Elizabeth deja a la deriva un barco con un capitán débil

Gran Bretaña está más pobre, atrasada y desunida que hace 70 años, y Carlos III no parececontar con la fortaleza para restaurar la unidad del Reino y la Commonwealth, y acabar con las aventuras externas.

Por Eduardo J. Vior

La muerte de la reina Elizabeth II no fue sorpresiva. Se la esperaba desde hace algún tiempo. Tenía 96 años y su salud, siempre fuerte, había decaído, especialmente desde la muerte del Príncipe Philip el año pasado. Había sido menos visible públicamente, asumiendo obligaciones más ligeras. Todos sabían que este momento se acercaba.

Charles nunca quiso asumir el trono y parece un monarca de transición. La desaparición de una reina fuerte, que amalgamaba las dispares facciones de la oligarquía británica y mantenía la lealtad de los 51 miembros de la Comunidad Británica de Naciones (la Commonwealth) plantea fuertes dudas sobre la supervivencia del Reino.

La muerte de la monarca supone una pérdida personal para sus allegados y millones de súbditos que nacieron, crecieron y murieron durante el reinado más largo de la historia británica, que se prolongó por más de 70 años. Ella ejerció una fuerte influencia amalgamadora de países e intereses que en otras circunstancias habrían seguido rumbos divergentes. Tanto más se sentirá su ausencia.

La vida de la Reina abarcó toda la historia de la Gran Bretaña moderna. Nació cuando su país gobernaba un imperio global de unos 600 millones de personas. Murió reinando un país mediano del norte de Europa sumido en una profunda crisis e involucrado en aventuras externas que exceden sus fuerzas. Vino al mundo antes de que todos los adultos británicos tuvieran voto.

A los 10 años fue testigo de la abdicación de su tío, el Rey Edward VIII, lo que la convirtió en heredera del trono. A los 14 vivió la amenaza existencial que supuso para la nación la caída de Francia. Como monarca, su primer ministro fue Winston Churchill, quien ya en 1898 había participado en una carga de caballería en Omdurman, Sudán, y ella ya llevaba 23 años en el trono, cuando nació su actual primera ministra, la decimoquinta de su reinado. Este largo siglo de hundimiento del Imperio más grande del mundo es el período a tener en cuenta, para analizar la vida y reinado de Elizabeth Alexandra Mary Windsor más allá de las anécdotas.

En 1953 (al año de estar en el trono) fue ungida reina en la primera coronación televisada. Desde el inicio demostró una gran capacidad de adaptación a la decadencia del poder imperial. Consiguió combinar en su persona la remota dimensión sacramental de la monarquía británica con una aceptación realista de que su posición se apoyaba en fundamentos más seculares. En este sentido, proporcionó una innegable sensación de estabilidad, mientras su país cambiaba internamente y se hacía más débil en lo externo.

A pesar de los múltiples escándalos familiares, que aquí no interesan, siempre trató de separar entre la esfera privada y la pública. Aunque influyó fuertemente sobre la política de los sucesivos gobiernos, tanto a través del Consejo del Reino que la asesora como mediante sus encuentros semanales con los primeros ministros, logró que se echara un manto de silencio sobre sus intervenciones políticas y mantuvo la imagen de “madre de la Nación”. Por el contrario, siempre demostró cuidar celosamente la unidad de las cuatro naciones del Reino Unido.

Aún más duradera fue su importante participación en la retirada del Imperio. Ésta había comenzado con su padre, cuando India se liberó en 1947. Pero, a partir de 1957, cuando Ghana se independizó, muchas de las “posesiones” que la Reina había jurado gobernar en la coronación pasaron a ser autónomas, aunque la mayoría permaneció dentro de la Commonwealth. La agrupación postimperial importaba a la Reina y no está claro cómo sobrevivirá a su muerte. Ella fue su “pegamento invisible”.

El ex primer ministro John Major dijo una vez: “La relación de la Reina con la Commonwealth es intensamente personal. Sólo hay que ver a los jefes de gobierno de la Commonwealth -y en particular a los de África- con la Reina para ver lo que piensan de ella y de la propia institución de la monarquía”.

La secretaría de la Commonwealth ha estado ocupada por una sucesión de secretarios generales de diversa calidad, pero siempre fue animada por la Reina. De hecho, ella fue adquiriendo cada vez más protagonismo en esta organización, convirtiéndola en su ámbito privilegiado de desempeño público.

De acuerdo al ex primer ministro australiano Bob Hawke, “en la Commonwealth la Reina es mucho más que una figura decorativa. Se puede hablar con ella sobre cualquiera de los 51 países asociados y mantener una conversación inteligente sobre economía y política. Se sumergió en la Commonwealth, hasta el punto de endurecer los comunicados del organismo”.

