La estrategia del gobierno chileno, a contramano de su propia política

La estrategia del gobierno chileno, a contramano de su propia política

Por Lucia Sabini Fraga

La estrategia sanitaria del gobierno chileno parece funcionar: en portales, noticieros y cadenas de todo el mundo, se repite la “excelente” campaña de vacunación que está llevando adelante el país vecino. La primera tanda de vacunas (de Pfizer/BioNTech) llegó como un regalo de Navidad el 24 de diciembre, y fue asignada a personal de salud, particularmente a quienes trabajan en las unidades de cuidados intensivos.

Pero el 3 de febrero comenzó lo fuerte: un ambicioso plan de vacunación masiva contra la covid-19, tras la llegada de casi cuatro millones de dosis del laboratorio chino Sinovac. El objetivo primero es inocular a la población de riesgo (adultos mayores, quienes poseen enfermedades crónicas, o quienes desarrollan trabajos esenciales) que representa alrededor de 5 millones de personas, de un total de aproximadamente 19 millones de habitantes. Esa primera etapa está diseñada para cumplirse entre los meses de febrero y marzo, para luego continuar con la población general mayor de 18 años.

El operativo fue de enormes dimensiones desde un comienzo: se habilitaron 1.400 puntos de vacunación que incluía, por ejemplo, a la Isla de Pascua en el medio del Océano Pacífico. El dato que demuestra la importancia que le dio el gobierno local de asegurarse la vacunación de su población, es la cantidad comprometida que firmó con cuatro laboratorios distintos: 10 millones son de Pfizer-BioNTech, 10 millones de Sinovac, y 15 millones entre AstraZeneca, Janssen (Johnson & Johnson) y la plataforma Covax, impulsada por la Organización Mundial de la Salud (OMS). Un total de 35 millones de vacunas para un país que tiene poco más de la mitad de población que esa cifra.

Desde temprano, el gobierno apostó por la diversificación de laboratorios y esa estrategia le rindió sus frutos. Chile se apresuró no solo en vacunar, sino previamente a realizar testeos masivos: es el país que más test PCR ha realizado según cantidad de habitantes en todo el continente americano, y numero 10 a nivel mundial; luego de países como España, Italia o Rusia.

Hoy, 10 diez después de comenzado el plan, ya hay vacunados más de un millón y medio de personas, prácticamente un récord. La campaña de inmunización gratuita y voluntaria, en un país donde el sistema de salud ha sido fuertemente cuestionado por sus costos y su calidad, resultó un gol de media cancha.

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“El modelo a seguir de la región”

La campaña arrancó desde el día uno: Piñera se movilizó aquel 3 de febrero hasta el sur del país, a la localidad de Futrono, para ser testigo de la vacunación de una mujer de 93. Y este viernes 12, el presidente de71 años, fue noticia nuevamente al ser vacunado con la primera dosis por ser mayor de 65. En declaraciones a la prensa, afirmó: “La vacunación masiva es la esperanza para recuperar nuestras vidas y abrazar a nuestros seres queridos”. Si algo necesitaba el primer mandatario y su gestión, era volver a ser considerado como el “modelo latinoamericano” y así mitigar el descenso estrepitoso no solo de su imagen y de las políticas neoliberales adoptadas en su gobierno; sino también del rol de las distintas fuerzas de seguridad del estado durante la crisis política que atraviesa el país.

Por mucho tiempo, Chile fue considerado un ejemplo de desarrollo económico en América Latina y ubicado como el parámetro de las buenas políticas. Por supuesto no para todos, pero sí para sectores importantes de la derecha o centro derecha continental (incluso progresistas), para medios de comunicación y otros tantos a actores sociales. Esa burbuja se rompió abruptamente en octubre del 2019: un auténtico levantamiento ciudadano – de proporciones desconocidas para ese país y de enorme resonancia para el mundo entero- mostro la otra cara del “modelo”. Por cinco calientes meses, las calles chilenas fueron casi campos de batalla y espacios de disputa. Como pocas veces se cuestionó puertas adentro -pero sobre todo desde el exterior- el comportamiento de las fuerzas de seguridad, las raíces del modelo neoliberal, la desigualdad estructural, el hartazgo por una democracia formal pero sumamente agresiva contra quienes protestan, entre otras discusiones.

