La DEA y el narcogolpe en Bolivia

La DEA y el narcogolpe en Bolivia

Por Fernando Oz

La crisis en Bolivia estalló el día después de los comicios generales del 20 de octubre, tras las denuncias de fraude contra Evo Morales, quien fue proclamado vencedor para un cuarto mandato consecutivo por la autoridad electoral. El pasado 10 de noviembre la Organización de Estados Americanos constató en un informe graves irregularidades en el recuento de votos y horas después Evo anunció su renuncia, tras casi 14 años en el poder, forzado por las Fuerzas Armadas, para al día siguiente salir asilado hacia México. El anuncio sumió al país en el caos, con una ola de violencia que llevó al ejército a salir a la calle en apoyo de una Policía desbordada.

La renuncia de Morales ha sido calificada de “golpe de Estado” por varios gobiernos y políticos latinoamericanos. En cambio, otros países reconocieron el gobierno interino de Jeanine Áñez.

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Una cultura ocultada

Pocos deben ser los bolivianos que se ven reflejados en las fotos y las publicidades de la revista Destinos que se encuentra en cada butaca la línea aérea estatal Boliviana de Aviación, creada hace doce años por el entonces presidente Morales. Lo mismo sucede con las propagandas de la estatal Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos (YPFB), una de las empresas más importantes del país.

El lunes 18 al mediodía, en el televisor de una de las salas de espera del aeropuerto de Santa Cruz transmitían un programa de juegos en los que jóvenes de cuerpos trabajados pasaban por diferentes pruebas de destrezas físicas y un grupo de chicas vestidas con calzas cortas y tops ajustados bailaban al compás de la música y sonríen a la cámara. Son rostros de casting, ninguno moreno, ninguno petiso, ninguno con los rasgos típicos del altiplano boliviano.

Un grupo de militares, armados como si fuesen a la guerra, caminaban entre los pasajeros que esperaban sus respectivos vuelos hasta que se frenaron frente a dos jóvenes que se encontraban junto a tres señoras vestidas con los trajes típicos de los pueblos originarios de la zona. Los uniformados les pidieron los tickets aéreos, los documentos, y les revisaron los bolsos.

De repente algo sucede y todos se vuelan al televisor. El programa de juegos había sido interrumpido por la presentadora de un noticiero que habla sobre un grupo de “terroristas” que bloqueaba una de las rutas hacia la ciudad de La Paz. Luego apareció la imagen de dos pelotones compactos de militares que avanzaban hacia los manifestantes. El cronista que se encontraba en el lugar tampoco dudó en llamarlos “terroristas”. Ese es el relato oficial que utiliza el gobierno interino para llamar a los que piden la renuncia de Áñez.

El cronista que relataba los hechos y su camarógrafo se encontraban en el lugar más seguro, es decir detrás del avance de las tropas. Las dos formaciones siguieron su marcha y lanzaron gases lacrimógenos. El efecto del ataque fue como quien patea un hormiguero, la muchedumbre se dispersó. La humareda cubría el horizonte y sólo se observaba una inquieta whipala, la bandera de las comunidades indígenas.

Los pasajeros y los militares que patrullaban la sala de espera quedaron mudos frente al televisor. Luego la imagen volvió al piso del noticiero, donde la presentadora agradeció al cronista y adelantó algunos de los titulares del informativo. La programación volvió a la normalidad con los jóvenes del casting. Sin embrago, el rostro de los pasajeros que se encontraban frente al televisor reflejaba una clara preocupación por la crítica situación del país.

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Bloqueos y desabastecimiento

Hasta hace unos días el traslado en taxi desde el aeropuerto El Alto hasta el centro de La Paz costaba entre 55 y 60 pesos bolivianos, pero el pasado lunes el precio había subido a 100.

“No hay combustible señor, no hay abastecimiento. Todo cuesta más caro ahora porque cuesta conseguir. Le pido que me disculpe”, dice Ramón mientras conduce su taxi esquivando escombros y basura. Los montículos de piedras, palos, hierros y gomas de auto chamuscadas que hay sobre las calles, cuesta abajo, camino a La Paz, parecen improvisadas obras de construcción de quienes protestan contra el “golpe de estado” que llevó a la legisladora Áñez a la presidencia. Y el cúmulo de residuos podridos en las esquinas es consecuencia a la interrupción de la recolección. “Disculpe señor, vamos por este camino porque es más corto. Si quedamos espere un ratito que pase otro taxi, me queda poco gas”, dice Ramón antes de poner el motor en punto muerto y conducirlo cuesta abajo, a oscuras, esquivando lo que aparezca, rumbo a La Paz.

