Aquel fenómeno de la antipolítica

Aquel fenómeno de la antipolítica

Por Fiorella Del Piano

El 2019 es un año netamente marcado por la carrera electoral que culminará con las elecciones generales de octubre. A principio de año, la primera en abrir el juego fue la provincia de la Pampa que convocó a las urnas para definir candidatos. Mientras que otras provincias han decidido optar por un desdoblamiento electoral. 

La crisis socioeconómica y la recesión –que tienen acorralado a Mauricio Macri desde abril del año pasado– hizo que la mayoría de las provincias adelantara sus comicios para elegir gobernador como así también para definir candidatos. 

En los cinco meses que van del año se han desarrollado elecciones Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias en tres provincias. Otras tres han elegido gobernador y sólo una –hasta el momento– fue a las urnas para definir única y exclusivamente internas.

La gran sorpresa electoral se dio la semana pasada en Santa Fe donde Amalia Granata fue la tercer candidata con más votos y quedó a un paso de ser diputada, ya que si no hay cambios y logra retener los votos que obtuvo en las primarias integrará la Legislatura provincial.

Esto último nos hace reflexionar sobre las consecuencias de la antipolítica, fenómeno que en los últimos tiempos ha crecido de forma exponencial tanto local como globalmente marcada por el descreimiento, la desconfianza y los casos de corrupción que alimentan el relato de que “todos los políticos son iguales”. 

Sobre la antipolítica existen variadas y diversas definiciones por lo que hay que hacer una distinción entre los diferentes fenómenos a los que remite.

Está el significado que refiere al rechazo de la actividad política misma, que parte del malestar que se genera cuando en el ejercicio de esta función se colocan los intereses personales o partidistas por encima del bien colectivo. En esta dimensión, el apoliticismo se convierte en actitud contraria a la política, pero se nutre de ella y la reproduce como un espejo con el propósito de ejercer la misma función, sin confesarlo.

También se utiliza la denominación de antipolítica para aludir a los momentos históricos en los que fuerzas emergentes pugnan por abrirse un espacio propio y erigirse como formaciones constitutivas de un nuevo orden institucional que sustituye al anterior.

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En el caso de Amalia Granata, podría decirse que desde el año 2017 comenzó a aparecer en la escena política mostrando interés por su posible candidatura a diputada provincial. Pero a partir del debate por la legalización de la interrupción voluntaria del embarazo, ella comenzó a ganar más protagonismo. 

Es que la mediática fue una de las que se posicionó en contra de la legalización y por este motivo, desde el Frente Unite por la Familia y la Vidadecidieron impulsar su candidatura a diputada. Ya que según entienden ellos, Amalia “se ha convertido en una referente de la lucha en defensa de la vida y del feminismo alejado de la interpretación de género, el cual nosotros entendemos como una forma de marxismo cultural”.

Es decir, luego del fenómeno provida contra la legalización del aborto en 2018, Granata emprendió junto con un grupo de políticos una propuesta electoral con estos principios y sobre todo en contra de la ideología de género.

En las elecciones santafesinas, en las que se postuló como candidata a diputada obtuvo 146.000 votos. Una suma importante para una persona que comenzó su carrera política hace muy poco tiempo. 

Esto nos hace entender que cuando la antipolítica gana terreno y las representaciones populares son machacadas y cuestionadas, cualquier argumento es válido para convencer a los otros. Y en tiempos de descreimiento de la clase política, algunos aprovechan esas oportunidades para alzarse en nombre de aquellos -que según consideran- no tiene voz o no están representados por los candidatos más populares.

Casos como este, no se dan únicamente en Argentina. Más bien, se trata de un fenómeno global que se propaga por todo el mundo vertiginosamente generando casos más polémicos que otros. 

Parecería que una especie de virus avanza por todo el mundo. Y el ascenso de personas sin formación política para gobernar y sin mayor conocimiento sobre los problemas que padece la sociedad y sus instituciones, se torna una moneda corriente.

Quien consigue difundir la idea –por lo general falsa– de que no viene de la política, que no quiere hacer política y que solo pretende hacer cumplir la ley o poner orden y se apropia de la insatisfacción de la gente alzando banderas con las que los insatisfechos se sienten identificados, logran una suerte de mayor aceptación y consiguen –muchas veces– quedarse con cargos estratégicos. 

Bolsonaro lo hizo en Brasil, Trump en Estados Unidos y Volodymyr Zelensky en Ucrania, los tres se quedaron con los cargos de presidente en sus respectivos países generando que la polémica sobre la antipolítica vuelva a estar en el centro de la discusión. El giro que se ha producido es indiscutible, y la antipolítica se ha apropiado de lugares y espacios estratégicos ya sea a partir de la bronca, del odio, del rencor, o simplemente a partir de la crisis de representación y descreimiento que existe para con los políticos.   ♣♣♣