uno de los últimos años, llegaron a Suecia 163.000 solicitantes de asilo, lo que convirtió al país en el mayor receptor en relación con su demografía. Suecia tiene, según los últimos datos publicados por la ONU, 1.747.710 de inmigrantes, lo que supone un 17,27% de su población.

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Este mes de Julio se encuentra en la estación central de la ciudad, en el edificio de Kulturhuset (Casa de la Cultura), una muestra fotográfica sobre las clases trabajadoras suecas de las distintas épocas. En algunas de las fotografías, se enseña a un Olof Palme cercano a la gente y sus problemáticas, sobre todo la de los sectores populares. En una de las imágenes que data de fines de los 70, se lo puede ver rodeado de trabajadores de la construcción, escuchándolos. La leyenda que describe la escena, explica en sueco y en inglés que un obrero comunista le preguntó al entonces primer ministro por qué los militares se jubilaban con solo 50 años. El primer ministro argumentó que era por el desgaste físico que sufrían, y que a esa edad se terminaba su vida útil laboral. “¿Y cuánto crees que nosotros duramos?” le contestó el obrero.

Durante sus dos mandatos, Palme logró reducir la semana legal de trabajo de 42.5 horas a 40, bajar la edad de jubilación y mejorar las condiciones de trabajo y el régimen de vacaciones en general. Si bien el modelo de desarrollo capitalista y los dueños de los medios de producción no sufrieron grandes modificaciones, el gran legado de Palme fue lograr lo que a esta altura parece revolucionario: que la brecha entre ricos y pobres descendiera notoriamente logrando niveles de inserción e igualdad notables, incluso entre suecos e inmigrantes.

Pero pareciera que de esa Suecia cada vez queda menos.♣♣♣