Desde que estalló el conflicto los principales accesos a la capital boliviana fueron bloqueados por quienes aseguran que hay un “régimen autoritario”. El bloqueo no sólo impide el normal abastecimiento de gas y nafta, sino también de alimentos, especialmente productos básicos que no se producen en la principal ciudad del país.

Algunos precios de alimentos básicos han aumentado en los últimos días en La Paz, una ciudad de cerca de un millón de habitantes que depende del abastecimiento principalmente por carretera desde otros puntos del país, pero algunas vías llevaban días bloqueadas por las protestas.

–¿Era mala la situación económica cuando estaba Evo?

–No señor. Se andaba bien, había trabajo.

–¿Y qué opina que los militares lo hayan empujado a irse del gobierno?

–Muy bien señor. Él se quería quedar para siempre. Íbamos a ser como Cuba o Venezuela.

–¿Y porqué piensa eso?

–Disculpe señor, no puedo hablar. No puedo manejar así.

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Policías de cacería

Unas treinta personas corrían durante la tarde noche del lunes cuesta arriba por la calle Cardozo. Estaban siendo perseguidos por un grupo menor de policías armados. Una señora tropezó y fue atrapada en el momento. El resto frenó en la Plaza Eguino y lanzaron un contraataque con piedras. Rescatar a la señora de colorida pollera larga estilo campana resultó imposible y la resistencia terminó siendo emboscada por un escuadrón de policías motorizados que aparecieron de la nada por Avenida Pando. Otro grupo motorizado llegó por la calle Batalla de Tumusla y atacó la retaguardia de los que resistían en la plaza pese a la lluvia de gases lacrimógenos. Hubo confusión, gritos, estruendos. Junto a los policías motorizados había hombres vestidos con ropa común y armas cortas. Los detenidos fueron llevados a golpes y patadas hacia dos camionetas policiales que se encontraban estacionadas sobre la Avenida Manco Kapac. Los pocos que lograron escapar lo hicieron por la Avenida Illiampu.

El gas genera picazón en la garganta y alrededor de los ojos, ahoga, enceguece, produce ganas de vomitar. Correr sin respirar y sin ver lo suficiente resulta complejo, pero peor es quedarse a respirar ese infierno que entra por la nariz y la boca. El efecto puede durar entre tres y cinco minutos –todo depende de la cantidad de ese humo maldito que se haya inhalado– tiempo suficiente para ser agarrado de los pelos por la policía, o ser alcanzado por una traicionera ráfaga de postas de goma o, en el peor de los casos, por caliente proyectil de plomo. Siempre por la espalda. Era lunes y la semana recién comenzaba.

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La grieta boliviana

La marcha que realizaron, el pasado martes, los profesores y alumnos de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA) –pública y gratuita– por la Avenida 16 de Julio fue un reflejo de la grieta que hay en la sociedad boliviana.

La ancha avenida está partida a lo largo por el bulevar Paseo de El Prado. De un lado marchaban quienes decían estar a favor de la presidenta interina. Llevaban banderas blancas y pedían paz, a la cabeza iba Waldo Albarracín, rector de la UMSA. Y del otro lado del paseo avanzaban quienes se manifestaban en contra “del golpe” y del “régimen dictatorial de Áñez”, con la consigna: “no hay paz si hay muertos”.

R.M. se encontraba entre quienes gritaban “hermanos Aimara, la UMSA está contigo, hermanos campesinos la UMSA está contigo”, tiene 22 años y es estudiante de ingeniería ambiental. “Primero decían que pedían para que haya democracia y ahora piden paz, pero no puede haber paz si se reprime al pueblo y al que piensa diferente. Si hay muertos nunca puede haber paz”, dijo la estudiante. Sus padres venden pollos y viven en una humilde casa en El Alto, una de las zonas más combativas de Bolivia, donde los policías y militares no ingresaban si no lo hacían a los tiros.

