Un argentino salvando vidas en la guerra siria

Un argentino salvando vidas en la guerra siria

Por Penélope Canónico


Su nombre es Alejandro Roisentel y está en la mira para ser nominado al premio Nobel de la Paz. La historia de un médico que pasa sus días asistiendo a las víctimas en un hospital israelí Ziv.

Ayuda ante la adversidad de un mundo cruel. Amor al prójimo. Lenguaje visual. En medio de una frontera marcada a fuego por conflictos bélicos entre Siria e Israel, se encuentra el hospital Ziv, situado en la zona Safed, cerca de los Altos de Golán, del Líbano y de Siria. Allí, los médicos trabajan al servicio de las víctimas, sin distinguir nacionalidades, porque entienden a la medicina como un antídoto contra el odio.

“Vine al mundo para curar”, asegura Alejandro Roisentul cuando #PuenteAereo le pregunta por su profesión. Se trata de un cirujano maxilofacial argentino que atiende desde hace 20 años a los heridos sirios en el hospital israelí Ziv. Atravesado por las distintas historias de sus pacientes, comenzó a escribir la propia cuando tomó la decisión de emigrar hacia el Medio Oriente.

La voz se le quiebra cuando habla de su hermano Adrián, quien falleció a los cuatro años de edad por una falla cardíaca. Alejandro en ese entonces tenía seis. Pero aquella tragedia marcó su destino. “Mi mamá lloraba y le dije que no se preocupara porque sería médico para que los chicos no se murieran tan pequeños”, recuerda.

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“Cuando llegué a Israel mi corazón se dividió en dos”

Mitad israelí, mitad argentino. Nació en 1964 en la ciudad de Buenos Aires. Se crió entre sus calles y barrios. Egresó como odontólogo en la Universidad de Buenos Aires en 1986. Tres años más tarde, contrajo matrimonio con Juliana y juntos emigraron hacia Israel donde hizo la carrera hospitalaria para especializarse en cirugía maxilofacial.

Desde que comenzó la guerra civil en Siria más de 15.000 médicos abandonaron el país. Más del 80 por ciento de sus instalaciones sanitarias fueron dañadas. Es una realidad compleja. Desde 2013 atendió a unos 4.000 sirios gravemente heridos, de los cuales el 17 por ciento eran niños. Más de 250 mil habitantes de la zona, población que incluye judíos, mulsulmanes, cristianos y drusos, requieren asistencia médica. “Uno empieza a entender que está en el lugar adecuado cuando puede servir al prójimo. Ahí me encontré yo, prestando ayuda humanitaria a un país vecino que se considera enemigo”, dice Alejandro.

En 1990 se unió al ejército israelí como dentista, hasta que en 1998 comenzó a trabajar como director de la Unidad de Cirugía Oral y Maxilofacial en el Hospital Ziv, en la ciudad de Safed. En el medio, se especializó en Inglaterra.

“Los médicos están para hacer la paz”, repite como un mantra paersonal. Su primer contacto con la guerra fue cuando el Líbano fue bombardeado durante 40 días. “Recuerdo que trabajamos bajo fuego. Nunca estamos donde es cómodo estar. Pienso que mi rol en la vida es atender a heridos de guerra”, asegura.

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Candidato al Nobel

La medicina puede cerrar las brechas de odio y rencor que existen entre los pueblos. En agosto de 2017 Alejandro fue declarado ciudadano ilustre de la Ciudad de Buenos Aires. Pero la sorpresa llegó cuando la fundación Friends of Ziv  lanzó una campaña global para postular a los médicos que prestan servicio en Israel al Premio Nobel de la Paz en 2019. Fue después de que el famoso presentador de televisión norteamericana, Conan O’Brien, quedara impactado por la historia del cirujano. “Es una manera de distinguir a quienes en algún momento de sus vidas han decidido curar las heridas de sus compatriotas y las de la humanidad”, señala.

Recuerda que cuando trajeron a los primeros sirios, heridos de guerra, no sabía cómo tratarlos ni qué hacer. Pero el lenguaje visual permitió un acercamiento, una forma de comunicación. Son niños que solo conocen conflictos bélicos, pero llegan a un lugar donde reciben un trato especial. Descubren que el mundo puede ser distinto. Alejandro es consiente de que el “bisturí es para curar y no para ocasionar heridas”.

“Nos dimos cuenta de que a través de la medicina el caparazón de odio se quita y se refleja una relación especial entre medico y paciente. Padre de familia, entiende que la única diferencia es una frontera física que divide 40 km de distancia entre Israel y Siria.

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El niño que llora sin ojos

Atravesado y marcado por distintas historias, recuerda la de Keren. El niño perdió los dos ojos y sufrió fracturas en la cara porque estuvo expuesto a la explosión de una bomba: “Llegó en soledad, sin sus papás. Sus lágrimas caían a través de los párpados. Verlo llorar sin ojos fue una situación fuerte”.

El judaísmo dice que salvar una vida es salvar a la humanidad. Las víctimas que llegan desde Siria en busca de ayuda solo conocen el horror de la guerra.

“Atendimos a un pequeño de seis años que padecía glucosa. Le regalamos un cepillo de dientes. Nunca había tenido uno. Cada seis meses, su familia vuelve a buscar la insulina que luego deben esconder bajo tierra para que nadie se la robe”, dice Alejandro.

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“La paz es posible si uno frena y observa que hay gente como uno”

El hospital Ziv se encuentra a unos 11 kilómetros de la frontera con el Líbano y a 40 de Siria, lo cual lo coloca en una situación particular. Sus instalaciones están equipadas para prestar asistencia médica a heridos de guerra, en cualquier momento.

Alejandro trabaja allí desde hace más de 20 años. Su labor comienza desde temprano. Suele atender casos de fracturas en la cara y mandíbulas. Entre  guardias, clínica e internaciones recibe a unos veinte pacientes por día que atiende junto a su equipo de cirujanos maxilofaciales.

“Cuando escuchamos el sonido de un helicóptero sabemos que no se trata de un turista viendo el río Galilea; sino que hay un ejército buscando si del otro lado de la frontera están por tirar un misil. Es una vida tensa. Hay que estar permanentemente atento”, cuenta.

Su sueño es liviano porque está en permanente guardia. “Descansamos con las orejas paradas como un perro”. Pero duerme con la esperanza de que el mundo algún día cambiará.   ♣♣♣