El rol social del trabajador cada vez más desdibujado

El rol social del trabajador cada vez más desdibujado

Por Lucía Sabini Fraga


Los desafíos laborales en un mundo de pandemia, precarización y pluriempleo. La pérdida de derechos que trae la informalidad y las condiciones de trabajo subóptimas son problemáticas que deben ser abordadas por los mismos trabajadores, los Estados y el sector privado.

Para conmemorar un nuevo aniversario del 1 de mayo (Día Internacional de los trabajadores y trabajadoras) la Organización Internacional del Trabajo (OIT), -y en sintonía con todos los gremios y sindicatos u organizaciones ligadas al mundo del trabajo- lanzó un mensaje de cara a una fecha emblemática en todo el mundo. Su director general, Guy Ryder, arrancó la presentación del siguiente modo: “Este año celebramos de nuevo el primero de mayo, Día Internacional del Trabajo, bajo el espectro de la pandemia de COVID-19”, cometiendo dos errores llamativos: hablar de celebración y del día del trabajo.

Pareciera que a esta altura no hace falta explicarlo o reflexionar acerca de su origen, pero quizás sí: el primero de mayo recuerda una tragedia, por lo tanto, es una conmemoración, no un “festejo”. La fecha se estableció durante el Congreso Obrero Socialista de la Segunda Internacional (compuesto mayormente por socialistas y laboristas, espacios políticos que nucleabas enormes sectores obreros) llevado a cabo en la ciudad de París (Francia) en 1889 y en homenaje a los llamados “Mártires de Chicago”. ¿Y quiénes fueron esos mártires? Luego de una histórica huelga del 1° de mayo de 1886 en esa ciudad estadounidense y de una enorme revuelta pocos días después exigiendo mejoras en las condiciones de trabajo en las fábricas, fueron apresados y acusados 31 activistas. Gracias a la prensa amiga del poder y un vergonzoso despliegue judicial en su contra, 8 trabajadores fueron condenados; 5 de ellos a pena de muerte en la horca. Finalmente, la pena máxima capital se aplicó sobre cinco jóvenes el 11 de noviembre de 1887, varios de los cuales eran oriundos de Alemania, de profesión periodistas y todos de ideología anarquista. El mensaje era claro: silenciar y amedrentar a sus pares en la lucha que los había encontrado en las calles y que exigía -entre otras cosas- la jornada laboral de ocho horas; algo que hoy día -mal que bien- consideramos normal.

Volviendo a los discursos alusivos a esta fecha 132 años después, el presidente de la OIT continúa su alocución, aludiendo al contexto mundial con la aparición del COVID-19 y las consecuencias económicas y sociales sobre las y los trabajadores. No se equivoca, cuando señala que son los sectores más vulnerables y débiles, quienes se ven más damnificados en este año y monedas de pandemia y medidas de restricción a lo largo y ancho del mundo. Un mundo más desigual es una realidad lamentablemente cada vez más evidente.

La OIT llama a los gobiernos a actuar a partir de algunos ejes: la generación de empleo, la garantía de condiciones de trabajo dignas para todos, la extensión de la protección social y la protección de los derechos en general. Como suele suceder con este tipo de organismos, los ejes se centran en las acciones que los Estados deberían llevar a cabo, cargándolos de mayor responsabilidad y compromiso para el diálogo social, pero en un contexto donde su rol es altamente cuestionado por el sistema productivo. ¿Debe el Estado correrse de la regulación, de administrar los servicios y bienes públicos en pos de la libertad empresarial, pero al mismo tiempo, asumir la protección social de los ciudadanos y garantizar la generación de empleo, sin convertirse en los que muchos denominan “la fábrica de empleo público”? Parece una ecuación difícil de resolver.