La marcha “por la paz” había sido convocada por el rector Albarracín, quien ordenó suspender las clases y cerrar todas las facultades para que los estudiantes pudieran participar. La convocatoria generó una contramarcha los alumnos y profesores que decían estar en contra del gobierno interino.  

“Nosotros no somos masistas, no estamos con Evo, primero quiero aclarar eso. Ahora le digo que vamos a luchar en contra de esta dictadura. La derecha tomó el poder por las armas y no por el voto popular”, explicó el estudiante F.L. antes de continuar gritando lo mismo que sus compañeros: “no hay paz si hay muertos”.

Los únicos que cruzaban el Paseo de El Prado eran los insultos que iban y venían. El estudiante de Economía J.C. explicó que en Bolivia “no hubo un golpe de estado” y que “primero hubo un fraude en las elecciones y el pueblo salió a la calle, por eso Morales renunció. Al renunciar él y la línea sucesoria próxima, la asamblea decidió que Jeanine Áñez se haga cargo provisionalmente del gobierno y haga un llamado a elecciones en donde nadie pueda hacer fraude. El único dictador es Evo Morales”.

La grieta boliviana marchaba hacia la misma dirección. Casi al final del Paseo de El Prado se encuentra una enorme estatua de Simón Bolívar montado sobre un caballo, con una espada que apunta hacia El Alto, la segunda ciudad más poblada de Bolivia, zona donde se estaba por desatar una masacre.

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¿La cola de la DEA?

El Alto es una ciudad con casi un millón de habitantes y se encuentra a casi 4.100 metros de altura. Es unos de los bastiones electorales de Morales. La ciudad está dividida entre quienes desean que regrese la normalidad y los que solo ven como salida a la crisis el retorne de su líder.

La manera más rápida de llegar desde el centro de La Paz hasta El Alto a través de los teleféricos, dicen que son unos de los más altos del mundo. La ciudad se encuentra al oeste del país, sobre una extensa meseta altiplánica. El monumento más importante es una mole de hierros retorcidos que forman la figura del Che, con una rodilla sobre una base de cemento y con un fusil sostenido por su mano izquierda. Al pie de la obra hay una placa de metal en donde se lee: “Al guerrillero heroico comandante Ernesto Guevara, Che, cuyo pensamiento guía el proceso de cambio y transformación en Latinoamérica. Y a unas cuadras hay un muro de cemento de unos 20 metros de altura la leyenda: El Alto de pie, nunca de rodillas.

A pocos kilómetros del centro de El Alto se encuentra la Planta de Senkata, una de las distribuidoras de gas más importantes de la empresa estatal YPFB. Mientras los estudiantes marchaban por el centro de La Paz, unas trescientas personas, que mantenían bloqueada una de las principales vías de acceso al predio, decidieron tomar las instalaciones. El ejército, con tres tanquetas y dos helicópteros, más el apoyo de la policía, desalojaron la zona a los tiros y con gases lacrimógenos. Entre los uniformados no hubo bajas, sólo algún que otro herido a causa de las piedras. Los manifestantes se llevaron la peor parte: dos muertos y decenas de heridos. Pero la masacre de Senkata llegaría horas más tarde.

La desenfrenada intervención militar no había hecho más que calentar el ambiente. Los manifestantes se replegaron por la misma ruta, a la altura del barrio 25 de Julio, a unos tres kilómetros de la Planta.

Cinco militares descansaban sobre los restos de uno de los muros de la Planta de Senkata. Se veían cansados pero atentos. Estaban fuertemente armados.

–Retírese, circule– gritó uno de los militares.

–Soy periodista. ¿Puedo sacar fotos?

–Avance– contestó el mismo uniformado.

Caminé unos metros y me pidieron que levante las manos. Uno de ellos me apuntó con su fusil FAL de culta replegable. Otro me quitó la mochila. El que parecía ser el de mayor jerarquía me pidió identificación. Le mostré el documento y un carnet de prensa.

–Es argentino. ¿Qué hace acá?

–Estoy haciendo una cobertura de lo que sucede.

–¿Cómo llegó hasta acá? Usted no puede estar acá.

