Más allá del efecto Greta

Más allá del efecto Greta

Por Lucía Sabini Fraga

El verano del 2018 fue particularmente caliente en Europa. Suecia, que suele tener temperaturas de 20 o 25 grados y pocos días de sol, sucumbió a la ola de calor por varios meses y asombró con temperaturas de más de 30. Mi hermano no paraba de mandar selfies metido en lagos y eternamente agradecido. Mientras todos se bañaban y disfrutaban el intenso y largo verano, la pequeña Greta Thunberg de 15 años se deprimía pensando en el cambio climático. Ya había ganado un concurso en mayo de ese año -organizado por un periódico local- a partir de un ensayo sobre el descalabro ambiental. Llegando a fines de agosto y por ende del verano (que ocasionó incluso incendios poco conocidos en Suecia), Greta comenzó una huelga estudiantil frente a su colegio en la capital nórdica de Estocolmo. A partir de ese momento, la joven saltó a la fama y su reclamo cruzó fronteras.  Con un cartel que decía ”Huelga escolar por el clima” instaba a otros jóvenes a sumarse a la iniciativa, objetivo que logró después de varias semanas de lucha.

Su discurso ambientalista, fresco pero al mismo tiempo entusiasta y dramático, generó una ola expansiva en todo el mundo, que llegó incluso a nuestras latitudes. Las huelgas se extendieron a otros ámbitos no escolares y sumaron adherentes de todo tipo y color: se llamaron “Fridays for future”, y se reunían –lógicamente- los viernes en acciones de movilización y protesta. 

En este 2019 la semilla Greta sigue creciendo y ampliando su llegada. El 15 de marzo se llevó a cabo la Marcha mundial 15-M contra el cambio climático, ideada por el movimiento internacional que encabeza Thunberg. Las manifestaciones se hicieron presentes en varios puntos del planeta y mantienen un componente novedoso muy propio de su principal portavoz: son mayormente protagonizadas por jóvenes adolescentes sub 18. En esa oportunidad se hablaba de 125 países involucrados con alrededor de 2000 concentraciones; es decir, todo un evento mundial. Los viajes de la joven activista a los distintos congresos y ponencias fueron en barcos, trenes o medios de transporte menos dañinos, evitando el uso de gases propios de los aviones. Esa curiosa alternativa fue parte de la campaña en sí misma.

Hace menos de dos semanas, Greta participó de la Cumbre sobre la Acción Climática de la ONU (Organización de Naciones Unidas) en Nueva York y lanzó incómodas declaraciones. Con una mueca de enojo y angustia unificadas, la joven lanzó la pregunta “How dare you?” al elenco allí presente, que rápidamente se convirtió en la más viral de sus expresiones. “Estamos al comienzo de una extinción masiva, y de lo único que pueden hablar es de dinero y cuentos de hadas del crecimiento económico eterno. ¿Cómo se atreven?” fue el cierre de su intervención.

El pasado 27 de septiembre, a pocos días de ese episodio, se realizó la tercera Huelga Mundial del Clima. Participaron más de 160 países y sólo Argentina tuvo 30 focos de movilización al respecto. Ese viernes, en Buenos Aires los jóvenes coparon las calles porteñas con pancartas y colores.

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El presidente de Rusia, Vladímir Putin, se desquitó este martes en el foro “Semana Energética de Rusia”, de cara a las declaraciones de la adolescente sueca ante un aspecto no poco importante del debate ambiental. Si bien Putin sostuvo que el hecho de “que los jóvenes y adolescentes llamen la atención sobre los problemas de hoy, incluidos los ecológicos, es algo correcto y está muy bien, Indudablemente, hay que apoyarlos” confesó que “no comparte el entusiasmo generalizado” ya que la joven ignora gran parte de los problemas reales que ostentan los países que no son del primer mundo: “nadie ha explicado a Greta que el mundo moderno es complicado y multidimensional. Se desarrolla rápidamente y la gente en África o en muchos países asiáticos quiere vivir al mismo nivel de riquezas que Suecia, ¿y cómo puede conseguirlo? ¿Utilizando la energía solar que hay en abundancia en África? ¿Le ha explicado alguien los costos?”

