La exposición de arte como máquina de guerra

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Por Mariana Díaz


Existen textos que poseen la singularidad de tocar profundamente la sensibilidad y la razón humana, es así, que esos textos también poseen el carácter necesario para hacer pensar las capacidades del arte en favor de confrontar con los aparatos del Estado.

Desde el significado dialéctico, que es un elemento imprescindible para la formación de muestras de arte, el historiador Georges Didi Huberman (Francia, 1963), reflexiona sobre el rol de las exposiciones y museos, a partir del capítulo de Mil Mesetas de Gilles Deleuze y Félix Guattari: Máquinas de Guerra.

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1. Dialéctica

Un aparato de Estado se reduce a su acción, y su acción se reduce a su resultado: por ejemplo, el número de visitantes en una exposición. Una máquina de guerra muestra una tremenda falta de sincronía con sus resultados, implica cierta paciencia, necesita tomarse su tiempo. Por ejemplo, una exposición en un museo conlleva una fecha límite, el día de la inauguración. Pero, al menos en mi caso, la exposición no termina ahí. Por ejemplo, la exposición que organicé en el Pompidou tuvo un resultado inmediato, pero durante dos o tres años después seguí trabajando con los artistas que participaron en ella, publiqué algunos libros, incluso monté otras exposiciones que eran consecuencia de esa primera muestra. El aparato de Estado exige un resultado, y después pasa a otra cosa; la máquina de guerra nunca termina del todo. El aparato de Estado siempre busca tener la última palabra, con frecuencia se intenta resumir las exposiciones en una consigna, en un eslogan. Una máquina de guerra nunca tiene la última palabra porque se basa en el montaje, que es un proceso inagotable. Es el caso, por ejemplo, de las Histoires du Cinéma de Godard. Existen varias versiones y se pueden hacer otras.

La contraposición entre aparatos de Estado y máquinas de guerra podría llevar a pensar en la oposición que establecía Adorno entre las industrias culturales y el gran arte de, pongamos por caso, Beckett, que es el ejemplo perfecto de máquina de guerra, capaz de resistir por el mero hecho de su existencia a los aparatos del Estado. Sin embargo, hoy en día es muy complicado aplicar esta oposición, porque el gran arte –Cy Twombly, Barnett Newman o cualquier equivalente a lo que Adorno tenía en mente cuando hablaba de Webern o de Beckett– es parte integrante de la industria cultural, y esto complica mucho las cosas para el investigador. Resulta muy difícil hacer exposiciones que tengan capacidad crítica. Recientemente ha surgido este problema en el marco de la revista científica del Pompidou, Cahiers du Musée National d’Art Moderne, en un número especial sobre Mondrian. Se trata de una revista académica, que se imprime en blanco y negro, y los herederos de Mondrian exigen que la reproducción de sus obras se lleve a cabo en color, que es un requisito técnico que no todo el mundo se puede permitir, porque sale muy caro. De modo que Mondrian, que desde la perspectiva de Adorno es una máquina de guerra, representa hoy en día un aparato de Estado que impide que se haga uso de su obra si no es en las condiciones económicas de la conveniencia de sus herederos.

Tengo la impresión de que con frecuencia las exposiciones me muestran cosas no tanto para que las conozca como para que las adore. Hace más de sesenta años, en uno de sus libros sobre economía, Georges Bataille escribió cosas extraordinarias sobre el estatus del arte, comparando las sociedades soviéticas y las sociedades capitalistas. Bataille decía que en las sociedades estalinistas el artista no es reconocido, se violenta su soberanía, en el sentido de que se le obliga a servir a una causa. No obstante, pensaba que la situación no es muy diferente en la sociedad capitalista, donde el artista es, por el contrario, extremadamente respetado. Cuando un artista es muy reconocido se aceptan absolutamente todos sus deseos en cuestiones de instalación, de materiales, de técnicas… Bataille plantea de una manera muy original que este es, en realidad, un falso respeto cuyo fin es no reconocer la verdadera soberanía del artista. Es decir, que el hecho de que, por ejemplo, Cy Twombly pueda hacer lo que le dé la gana en cualquier galería o museo no quiere decir exactamente que se respete su trabajo. Aceptar cualquier capricho y convertir la obra de arte en una especie de icono sagrado no implica que se vaya a exponer verdaderamente una obra de arte, porque «exponer» se puede usar para referirse tanto a una muestra artística como a un argumento. Una exposición ha de ser el desarrollo dialéctico, es decir, no dogmático, de un argumento. La exposición como máquina de guerra. Dialéctica. Georges Didi Huberman © Georges Didi-Huberman, 2011. Texto publicado bajo una licencia Creative Commons.

Diego Rivera. Murales de la Industria de Detroit. 1933

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Los Murales de Detroit, obras de sumo potencial que fueron pintados por Diego Rivera (México 1886-1957) en 1933, en Estados Unidos, son máquinas de guerra, murales dotados no solo desde el punto de vista crítico del artista, sino también de un enorme carácter expositivo, ya que se encuentran en el patio central de una fábrica automotriz, lienzos de cemento, en los que Rivera plasmó el factor -que consideraba- más importante de la industria, el verdadero motor en el centro del capitalismo, los trabajadores.

Entonces, Georges Didi Huberman sostiene que la gran diferencia de la obra moderna es que es inagotable y de eso se trata una máquina de guerra, de ser sutilmente una obra que tiene la fuerte capacidad de confrontar con los aparatos del Estado, es el hecho de pensar al arte desde una forma de exponer una situación social, que, sin dudas, se acrecienta con sus variables.

Diego Rivera. Murales de la Industria de Detroit. 1933.

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Hay una frase muy célebre de Man Ray que dice: «Nos han acusado, a mí y a Marcel Duchamp, de no acabar nunca lo que hacemos; esto se debe a que somos hombres infinitos». En esto debería consistir una exposición, en un ensayo basado en relaciones entre imágenes que en principio son infinitas, que pueden ser repensadas una y otra vez. ♣♣♣

#PA. La exposición como máquina de guerra. Ensayo. Georges Didi Huberman © Georges Didi-Huberman, 2011. Texto publicado bajo una licencia Creative Commons.

DOMINGO 22 DE NOVIEMBRE DE 2020.
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