–Llegué caminado, un taxi me dejó a un par de kilómetros y entré por atrás.

Me revisaron la ropa. El sol pegaba fuerte, el calor y el olor de gomas quemadas era insoportable. Les ofrecí la botella de agua que tenía en la mochila. Me agradecieron y comenzaron a pasarse la botella.

–Tenga mucho cuidado, le recomiendo que vuelva por donde vino.

–¿Hay heridos? ¿Hay detenidos?

–No podemos dar información.

–¿Ustedes qué creen que sucede? ¿Es una cuestión política? Algunos dicen que hay intervención de extranjeros, también dicen que es por el litio.

–Se dicen muchas cosas, pero pasan otras.

–¿Y qué cree usted que pasa?

–La prensa informa mal porque no conoce lo que pasa en nuestro país. Hay muchas cosas que ustedes no las saben. Creen que los culpables somos nosotros y hasta amenazan a nuestras familias.

–Estados Unidos y algunos políticos de acá dicen que Bolivia es un narcoestado.

–Desde hace años nuestro país es manejado por el narcotráfico. Todos los campos están sembrados de coca que no es nuestra coca, las hojas son más grandes, hay pistas de aterrizaje en todos lados.

–¿Puedo tomar nota?

–Diga la verdad, sea un buen periodista, para que se sepa que nosotros no tenemos que ver en esto. No saque fotos.

–Nosotros estamos en todo el país y vemos muchas cosas y no podemos decir nada, señor. La droga hizo esto– dijo otro de los militares.

El diálogo se puso interesante. Los militares se soltaron, culparon a sus propios comandantes, a los políticos de las diferentes fuerzas políticas. No se quejaron de Morales, dijeron que fue él quien equipó a las Fuerzas Armadas con nuevo armamento y que durante mucho tiempo no hubo problemas. También acusaron al expresidente haber permitido el crecimiento de los narcotraficantes y que luego todo se desmadró cuando se intentó “poner orden”.

–¿Usted dice que ahora se combate más al narcotráfico?

–Cuando se comenzó a hacer eso fue cuando comenzaron los problemas. Los que se dieron vuelta fueron los narcotraficantes, los políticos corruptos, la policía corrupta. Nosotros también somos parte del pueblo, nosotros no dimos un golpe de estado. El golpe lo dio la policía y mire lo que pasa ahora.

–¿Ustedes son de acá?

–Algunos. También se movilizó a otros para que vengan. Vinieron de todos lados. 

–No metió la cola el diablo, metió la cola Estados Unidos, la DEA señor. Ahora quieren que vuelva la DEA– dijo otro de los uniformados.

–¿Pero está bien o mal que venga la DEA?

–Mire México, mire Colombia. Acá hay muchos mexicanos, colombianos, venezolanos, peruanos. Millones de dólares, más que el gas, más que el litio, mucha droga.

–¿Y la DEA qué tiene que ver?

–No somos ignorantes, estudiamos. Van a traer a la DEA, vamos a terminar como Colombia. Se rompió un pacto. Usted cree que nos gusta estar acá.

El agua se había terminado junto con la charla. Se escuchaban tiros, sirenas, los helicópteros iban y venían. Los militares me agradecieron el agua. No culparon a Evo, no culparon a la gente a la que reprimieron. Culparon a la clase política, a sus propios jefes, a la policía, a la corrupción, a Estados Unidos. Posiblemente hayan dicho la verdad o no. Lo único seguro es que, en el fondo, ninguno de ellos quería estar en aquel lugar. Los cinco uniformados cargaban con la mirada de la resignada disciplina.

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La masacre de Senkata

Los militares que rodearon el pasado martes la parte norte del barrio 25 de Julio dispararon sobre los civiles que tiraban piedras con mala puntería. Las mujeres de coloridas polleras los insultaban desde lejos. Mientras tanto, en una de las salas de primeros auxilios del humilde caserío de Senkata se acumulaban los heridos y las ambulancias tardaban en llegar. Había gritos, llantos, faltaban los insumos médicos y los vecinos se movilizaban para buscar algodón y gasas. En el centro de atención que se encuentra unas cinco cuadras, ocurría lo mismo.