La explosión de la pandemia en el mundo trajo un cambio de escenario también al continente: Chile al igual que casi todos los países, adoptaron medidas que restringieron la movilidad y el normal desenvolvimiento de las actividades. Con un estado de excepción que viene extendiéndose por demás, las distintas regiones del país sufrieron confinamientos parciales y rotativos según su situación epidemiológica.

Las elecciones del 25 de octubre pasado -el referéndum popular que definía la creación de una nueva Constitución o no; y cuyo resultado fue claramente mayoritario por el cambio- volvió a sacudir la frágil estantería. La gente había dejado de marchar en las calles de manera masiva, pero no se olvidaba de la crisis desatada un año antes. Con el correr del tiempo, la vida comenzó a parecerse un poco más a la que había sido previa al COVID: volvió cierto activismo, movilizaciones, e incluso comenzó tímidamente la campaña para la elección de los constituyentes que se celebrará al 11 de abril.

Orgulloso de su carrera, el jefe de gobierno chileno mete el acelerador y se acerca a los países de mayor registro de vacunación del mundo. Mientras que la media mundial es de 1,9 dosis por cada 100 habitantes, y en los países de la región se ubica Brasil con 1,94; Argentina con 1,18 y México con 0,56; Chile ya alcanzó el registro de 5,58 por cada 100 habitantes según estadísticas de la Universidad de Oxford. Por encima de la tabla mundial está Israel, con 69,46 dosis por cada 100 habitantes; mientras que el continente americano lo lidera Estados Unidos, con 13,53 dosis.

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La otra Chile

Esta misma semana, también se puede ver la otra Chile -la violenta e impune- por la que salieron a las calles tantos miles meses atrás. El jueves 11, hace dos días, fue puesto en libertad (estaba bajo arresto domiciliaria) el carabinero Juan González Iturriaga, quién asesinó hace una semana de cinco disparos al joven malabarista Francisco Martínez. La Corte de Apelaciones de Valdivia (al sur de Chile) decidió la liberación de González y únicamente le impuso el llamado “arraigo nacional” y la obligación de pasar a firmar cada 15 días por el juzgado; una resolución por demás leve para la excesiva utilización de fuerza con la que se desenvolvió el agente. Una vez más, aquí no ha pasado nada.  

Ese mismo día, también fue noticia que 138 migrantes -venezolanos y colombianos mayormente- que se encontraban varados en la localidad de Colchane, cercano de la frontera con Bolivia, fueron deportados. La explicación que dio el Ministro de Defensa chileno Baldo Prokurica, fue que su ingreso había sido en forma ilegal y que “pueden terminar dañando a nuestra gente, a nuestro país, con una sobrecarga en el sistema sanitario y en el sistema económico”. Todo lo bello que parecía el plan de vacunación masivo, se topa aquí con la realidad de los migrantes en Chile: desde Cancillería ya avisaron que no se podrán vacunar quienes sean turistas o migrantes irregulares. Las criticas no tardaron en hacerse escuchar: “El ministro Allamand acaba de empañar la única gestión buena de este Gobierno”, aseguró uno de los alcaldes de la oposición. “La vacuna es humanitaria. Hay grupos prioritarios para el orden de vacunación pero a nadie debe ser negada”, expresaron con enojo otros funcionarios.

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Piñera optó por ubicarse a la vanguardia en un tema sensible, que despierta preocupación a todo el arco político en general, y que suma un punto difícil de conseguir en la arena política: la casi inmunidad para ser objeto de críticas desde la oposición o la ciudadanía. Pero al mismo tiempo, una estrategia que encierra una paradoja: se implementó un sistema de cobertura “gratuita, universal y voluntaria”, en un país cuyo modelo de los últimos 40 años se erigió sobre el comportamiento opuesto: el del acceso restringido a cuestiones de salud, vivienda o educación, determinado según las capacidades socioeconómicas. Parece ser que, en verdad, las reacciones del ministro de Relaciones Exteriores Andrés Allamand no son exabruptos, sino una forma de mostrar la verdadera hilacha. ♣♣♣

#PA.