No hay dos sin tres: a 90 años de la Segunda República Española

No hay dos sin tres: a 90 años de la Segunda República Española

Por Lucía Sabini Fraga


Fue, salió, y volvía a ir: en su historia, España se consagró dos veces República. En ambas ocasiones, los procesos sufrieron golpes de Estado que restablecieron el sistema monárquico. El pasado miércoles 14 de abril se cumplieron 90 años del inicio de la última de esas experiencias -la Segunda República- y el debate quedó otra vez encima de la mesa: en pleno 2021, la discusión por la democracia y su significado permanece abierta.

En un país sumamente dividido políticamente como España, y con un gobierno cuya parte minoritaria de la coalición es abiertamente defensor del sistema de gobierno republicano, se produjeron interesantes expresiones de cara a un nuevo aniversario de la II República.

Desde la fuerza de PODEMOS, Pablo Iglesias –en plena campaña por la Presidencia de la Comunidad de Madrid– participó de un emotivo homenaje en el cementerio del Este para recordar a las víctimas republicanas asesinadas durante el golpe de Estado de Francisco Franco. Por su parte, el presidente del gobierno, Pedro Sánchez del PSOE, ofreció igualmente un guiño a favor de la conmemoración y expresó en el Congreso este miércoles: “Aquel ambicioso proyecto buscaba la modernización del Estado y de la sociedad, la consolidación de la paz, la derrota de la dictadura y anteponer el valor de la democracia”.

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Bandera roja, amarilla y violeta

La primera República en España tuvo una corta vida. Se extendió desde el 11 de febrero de 1873 hasta fines de 1874 y no estuvo exenta de la inestabilidad de aquellos años: en los primeros once meses hubo cuatro presidentes; todos miembros del Partido Republicano Federal. Existía en el viejo continente un clima de época propicio para la instauración de este sistema, al tiempo que las últimas experiencias de reinados con Fernando VII e Isabel II habían resultado un fracaso. En ese contexto también se desarrollaban, en paralelo, otros conflictos bélicos y políticos -como la Tercera Guerra Carlista, la sublevación cantonal y también la Guerra de los Diez Años Cubana– que torcían los destinos del país.

Interesante las palabras del político republicano Emilio Castelar en su discurso de aquellos días, para entender el sentir de la época: “Con Fernando VII murió la monarquía tradicional; con la fuga de Isabel II, la monarquía parlamentaria; con la renuncia de don Amadeo de Saboya, la monarquía democrática; nadie ha acabado con ella, ha muerto por sí misma; nadie trae la República, la traen todas las circunstancias, la trae una conjuración de la sociedad, de la naturaleza y de la Historia. Señores, saludémosla como el sol que se levanta por su propia fuerza en el cielo de nuestra Patria”.

Sin embargo, la experiencia no prosperó. Finalmente, un general de apellido Pavía, dio un golpe militar instaurando una etapa de transición y ubicó al General Serrano (líder del conservador Partido Constitucional) al mando del país. El proceso deparó en la restauración de la monarquía: el 29 de diciembre de 1874, Alfonso XII -el hijo de Isabel II- fue proclamado Rey de España.

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La denominada “Segunda República” también tuvo una vida corta -aunque no tanto como la primera-, pero sin dudas intensa. Se erigió en abril de 1931 (en primera instancia, tras unas elecciones municipales donde los concejales a favor de la República en todo el país ganan por enorme diferencia) y como corolario de una época de intensa agitación social y rebrote de ideas revolucionarias. La primera etapa fue presidida por Manuel Azaña y se caracterizó por llevar adelante reformas profundas y modernizantes al país. El reconocimiento de los derechos humanos en el ordenamiento jurídico fue acompañado por un ordenamiento democrático del Estado: ampliación de los derechos individuales y sociales, derecho al sufragio -que desde 1933 incluyó a las mujeres-, la conformación del Congreso de diputados (poder legislativo) elegidos por voto directo, y la instauración del principio de elección y movilidad de todos los cargos públicos, incluido el jefe de Estado. El avance incluyó la separación de la Iglesia del Estado (laicidad de este último) acompañado por la eliminación de la religión en la vida política, la habilitación del matrimonio civil y del divorcio. El principio de igualdad de los españoles ante la ley, proclamaba al país como “una república de trabajadores de toda clase”. También se preveían las expropiaciones forzosas de propiedades y la posibilidad de nacionalizar los servicios públicos.

