Una breve alegoría del Quattrocento

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Por Mariana Díaz

Hasta el Siglo XIII, el arte italiano estuvo bajo el canon del arte bizantino, bajo el esplendor del Imperio Romano de Oriente.

La pintura estaba constituida por figuras que respondían a una trama iconoclasta sostenida por el judaísmo, catolicismo e islamismo, que rechazaban el culto a las imágenes por idolatría, adoración o veneración y para evitar que las personas cometieran el sacrilegio de considerarse semejantes a dios.

Sin embargo, entre cruces griegas y latinas, exteriores austeros e interiores ricamente ornamentados, cúpulas con pechinas y capiteles varios, la riqueza arquitectónica estaba a punto de ser plasmada de la manera más esperada y necesaria para el arte y la humanidad.

Cuan crucial habrá sido el tiempo de aquella Italia mientras sufría una profunda transformación económica, política y religiosa, transformación que -a nuestra suerte- repercutió en el arte. Ir hacia la antigüedad clásica fue el primer impulso, una suerte de retorno a los orígenes del cristianismo medieval.

A recordar que, ir hacia la antigüedad también es ir hacia adelante, porque no es lo nuevo, es lo innovador.

Giotto di Bondone fue el artista de la transición, el que transformó el taller más importante de la historia del arte, la Italia del Siglo XIII y XIV y que triunfaría dos Siglos más tarde con el humanismo y el Renacimiento. El artista que inició su trayecto con una composición equilibrada, amplia y con figuras sumamente destacadas, que potenció la despedida de aquella pintura solemne, jerárquica, frontal, protocolar y estática, que la remplazo por el valor de la espacialidad, muy lejos de la abstracción bizantina, que logró un carácter preciosísimo y naturalista, un refinamiento que abarco desde la pintura de Duccio y Simone Martini, hasta las escuelas de Lombardía, Padua, Verona o Venecia.

Las órdenes religiosas fueron quienes inspiraron y difundieron aquel proceso de transformación del arte. No obstante, la profanación humana hizo menguar ese esplendor, pero el arte nunca dejó de influir en la intelectualización de las condiciones socioculturales de la Italia del Renacimiento y de la plena dependencia de sus mecenas.

Quattrocento, la ciudad de Florencia y Fra Angelico, la confianza renacentista del ser humano y la reconstrucción precisa de la perspectiva ¿Un precio caro? Sí, racionalismo, estructura, geometría y contradicción. ¿Un logro a la razón humana? Absolutamente. ¿Cuál? La escala del fresco, lo escultórico, lo arquitectónico, el espacio, elementos que ampliaron la visión humana, que modificaron y extendieron la pintura, la libertad del arte.

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Alegoría número dos

Me tomo el tiempo de viajar veintitrés años atrás, estoy en el mismo edificio, pero dos metros y sesenta centímetros por debajo. Veo una caja plástica, adentro, pilas de tiritas rojas y blancas, una colección de Vivaldi. Una noche cualquiera, entre murmullo político escucho en unos minutos lo que suena un año, son las cuatro estaciones, no sé cuál elegir, otoño o primavera, estamos del otro lado del mundo. Elijo la primavera, el tiempo presente y elijo a Botticelli.

Botticelli, Sandro. La alegoría de la primavera. Temple sobre tabla. 207 x 319 cm. Ca. 1480

De pronto el humanismo, la inteligencia, la modificación de Mantenga, la profundidad, la originalidad, el sentido, el sentimiento visionario y la sensibilidad del artista italiano Sandro Botticelli (1445-1510).

La alegoría de la primavera, es una obra en la que, siglos después, se puede interpretar y apreciar la expresión, el ritmo, la composición, el naturalismo, la armonía, la paleta cromática, la vegetación, la figura humana y mitológica, pero también, es una obra en la que se puede potenciar el valor a través de la mirada platónica, es la búsqueda, es el encuentro, es una posibilidad para el retorno de lo sublime. En contraste con el fondo y de indumentaria simbólica, se encuentra la Venus; desde su figura se estructura la obra con las tres Gracias; Cloris ó Flora, Mercurio, Cupido y Cefiro.

Mas allá de la imagen, Lorenzo di Pierfrancesco de Medici, mecenas y pagano del humanismo, fue quién encargó la obra en 1472. Y más allá, cuatro años bajo el régimen del religioso Girolamo Savonarola, que, aunque poco duró, provocó el exilio de los mecenas y la desprotección humanista del arte.

La revolución de Giotto, la singularidad de Fra Angelico o el retrato de Antonello de Messina, abrieron camino al profundo análisis de Leonardo da Vinci y Miguel Ángel. Sin embargo, pasado el Quattrocento, Botticelli tuvo un sutil declive artístico, al igual que la ciudad Florencia, pero la salida del encierro medieval y el encuentro con la ciudad, abrió camino hacia Roma, al arte del 1500, al museo a cielo abierto que resignifica el sentido y la belleza de la arquitectura, la calle, lo humano y público.

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El arte para reivindicar la alegoría del mundo, para viajar a la primavera que nos acerque a la belleza del pasado y hacerla presente, para pensar con libertad y ver con amplitud humana, para escuchar a Vivaldi y viajar al encuentro con Botticelli, para romper el canon y vivir lo sublime del tiempo presente. ♣♣♣

#PA.

Domingo 8 de noviembre de 2020.
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