“God Bless America”

“God Bless America”

Por Lucía Sabini Fraga

No eran pocos los que esperaban este cambio de gobierno: si algo logró Donald Trump fue generar rechazos de todo tipo. La asunción de Joe Biden, el presidente numero 46 del país del norte, estuvo rodeada como pocas veces de temores y recaudos por parte de las autoridades. 25.000 guardias nacionales fueron reclutados para blindar la ciudad de Washington y los alrededores del Capitolio, donde tomaron juramento el nuevo presidente y su vice, Kamala Harris, primera mujer en llegar a ese puesto. A falta de público presente -más allá de los 1000 invitados específicos con protocolo de distancia social- sí se colocaron 200.000 banderitas estadounidenses, fiel a su estilo.  

El presidente saliente Trump, no quiso quedarse a participar del acto de traspaso (como lo hicieron Clinton, Obama o Bush) y abandonó la Casa Blanca horas antes para dirigirse a su lujosa mansión en Florida. Como un nene caprichoso que le sacaron el joystick y se fue al cuarto cerrando la puerta fuerte, rompió un protocolo pocas veces alterado: la última vez fue Richard Nixon en 1974, y anteriormente había sido por parte del demócrata Andrew Johnson allá por 1869. De todos modos, partiendo de la base de que el exmandatario ve en los resultados un fraude electoral, su comportamiento fue bastante coherente con esa hipótesis.

Respecto al acto de asunción no hubo sorpresas y eso era lo que en definitiva se buscaba: algo predecible. Un discurso medianamente corto, con reiterados llamados a la unidad -con un fuerte guiño a los republicanos- y una vuelta a la “grandeza” norteamericana, encarnada en la idea de faro democrático del mundo. De todas maneras, si algo quedó demostrado en los últimos tiempos en Estados Unidos y sobre todo a partir de la presidencia de Trump (tanto su llegada, como su mandato, y su propia salida) es que ese aspecto es más slogan que realidad. Como varios analistas vienen señalando: EE.UU es un país con un fuerte desarrollo de las libertades individuales, que no es lo mismo que un país democrático.

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Los elementos quizás más distintivos del discurso fueron la alusión al “terrorismo doméstico” y el freno al “supremacismo blanco y al extremismo”. Acostumbrados a escuchar el concepto de terrorismo siempre situado en territorios ajenos -preferentemente árabes o en menor medida latinos como Cuba o Venezuela- es al menos llamativo que, por esta vez, sea por un reflejo del descalabro social interno.

Durante los últimos años y este 2020 en particular, la sociedad estadounidense cristalizó como pocas veces la cuestión del racismo con el fenómeno Black lives matter, y no fue casualidad que fuera bajo gestión trumpista; un fiel representante de los sectores blancos, racistas y ricos del país. Grupos sociales que muchas veces no se reconocen como tales, o que tampoco pertenecen a sectores particularmente adinerados; pero que se posicionan con una perspectiva de clase ajena y son meramente aspiracionistas. “Las ideas dominantes son las ideas de la clase dominante” decía hace tiempo el viejo Marx.  

Biden tendrá que lidiar con una economía cada vez más endeudada, una pandemia en avance y una disputa internacional por una hegemonía que ya no es lo que era. Pero también con el legado de un Trump que ya anunció que volverá pronto: muchos seguidores del expresidente ya estaban allí -porque siempre estuvieron- pero gracias a los últimos cuatro años pudieron identificarse con el líder y renacer en formato político. Un EE.UU que parecía superado luego de la guerra de secesión, renació de la mano de un outsider que rompió el modelo binario demócrata/republicano y que ahora habrá que volver a armar. Algo hay que reconocerle: Trump se escudó en una brutal franqueza; no muy habitual en los demócratas o la dirigencia política en general. Joe Biden prefirió un discurso medido, conciliatorio y pacífico: lo que todos veían necesario para los tiempos que corren.

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En cuanto a las primeras medidas, el efecto Trump también sirvió para mirar para adentro y tratar de contentar a grandes sectores de la opinión publica. Más allá del ingreso nuevamente al Acuerdo de Paris (del que Trump huyó apenas pudo), la administración entrante desplegó una gama de propuestas sociales para activar este mismo mes, un país en crisis: un proyecto de ley de inmigración, la creación de millones de empleos sindicalizados y de remuneración acorde, un decreto para evitar las ejecuciones hipotecarias y una extensión de la moratoria para el pago de los créditos para la educación universitaria.

Luego de una año difícil a nivel mundial, con el coronavirus pisándole los talones a muchos países entre los que se contabiliza el propio EE.UU como el mayor afectado (24 millones de contagios y 400.000 muertes); el gobierno de Trump no logró cosechar suficiente adhesión a sus políticas para lidiar con la pandemia. Se caracterizó por negar el fenómeno y restarle importancia a la cuestión sanitaria, con gestos que asustaron a propios y ajenos. Sobre ese terreno avanzó Biden y ya decretó, por ejemplo, el uso obligatorio de barbijos en dependencias estatales.

En cuanto a la política exterior -la que siempre define- EE.UU, no dejará de ser el reflejo de lo que hace décadas viene construyendo: ya anunció que no mudará la sede de Jerusalén y la seguirá reconociendo como la capital de Israel, y en pocas horas reconoció a Juan Guaidó como el presidente interino de Venezuela. De todas maneras, se esperan ciertos gestos para la pequeña isla de Cuba y un mejoramiento en las relaciones con la Unión Europea. En definitiva, se abre una nueva etapa para EE.UU y para el mundo; en un momento que tiene como sello de época, lo impredecible. ♣♣♣

#PA.