Este debate suscitado por Putin surca también nuestro continente: ¿se debe priorizar el desarrollo de las fuerzas productivas para la obtención de mayores niveles de igualdad social dentro de los países, y posteriormente la búsqueda o al menos el reemplazo del modelo extractivista por uno menos dañino con el ambiente; o por el contrario, es necesario priorizar la cuestión medioambiental incluso a costas de no abastecer las necesidades primarias de la sociedad, sobre todo de las clases históricamente excluidas? Es posible que no haya una respuesta certera ni sencilla de articular. Pero lo que sí definieron a groso modo los gobiernos latinoamericanos de los últimos 15 años (desde los más avanzados procesos llamados socialistas del siglo XXI, hasta los de corte centro-progresista) fue una cuestión en común: priorizar el consumo interno y la maquinaria de acceso a bienes, por más que significara profundizar muchas veces los modelos de saqueo ambiental. Tampoco resulta sencillo criticar esta decisión cuando lo que está en juego son los urgentes niveles de inequidad extremadamente acentuados. Pero que el problema sigue allí, sigue allí.

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El debate acerca de si es genuina la postura de Greta o una manipulación de intereses que utilizan ciertos sectores “del capitalismo verde” para generar no-se-sabe-bien-que, es válido en tanto que las aristas no necesariamente se contradicen entre sí.  Por un lado, es cierto el sesgo colonial -y de clase- que omite que las luchas medioambientales datan de hace bastante tiempo y desde varios sectores, entre ellos comunidades indígenas u originarias, campesinos o pueblos afectados, priorizando una vez más ciertas luchas por sobre otras, y ciertos actores (blancos, europeos, clase media) por sobre otros (negros, latinos, pobres).  Sin ir más lejos, en América Latina el índice de asesinatos vinculados a problemáticas socio-ambientales es muy alto: de las 164 personas asesinadas por defender sus tierras alrededor del mundo durante el 2018, más de la mitad corresponden a nuestro continente. 

Por otra parte, el debate sobre la crisis medioambiental es urgente y necesario. Más allá de cómo se instale, no es menor el hecho de que estos temas comiencen finalmente a ser parte de la agenda, no solo de los gobiernos sino de la opinión pública y las ciudadanías en general.

Como siempre, corremos ciertos riesgos y es allí donde hay que estar atentos. Clarín, por ejemplo, se puso a tono con la temática y apuntó en su edición del martes 2 de octubre –no por casualidad en su suplemento “Entre mujeres”- a los cambios personales que cada individuo (¿mujer?) de bien puede realizar por el medio ambiente. “El cambio climático es el resultado de una sumatoria de malas decisiones en lo grande y en lo pequeño. No podemos ignorar que nuestras acciones cotidianas y estilos de vida impactan en el desarrollo económico y los tipos de producción” afirma el gran diario argentino, igualando de forma más que dudosa la responsabilidad personal de cada individuo con los grandes procesos predatorios y las empresas que han impuesto el uso de productos y envases descartable con tal de maximizar ganancias. La nota se titula “Consumo consciente: 10 acciones inspiradas en Greta Thunberg para luchar contra el cambio climático” y aquí quizás radica la mayor critica de parte de muchos: la invisibilización de las responsabilidades e igualación de las prácticas. La crítica tampoco pretende evadir los consumos personales (que siempre es preferible aborden una perspectiva crítica y sobre todo consciente); pero si considera sustancial poner el acento en lo colectivo y sistémico del problema. De todas maneras insistimos: que se hable tarde y recortado es mejor a que no se hable. Y que lo encabezan los jóvenes es un signo más que alentador; es preferible que “la moda” sea cuidar lo que nos queda de planeta.

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Hace tres meses estuve en Suecia y charlando con una madre nórdica que rodea los 40, me explicaba sus planes de viaje con su hija pre adolescente. Nos contaba a mí, y otra amiga en común, que harían todo el recorrido en tren, que por cierto era bastante más largo y tedioso. Creí que tendría que ver con los costos o la forma de apreciar el paisaje, hasta que la mujer me explicó tajantemente que no: su hija estaba en contra de viajar en aviones por la contaminación del aire y ella –su madre- había decidido apoyar tal decisión. Por mi parte, nunca había tomado esa dimensión como un elemento tan crucial, menos como una variable a modificar para mis escasos planes de vuelo.

Varios meses después, y aquí -en la otra punta del mundo- me vengo a enterar que la movida de los jóvenes suecos tiene bastantes adherentes empezando por su impulsora Greta Thunberg. ¿Será que esta vez los hijos explicarán a sus padres qué hacer para salvar lo que queda de mundo? ♣♣♣