El segundo momento, políticamente más de derecha, se desarrolló desde 1933 a 1935 al mando del Partido Republicano Radical de Alejandro Lerroux, quien contaba con el apoyo de sectores religiosos católicos. En este lapso se intentó dar marcha atrás a varios de los logros conquistados, y por eso los sectores de izquierda fueron duramente reprimidos; como fueron los famosos sucesos de Asturias en octubre del 34’. Para ese entonces, también se había formalizado una coalición de espacios de izquierda que gana las elecciones generales de febrero de 1936 dando paso a la tercera etapa previa a la guerra: el gobierno del Frente Popular. En ese breve lapso se indultaron a los más de 30.000 presos políticos y sociales del período anterior y se intentó avanzar con una Reforma Agraria, entre otras reivindicaciones. En un escenario ya convulsionado y con varios intentos de golpes de Estado fracasados, la victoria de la izquierda y la restitución de las ideas revolucionarias vino a caldear aún más, los ánimos de la derecha monárquica y militar.

Solo cinco meses duró el gobierno del Frente Popular: las fuerzas del Ejército se alzaron en armas (al mando del general Francisco Franco como primera cara visible, junto a las figuras del coronel José Enrique Varela o el militar Emilio Mola Vidal, entre otros) dando inicio al estallido de la Guerra Civil, un período de tres años que condensó mucha violencia y luchas internas. Gran parte del pueblo civil, particularmente obreros y trabajadores rurales (en la década del 30’, más del 45% de la población activa española vivía y trabajaba en el campo) se alistaron en las filas de la República para defender lo que sentían como propio. Mucho se había ganado y mucho había para perder: que caiga la República era mucho más que perder la guerra.

El bando defensor incluía comunistas, socialistas, anarquistas, republicanos, así como trabajadores rasos; composición que implicó en los hechos también divisiones internas muy cruentas y que ahogaron por momentos los propios objetivos. Pero al mismo tiempo, es importante señalar la confluencia de brigadas internacionalistas que acudieron a España para apoyar la incipiente democracia con tono rojizo: se calcula que alrededor de 40.000 voluntarios extranjeros de más de 50 países participaron de la contienda junto al Ejército Republicano.

En definitiva, el escenario de confrontación militar no fue sólo de españoles, sino un laboratorio mundial a pequeña escala. La Segunda Guerra Mundial estaba a un paso (de hecho, estalló tan solo cinco meses después de finalizada la Guerra Civil) y los países en pugna del llamado “bando aliado” decidieron optar por una política de “no intervención” que, en los hechos, fue bastante relativa. Por su parte, las llamadas potencias del Eje ya habían hecho su apuesta por Franco y no era ninguna noticia su abierto apoyo a los sublevados, sobre todo en términos militares y logísticos. En España no se peleaba sólo contra el fascismo, se jugaba una parada ideológica importante y el hecho de que un gobierno de izquierda (además del ya existente bloque comunista de la URSS) pudiera asentarse en el poder, descompensaba a las burguesías europeas de un modo peligroso. Dejarlos perder y ser aniquilados fue hasta un respiro para muchos de sus vecinos. 

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Franco al gobierno, el terror al poder

El 1 de abril de 1939 la Radio Nacional de España, ligada a las fuerzas golpistas, difundía el último parte de la guerra en España: Madrid había sido la última ciudad en caer en manos rebeldes. Si durante la Guerra Civil las pérdidas humanas se contaron de a cientos de miles, la posguerra no dejó un panorama más alentador para el pueblo español. Sumado a la crisis económica continental y el trasfondo de la segunda guerra mundial, el hambre fue una constante en las mesas de millones de trabajadores. La dictadura franquista se empecinó con aquellos sobrevivientes del bando perdedor: se calcula que cerca de medio millón de españoles debió exiliarse, y entre 9 mil y 15 mil terminaron en campos de concentración nazis.   

