Deconstruir o destruir

Deconstruir o destruir

Por Federico García

Hay un concepto que a su vez constituye una actividad mental que desde hace tiempo es el escenario a través del cual se canalizan las nuevas-viejas discusiones públicas.

Sin embargo, la superficialidad con la que ha pasado desde la filosofía y la teoría literaria para servir como dispositivo de pensamiento en otras esferas de la vida social suprime a esta idea de sus valores fundamentales para cumplir su objetivo: entender los mecanismos generadores de sentido por los cuales construimos la aparente naturalidad en la que habitamos.

La deconstrucción, como la definió Jacques Derrida a mediados del siglo XX, no significa destrucción, como se desprende del vocablo original destruktion desarrollado por Martin Heideger y cuyo sentido literal han profesado y malentendido, casi como una doctrina, quienes creen que el nacimiento de un futuro mejor debe hacerse desde las cenizas.

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Los cultores de esta liviandad conceptual desconocen —o deciden ignorar— la dimensión estrictamente temporal de la actividad deconstructiva. Por eso le niegan al capitán de la selección argentina de rugby la posibilidad de cambiar, luego de nueve años de su historia personal, posiciones xenófobas, racistas y discriminatorias que volcó en sus redes cuando tenía 19 años. Y una deconstrucción sin temporalidad es, como mínimo, una paradoja.

Es verdad que implica una revisión del pasado, pero lejos está de buscar instalarse allí y considerarlo inmutable con el único fin de realizar un escarnio público a alguien que piensa distinto. Por el contrario, la razón que encuentra para remontarse al ayer es comprender el presente y lanzar un sentido nuevo hacia adelante, dejar de pensar de ciertas maneras que consideramos extremas, pero no porque sí, sino en un ejercicio de pleno autoconocimiento personal y social.

En ese horizonte, la deconstrucción conduce necesariamente a la idea de tiempo, porque se basa en recrear la historicidad del sentido común, en desmontar textos naturalizados y verdades absolutas. Entonces, si le negamos la facultad evolutiva a una persona en toda su individualidad, no podemos esperar que haya un cambio en la dimensión colectiva.

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No se trata de reducir a la nada todo aquello con lo que hemos nacido y que nos resulta normal —nacionalidad, religión, género, clase—, sino de analizar cómo se origina el conjunto de ideas que nos rodean de forma impersonal. Qué nos lleva a pensar en lo que se piensa, sentir lo que se siente, desear lo que se desea.

Justamente, deconstruir conlleva un proceso de desidentificación, se trata de una especie de combate con el “uno”, el anónimo, la totalidad de la que somos parte, pero no para destruirla, sino para exponer las implicancias de los sentidos generados en la distribución y ejercicio del poder. Es una manera de conocer algo oculto en el orden establecido y habilitar la posibilidad de que las cosas se acomoden de otra manera.

En esa lucha de imposición de sentidos, un militante de la deconstrucción es alguien que no busca saber quién es, sino dejar de ser el producto de otros. Por ello, desarmarse, desarticularse, desmontarse o, como diría Unamuno, autodevorarse es una práctica de politización, un camino evolutivo en el que llegamos a comprender que imponer la verdad es ejercer el poder y que, indudablemente y hoy más que nunca, lo personal es político.   ♣♣♣

#PA.