“Yo les pido por favor que paren esto. Ya militares, tengan piedad de su población”, había rogado una de las pocas médicas que se encontraba en el lugar. También dijo que los heridos llegaban “por multitud” y con heridas “de gravedad”. En aquel momento había un solo muerto en esa sala.

Minutos después del desesperado mensaje de la médica ingresó una nueva oleada de heridos de balas. Los enfermeros y paramédicos no daban abasto. Minutos después tres pacientes murieron desangrados, uno atrás del otro. Una ambulancia se llevó a otro en estado de gravedad y más tarde se supo que también murió. En las calles de Senkata se había desatado una masacre, sólo dos periodistas habían logrado entrar al barrio 25 de Julio, el cerco militar había impedido que otros reporteros llegaran a la zona. “Por favor señor periodista, digan la verdad, cuenten al mundo que están matando a nuestros hijos. Nos están masacrando”, rogó entre llantos una señora.

Fuera de la sala se escuchaban detonaciones y el vuelo rasante de los dos helicópteros que horas antes habían disparado gas lacrimógeno sobre los manifestantes que se encontraban en la ruta hacia la Planta de la estatal YPFB. Las noticias que llegaban por esas horas desde el Barrio Senkata 79 no eran alentadoras, se hablaba de decenas de heridos, y un número no preciso de muertos. Ir hacia aquel lugar era una tarea imposible, los vecinos decían que había fracotiradores.

Por la tarde noche, los vecinos de 25 de Julio decidieron llevar a los muertos a la capilla del barrio. Seis cuerpos habían sido tendidos sobre las banquetas del lugar. “Queremos justicia, Áñez asesina”, gritaban los pobladores. Del estado de salud de los heridos que habían sido trasladados a diferentes hospitales no se sabía nada, en el peor de los casos podían aparecer en el listado de muertos del lugar donde habían ido a parar.

La masacre que hubo el martes en Senkata terminó con ocho muertos, más otros tres que habrían fallecido en distintos hospitales. Según la Defensoría del Pueblo de Bolivia el número de víctimas fatales desde que se desató la crisis es de 32. Pero también hubo denuncias de personas que podrían estar desaparecidas.

Aquel mismo día el ministro de Defensa, Fernando López, acusó a los manifestantes de “terroristas” y dijo que durante el operativo que no se disparó ni un tiro.

Al día siguiente, la Defensora del Pueblo, Nadia Cruz, se trasladó a Senkata para tener la certeza de la identidad de los fallecidos y la cantidad de heridos. Y el secretario general de la ONU, António Guterres, reclamó una investigación “rápida, imparcial y exhaustiva” de las muertes de varias personas y pidió que las autoridades aseguren que las fuerzas de seguridad “cumplan con las normas y estándares internacionales sobre el uso de la fuerza”. Mientras tanto, miles de personas de otras provincias se trasladaron a Senkata para participar del velatorio de las víctimas y organizar una marcha hacia La Paz.

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Más represión

El jueves una gigantesca procesión partió de Senkata con tres de los féretros rumbo a La Paz. Fueron cuatro horas de caminata. “Añez, golpista, el pueblo no te quiere”, gritaban miles de hombres y mujeres, muchas de ellas cholas, indígenas aimaras, que consideran que la salida de Evo Morales de la Presidencia del país fue parte de un golpe de Estado. La marcha había ingresado al centro de La Paz como si fuese el caudal de un río incontenible, se apoderó de todas las vías de la avenida más importante de la ciudad hasta quedar en una de las calles cara a cara con el ejército, mientras que la cola de la movilización no terminaba de detenerse.

Un gesto simbólico fue cuando un grupo de manifestantes colocó uno de los ataúdes sobre una tanqueta militar. Fue la señal para que la Policía comenzara a lanzar gases lacrimógenos por todos lados, al extremo de que un par de féretros quedaron en plena vía mientras la gente corría por todos lados.

La Policía desbarató la imponente marcha conformada en su mayoría por decenas de miles de hombres y mujeres indígenas en cuestión de minutos, pese a la resistencia que mostraron algunos grupos que se ocultaron en algunas calles para hacer frente a los policías. Todo terminó de la peor manera, con cientos de detenidos y heridos, una vez más.   ♣♣♣

#PA.

Domingo 24 de noviembre de 2019.