Al principio, la Reina sólo asistía a las recepciones previas a las cumbres, a veces recibiendo a los invitados en un yate real. Sin embargo, más allá del banquete, la Reina sostenía con los distintos jefes de Estado y de gobierno una agotadora lista de audiencias, como forma de mantenerse informada sobre la política africana. No obstante, recién en 1997 en Edimburgo asistió a la cumbre propiamente dicha, quizás una intervención útil tras la muerte de Diana, Princesa de Gales, y el declive de la popularidad de la monarca.

Sin embargo, el papel de la Reina como cabeza de la Commonwealth nunca estuvo respaldada por más que un título. No tiene ninguna función constitucional y no es, a priori, heredado por su sucesor. Esto se debe a que después de 1949, cuando India se convirtió en una república, hubo que abandonar la definición de la Commonwealth como grupo de países bajo un soberano común. Se decidió simplemente que la monarca se convirtiera de facto en jefa de la asociación.

Aparentemente el compromiso de años recientes para que Charles conserve ese rol será respetado. El monarca británico, de todos modos, mantiene un poder directo sobre los 14 países que, aunque independientes, lo reconocen como su soberano y donde es representado por un Gobernador General. Además de varias naciones isleñas del Caribe y del Pacífico, entre estos estados hay algunos importantes como Canadá, Australia, Nueva Zelanda y Jamaica. Se plantea, entonces, si el Rey Charles III será capaz de proporcionar el mismo “pegamento” que ella.

Elizabeth II ha sido corresponsable del desastre que deja: cuatro décadas de neoliberalismo han destruido la base industrial de Gran Bretaña, la infraestructura ha decaído, la desigualdad creciente ha separado a una ínfima minoría superrica de una mayoría abrumadoramente empobrecida, también entre las regiones y países han aumentado las diferencias. Escocia pretende repetir próximamente su referendo sobre la independencia e Irlanda del Norte tiende mayoritariamente a reunificarse con la República de Irlanda.

El Brexit ha liberado a la oligarquía británica para jugar su deporte favorito desde hace dos siglos: enfrentar a Rusia y a China, dividir a Europa y someter a Alemania, pero ha dejado a Inglaterra sin trabajadores baratos y ahora debe empobrecer aún más a los propios, para que sean empleables.

El Rey Charles III llega al trono a los 73 años siendo es a la vez el primer graduado universitario y el primer divorciado que reina en los tiempos modernos. Su carácter y sus debilidades son bien conocidos. Lo más inteligente que puede hacer es apresurar la transición y abdicar lo antes posible a favor del Príncipe William. La solución más sana –que renuncie a la monarquía y proclame la república democrática- es impensable en un país tan enfermo de nostalgia por el Imperio perdido.

Mientras tanto habrá que ver si el nuevo Rey acompaña el creciente empantanamiento de sus fuerzas armadas y su diplomacia en el lodo de Ucrania. A medida que las derrotas se suceden y el entrenamiento de las tropas ucranianas en Gran Bretaña se demuestra como inservible, el Estado Mayor insiste obcecadamente en aumentar el involucramiento. Si oficiales británicos han sido ya capturados por los rusos es un secreto que Moscú y Londres siguen custodiando para evitar un escalamiento mayor, pero pronto saldrá a la luz y el Rey no podrá permanecer en silencio.

Cuando la primera ministra de Escocia, Nicola Sturgeon, reclame (quizás en pocos meses) la autorización para celebrar un nuevo referendo independentista, el Rey también deberá manifestarse. Lo mismo sobre el diferendo con la Unión Europea en torno a la abolición por Boris Johnson de la aduana interna entre la isla mayor e Irlanda del Norte.

¿Qué sucede si Jamaica –como ha insinuado su gobierno- decide proclamar la República y desconocer al Rey como su soberano? ¿Qué hará el nuevo monarca cuando en otoño e invierno el frío y el hambre empujen las masas a las calles de la isla? ¿Tolerará impertérrito que cada vez más miembros africanos de la Commonwealth liguen su desarrollo económico a las inversiones chinas y rusas en infraestructura? Los conflictos en los que el Rey debe intervenir se agolpan en los próximos meses. Charles III no tendrá período de gracia.

La monarquía, construida sobre un sistema de privilegios hereditarios, es un anacronismo en la era moderna. Estos serán días de solemnidad, pero pronto la realidad de un mundo postimperial irrumpirá en los cuidados salones de Londres. Será el momento adecuado para que la oligarquía y los pueblos del Reino Unido discutan con seriedad si quieren marchar juntos, sin descartar a priori ninguna opción y sin el habitual autoengaño hipnótico sobre la existencia de la monarquía y la unidad de un reino forjado con hierro y fuego. ♣♣♣

#PA. Télam.

11 de septiembre de 2022.
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