La década del 40’ fue particularmente represiva y se calculan entre 150 y 188 campos de exterminio en el país, en donde fueron alojados más de 360.000 hombres y mujeres republicanos, muchos de ellos incluso utilizados como “esclavos de guerra” para la construcción de carreteras, infraestructura o monumentos. Según distintos historiadores, las personas ejecutadas oscilan las 50.000 durante la época de postguerra: “Franco fue responsable de la represión que constituyó el holocausto español”, explica el historiador inglés Paul Preston. El gobierno se encargó no solo de castigar a cualquiera que haya formado parte de la aventura republicana, sino que aquellos sobrevivientes debieron vivir escondidos y sobre todo, callados; prácticamente avergonzados de su pasado.

Un diálogo memorable, retrata el pensamiento de Franco al respecto, mucho antes de terminada la guerra. En una entrevista concedida a Jay Allen, uno de los más famosos corresponsales estadounidenses en Europa, éste le pregunta sobre sus planes a futuro, unos meses antes del golpe del 36’. “No puede haber ningún acuerdo, ninguna tregua. Continuaré preparando mi avance hacia Madrid. Avanzaré. Tomaré la capital. Salvaré a España del marxismo a cualquier precio. Muy pronto, mis tropas habrán pacificado el país y enseguida todo esto parecerá sólo una pesadilla”, contestó el Generalísimo. El periodista retrucó rápido: “¿Significa eso que tendrá que fusilar a media España?”. Franco sonrió plácido y contestó sin dudas: He dicho a cualquier precio”.  

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La dictadura franquista duró -oficialmente- 36 años, hasta la muerte de su líder el 20 de noviembre de 1975. Pero la monarquía quedó instaurada con más fuerza que antes: durante sus años en el poder, Franco fue desarrollando afinidades con la vieja corona quien le sucedería tras su muerte; tarde pero seguro. En 1969, el General Franco designó oficialmente a Juan Carlos como su sucesor y “Príncipe de España”; y seis años después, ya en su lecho de muerte, pidió a sus súbditos cuidado y protección para al futuro Rey de España, don Juan Carlos de Borbón.

La salida “transitoria” hacia la democracia tuvo más reparos y continuidades, que verdaderas concesiones democráticas y cambios en el régimen. Como señala el periodista Mariano Vázquez en su artículo “Derrocando al Rey”, “el 9 de octubre de 1976, siete ex ministros de Franco inscribieron como flamante partido a la Alianza Popular, que en 1989 se transformaría en Partido Popular. En 1977, en su congreso fundacional, los 3.000 participantes dieron cuenta de su ideario político al gritar a viva voz: “¡Franco, Franco, Franco!”. La verdadera fecha de nacimiento del partido de los Aznar y Rajoy es el 18 de julio de 1936”, sentencia el periodista.

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¿Y ahora qué?

Hoy en día, el debate apunta a contrastar una verdad histórica: la II República se instauró de un modo democrático, y fue derrocada por una dictadura que recompuso la figura del Rey y el sistema monárquico. En ese sentido, es lícito pensar democracia y república como procesos sinónimos, en tanto la monarquía ha funcionado como engranaje del sistema dictatorial de las décadas pasadas. Tanto el Partido Popular, como desde su nacimiento los partidos de Ciudadanos o VOX, mantienen una postura marcadamente hostil al recuerdo de la República y sus miembros o referentes. Lo han expresado siempre que fueron gestión: como formas de desprecio hacia aquella aventura democrática, han quitado placas, removido memoriales, o retirado reconocimientos. En esa lucha, simbólica y no tanto, se juega hoy la política española. ♣♣♣

#PA.