“Husek”, un relato que refleja la tensión entre una comunidad wichí y el Estado

Por REDACCIÓN

La segunda película de la directora argentina Daniela Seggiaro exhibe como la idea del progreso fricciona con la cosmogonía de los pueblos originarios, en un relato que también introduce lo sobrenatural para tratar de entender una problemática que atraviesa el punto de vista “civilizatorio” y el lugar de pertenencia del pueblo wichí.

Por Hugo F. Sánchez

Las diferencias entre un Estado presente pero con una idea “occidental” sobre el desarrollo y el modo de vida ancestral de una comunidad wichí es el centro del universo que describe “Husek”, la segunda película de Daniela Seggiaro que se estrena este jueves en el Complejo Gaumont de la ciudad de Buenos Aires y en la plataforma Cine.ar.

Luego de “Nosilatiaj. La belleza” (2012), el nuevo filme de Seggiaro está centrado en Ana (Verónica Gerez), una joven arquitecta empleada de la provincia de Salta que conoce a Leonel (Leonel Gutiérrez), y a su abuelo Valentino (Juan Rivero), líder de una comunidad wichí, que se opone a un proyecto de viviendas del Gobierno, aunque supuestamente la urbanización signifique una mejora en su calidad de vida.

“Si las tensiones entre esos mundos parecen irresolubles es porque históricamente, desde antes de nuestra conformación como estado-nación y hasta ahora, no ha predominado el diálogo ni la comprensión entre los diferentes puntos de vista”, explica Seggiaro en comunicación con Télam.

En ese sentido, “Husek” -que participó en la Competencia Argentina en la última edición del Festival de Mar del Plata-, muestra las contradicciones del desarrollo planteado desde el Estado e incluso sus buenas intenciones.

La idea del progreso fricciona con la cosmogonía de los pueblos originarios, en un relato que también introduce lo sobrenatural para tratar de entender una problemática que atraviesa el punto de vista “civilizatorio” y el lugar de pertenencia del pueblo wichí.

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Télam: ¿Cómo nació el proyecto?

Daniela Seggiaro: Hace algunos años trabajábamos con Osvaldo Villagra y Ervis Días, pertenecientes a la comunidad wichí, en un proyecto sobre la localidad salteña de La Puntana. Un día llegamos a las ruinas de un antiguo fuerte que perteneció al ejército y allí Días nos contó en idioma wichí la historia de violencia institucional extrema de ese lugar, pero también de resistencia indígena y de batalla ganada en la reconfiguración del espacio. Nos llamó especialmente la atención que aunque la sangrienta batalla había sido exitosa la gente abandonó el lugar, creando nuevas comunidades como La Puntana.

A partir de ese día nos empezamos a preguntar por esos edificios, por ese diálogo tan poco fluido entre los miembros de la comunidad y los funcionarios o empresarios, nos preguntamos cómo es que se resuelve situar ciertas construcciones en ciertos lugares. Con todo esto, junto con observaciones de diálogos y anécdotas escuchadas, construimos la base para comenzar a desarrollar “Husek”, que se armó entre el idioma y el pensamiento wichí de Osvaldo Villagra y su gente, y el blanco o criollo al que yo pertenezco, y recupera parte del trabajo que habíamos empezado a hacer con ´Nosilatiaj. La belleza´.

T: Justamente después de tu primera película, con “Husek” volvés sobre las problemáticas que atraviesan a la comunidad wichí. ¿Qué es lo que te interesa de ese universo?

DS: En “Nosilatiaj. La belleza” y con más profundidad en “Husek”, centré mi energía en compartir la creación de un relato, en proponer una aventura conjunta que nos permita construir un espacio posible para observar los vínculos y las historias que nos atraviesan a indígenas y no indígenas.

Salta es una provincia habitada por gran cantidad de pueblos indígenas y de idiomas, hace muy poco se reconoció al Wichí Ihämtès como idioma oficial, un hecho histórico importantísimo producto de las luchas que llevan adelante las comunidades. Si bien falta mucho camino por recorrer en materia de derechos, pienso que el cine es una gran herramienta para acompañar y compartir estos procesos.

T: Por un lado, establecés las necesidades de los pueblos originarios y por el otro, la idea del desarrollo. ¿La tensión entre ambos mundos es irresoluble, aun con una mirada piadosa sobre las intenciones del Estado?

DS: Si las tensiones entre esos mundos parecen irresolubles es porque históricamente, desde antes de nuestra conformación como estado-nación y hasta ahora, no ha predominado el diálogo ni la comprensión entre los diferentes puntos de vista que habitan el territorio.

El punto de vista que predomina es el que toma la mayoría de las decisiones desde los puestos de poder y desde allí se impone, eso es lo que intenta observar la película.

Conocerse lleva tiempo, podemos estar un poco perdidos cuando nos encontramos con formas diferentes de pensar o de hablar, como les pasa a los protagonistas, Ana, la arquitecta, o el joven wichí Leonel. Pero a pesar de todo, se percibe que podría darse un entendimiento si el contexto lo permitiera, si la convivencia en el territorio fuera más pacífica y por sobre todas las cosas, más justa. Para eso es necesario que sean los estados los que profundicen aún más sus políticas de inclusión incorporando la perspectiva local, la de los beneficiarios o perjudicados de cada proyecto desarrollista.

T: La película introduce lo sobrenatural desde el punto de vista “occidental” pero natural para los wichis. ¿Qué sentidos buscaste incluir en el relato?

DS: Me encanta la dimensión sobrenatural. En el norte de Argentina y de forma particular en la zona del trópico, las presencias sobrenaturales pueden sentirse, se mezclan con los mitos, con los miedos. En el mundo wichí están los brujos y también los seres del monte, las presencias y lo mismo pasa en el mundo urbano, hay un espejo roto de la ciudad en el que nadie se quiere mirar por temor al terremoto destructor que amenaza y pone a prueba la fe de las personas. Está el mito de “el familiar” que se cobra la vida de los obreros, un lado no explicado del mundo que emerge, que se vive y que actúa en todos los planos de las creencias y de la vida.

T: De alguna manera la historia equipara la violencia de género a la que se enfrenta diariamente la protagonista y las agresiones que sufren los wichís desde siempre. ¿Coincidís con esta mirada, fue buscado ese paralelo?

DS: Entender la violencia de un mismo sistema en todas sus dimensiones es clave para repararlo. No creo que sean violencias paralelas las que observamos en la película, sino formas instaladas desde hace tiempo y que se ejercen de distintas maneras. Desde la concepción dominante, las directivas patriarcales, occidentales y machistas todavía impactan de distintas maneras sobre los indígenas, sobre las mujeres, sobre lo considerado subalterno o “raro”. Creo que tenemos que estar cada vez más atentos a no ser cómplices de esas violencias cotidianas ni de las institucionales, eso nos enseñan los movimientos como el feminismo, las luchas populares y las luchas indígenas. En “Husek” intentamos tejer esa trama de violencias pero también de reacciones, tensiones y distinciones con las que el relato cinematográfico y en especial la ficción, nos permiten jugar.

#PA. Télam.

5 de enero de 2022.

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