La mayoría de las demandas de cara a la pandemia y sus consecuencias se han concentrado en los recursos del Estado, y poco en los ámbitos privados, que, sin embargo -se ha demostrado- han logrado en varias áreas robustecer sus ingresos y performances. El ejemplo de la producción de la vacuna contra el COVID-19 y la negativa privada empresarial de liberar las patentes, puso de manifiesto el inmenso lobby de las farmacéuticas a nivel mundial. Mientras tanto, los países y sus Estados deben garantizar a como de lugar (aunque eso implique sumas totalmente desproporcionadas de dinero) el acceso a tal remedio, para no ser condenados mundialmente.

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Pareciera que, más que nunca, el rol del trabajador como sujeto social de derecho está desdibujándose. En este contexto, emerge con más fuerza la figura del trabajador independiente, no organizado y en permanente búsqueda de su desarrollo personal como motor de crecimiento; en desmedro del sujeto social transformador, parte de un colectivo que busca intereses comunes y lucha por ellos. En paralelo, también el mercado como natural asignador de recursos, versus un Estado colapsado y sin perspectiva a futuro.

Los gremios y sindicatos formales reúnen a cada vez menos trabajadoras y trabajadores; eso guarda directa relación con el mayor nivel de informalidad laboral que evita la vieja y conocida sindicalización por sectores. El hecho de que muchas profesiones -como el periodismo- hayan mutado a servicios “multifunciones” donde el mismo empleado cumple o ejecuta diversas tareas o quehaceres, ya atenta contra el concepto primero del gremio de oficios.

Además del poli rubro, también está el poli lugar: muchos trabajadores deben cada vez más acumular lugares de trabajo distintos, que se suman y complementan con el fin de conformar un sueldo más o menos digno. Ni hablar si ese lugar es Argentina, donde la inflación corre siempre por delante de los salarios que año a año carcomen el poder adquisitivo del bolsillo laburante: en el 2019, el porcentaje de inflación anual alcanzó el 53,83%, durante el 2020 un 36,15%; y este 2021 ya roza el 42%. Ir corriendo de un trabajo a otro, atenta contra cualquier espacio de socialización gremial posible.

No es casualidad que en un contexto de reducción del trabajo formal, del aumento de la desocupación y del subempleo, hayan surgido espacios sindicales que intentaron agrupar a quienes históricamente no pertenecieron a esos espacios: los trabajadores informales. En ese sentido, la UTEP (Unión de Trabajadores de le Economía Popular) marca un modelo de organización inédito en un mundo cada vez más aggiornado a la lógica neoliberal y sus alfiles laborales: el emprendedurismo, “ser tu propio jefe”, la auto-explotación o demás metáforas engañosas. Recomendamos fervientemente al respecto, la película “Sorry We Missed You” (o su traducción “Lazos de familia”) del director inglés Ken Loach para graficar este escenario.

En definitiva, los viejos dilemas por los que aquellos mártires lucharon hace tantos años, mantienen una interesante vigencia: no textual, sino conceptual. No son ocho horas ni son fábricas; cambiaron los escenarios laborales -cada día más ligados al desarrollo tecnológico, el teletrabajo, o el homeoffice y se modificaron hasta los conceptos temporales, porque ya no importa si son ocho horas, sino la cantidad de veces que un trabajador desde desdoblarse mentalmente en un mismo día, para abarcar sus tareas y sus lugares de trabajo.

El pensador y economista Karl Marx -fundador de una de las escuelas de economía política más importantes de la historia moderna- escribió hace ya mucho tiempo, que el valor de una mercancía depende del trabajo socialmente necesario para producirla. Y que el valor que el trabajador le coloca a una mercancía en la acción productiva (puede ser un producto, pero podríamos pensarlo también en un servicio) se convierte en un excedente monetario al que llamó plusvalía. Esa plusvalía o plusvalor, es la ganancia del empresario -o del dueño de los medios de producción- y en definitiva es la esencia de la explotación. Los tiempos cambiaron, muchas cosas se modernizaron, unas cuantas se complejizaron; pero algunas mantienen una vigencia temerosa. Aun sin overol ni penas de muerte a la vista, los derechos laborales siguen siendo un desafío para el siglo XXI. ♣♣♣

#PA.