La ilusión futurista

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Por Mariana Díaz


Sugerencia de música para leer el texto


En la ciudad en la que habito, que se extiende a lo largo de líneas ondulantes, con calles que van hacia arriba y hacia abajo, nuevos edificios y automóviles, existe un lugar en el que, si te detenés a observar con atención, te convences de que todos los elementos de la ciudad escapan a nuestros ojos distraídos por el ir y venir.

Estando en ese lugar, percibí las sensaciones y las vivencias de la ciudad que habita en mí. En un momento al contemplar la claridad de una mirada que me entreveía por los rayos del sol, recordé a Filippo Marinetti y coincidí en la duda entre dinamismo o electricidad y me di cuenta de que una parte de mi corazón italiano late con más intensidad desde el día que descubrí la palabra futurismo.

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“Declaramos que el esplendor del mundo se ha enriquecido con una nueva belleza, la belleza de la velocidad”. Esta fue una declaración y uno de los puntos del manifiesto El futurismo, el movimiento artístico que se formaba en Italia en 1909 y que quería cantar el amor al peligro, renovar la vida social y mostrar al mundo la ilusión de la máquina italiana en todas sus formas. 

Los futuristas representaban sus ideas en base a la técnica, la velocidad y la vida que cambiaría profundamente gracias a la industrialización. Los medios de transporte, las comunicaciones, las ciudades, todo cambiaría, el tiempo y las distancias cambiarían, Italia vislumbraba un nuevo modelo de vida, la revolución del futuro.

La provocación y el caos eran utilizados como acciones mediáticas y en 1910 fue la primera velada futurista, que no solo terminó siendo un escándalo perfecto, sino que también, significó la introducción del anarquismo a la sociedad burguesa y a los medios de comunicación y promovió a artistas con menos posibilidades de exposición.

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El pintor Umberto Boccioni fue un artista que se involucró profundamente en todo el movimiento generado por la ilusión de la máquina italiana.

Umberto Boccioni. La calle penetra en el edificio. 1911. Óleo sobre lienzo.

La calle hierve y los elementos se descomponen, se dilatan, se multiplican, la ciudad ocurre y la simultaneidad es el foco de la obra.

El artista nos invita a recorrer la calle, a movernos dentro de la ciudad, nos muestra puntos de color para que la mirada no se detenga, los edificios comienzan a oprimir a las personas, se enciman, se doblan, se tambalean como el vértigo entre el desarrollo industrial de la Italia del norte y el olvido de la del sur.

El balcón es un elemento que se repite y es el espacio límite desde donde se puede percibir todo lo que sucede en la ciudad, hay un sutil abismo que connota el escenario económico, político y social que despliega la revolución de la máquina.

Las personas se convierten en líneas abstractas que se desvanecen velozmente, se mezclan entre la figura y el fondo, la calle penetra tan fuerte y rápido que lo estático ha dejado de existir y ha florecido el dinamismo universal.

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El futurismo fue arte y acción, el futurista un soldado y un trabajador que pronto se estamparía a toda máquina con la realidad bélica que se aproximaba. Pero esa guerra idealizada que atravesaba el arte, ha de florecer la próxima vez que salgamos a recorrer las calles y nos encontremos con aquello que nos haga sentir que una parte del corazón late con más intensidad desde el día que descubrimos la palabra futurismo.    ♣♣♣

#PA.

Domingo 24 de mayo de 2020.
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