Campaña electoral: Siete lecciones de la victoria de Biden y Ha­rris

Campaña electoral: Siete lecciones de la victoria de Biden y Ha­rris

Por Luis Antonio Espino

La derrota electoral en Estados Unidos de Donald Trump, a manos del exvicepresidente Joe Biden, puede leerse como un primer dique de contención para frenar el avance de la ola populista en América Latina, representada por liderazgos como los de Jair Bolsonaro y Andrés Manuel López Obrador en Brasil y México.

Es cierto que no se pueden sacar conclusiones apresuradas ni recetas aplicables en automático a países con realidades, instituciones y culturas políticas distintas de las de Estados Unidos. Pero también es cierto que las estrategias electorales de ese país siempre son seguidas con gran interés por los especialistas en comunicación política para aprender de sus aciertos y errores. Bajo esa luz, se pueden plantear siete lecciones para enfrentar al populismo.

  • El populismo no tiene el monopolio de la emoción en la política

Con frecuencia se piensa que los populistas poseen un don único para activar las emociones de sus seguidores a través de narrativas efectivas. Pero la campaña del hoy presidente electo, Joe Biden, también construyó una buena narrativa: la del político que decidió regresar a la lucha electoral ante los eventos de Charlottesville de 2017, cuando grupos neonazis se enfrentaron violentamente con manifestantes a favor de los derechos civiles. Esa claridad de propósito le ayudó al candidato a estructurar un mensaje central de alto poder emocional: la “batalla por el alma de Estados Unidos”.

  • La polarización no se derrota con más polarización

Durante las elecciones primarias, muchas voces decían que la única forma de ganarle a Trump era con un candidato que encendiera las pasiones de las bases duras del partido, tal como el presidente hace con los suyos. Se dijo que Bernie Sanders era la mejor opción porque gozaba de gran popularidad en el ala radical demócrata. La elección de Biden nos demuestra que esta no era una intuición correcta. Su triunfo en estados tradicionalmente republicanos, como Georgia y Arizona, su desempeño competitivo en Texas y Florida, así como su capacidad para recuperar Pensilvania, Wisconsin y Michigan sugieren que, si los demócratas hubieran postulado a un candidato polarizador, se hubiera puesto en riesgo el voto moderado. Apostaron al centro y ganaron.

  • El carisma no lo es todo

El populismo es una forma personalista de hacer política que necesita de un líder carismático que encabece la lucha del “pueblo” contra las élites y que, al antagonizar con el establishment, genera sólidos vínculos afectivos con sus seguidores. A veces se piensa que, sin un líder carismático, las fuerzas democráticas están en desventaja ante el arrastre de los liderazgos populistas. Biden no es precisamente una explosión de carisma. Pero aun así logró imponerse al hechizo que Trump todavía mantiene sobre millones de estadounidenses. El carisma siempre ayuda, sin duda, pero no es sustituto para un mensaje claro, una organización eficaz para movilizar el voto y una buena compañera de fórmula, como lo es la hoy vicepresidenta electa, Kamala Harris.

  • Es la hora de las mujeres

Si alguien está en las antípodas de Trump es Harris. El contraste no podía ser más evidente: hombre viejo, blanco, enojado, primario, rudo y abusivo contra mujer joven, de ascendencia negra e india, inteligente y preparada, con carácter firme y que no se deja intimidar. El mensaje que se envió a millones de mujeres en Estados Unidos es que su hora de romper el techo de cristal ha llegado de la mano de una mujer fuerte que representa a las minorías. Los vientos soplan a favor del liderazgo femenino.

  • Nunca es buen negocio pelearse con la prensa

Trump dedicó su presidencia a deslegitimar a los medios de comunicación. La apuesta parecía ganadora a corto plazo: el presidente mentía a diario y sus seguidores aceptaban las mentiras porque no podían creerle a la “prensa deshonesta”. Pero los medios perseveraron y entendieron que esto no era una carrera de velocidad, sino de resistencia. Día a día, documentaron la realidad del gobierno: abuso de poder, conflictos de interés, incompetencia, falsedades. Tal vez la mayoría de los votantes de Trump no abrían The Washington Post, ni escuchaban NPR, o veían cada noche CNN. Pero gracias al trabajo diario de los medios, los votantes de Biden y los indecisos sí tuvieron toda la información y la evidencia que necesitaban para activarse y salir a votar. El costo de enemistarse tan profundamente con la prensa quedó claro cuando, el día que más las necesitó, las principales cadenas televisivas suspendieron la transmisión del mensaje del presidente denunciando un inexistente fraude electoral.

  • Las redes sociales ya son simplemente las redes sociales

En 2008, con el #YesWeCan de Obama, las redes sociales adquirieron estatus de nueva fuerza omnipotente de la comunicación política democrática. En 2016, con el triunfo del #MakeAmericaGreatAgain, se les vio como un instrumento de Trump para desinformar y dividir. En 2020, hubo menos drama en torno a las redes sociales, que poco a poco se van normalizando y convirtiendo en un medio más para transmitir el mensaje de las campañas a audiencias segmentadas. Hay una creciente y saludable toma de conciencia respecto a las redes que debe acelerarse con más educación digital.

  • El discurso de la decencia es poderoso

Biden centró su discurso de campaña en una idea: no podemos permitir que nuestras pasiones políticas nos hagan abandonar nuestros valores básicos. No podemos permitir que, por “tener la razón”, no nos duelan los miles de muertos de la pandemia o las familias que han perdido sus ingresos. Hizo lo correcto, porque el populismo anestesia la empatía, apela a los peores impulsos tribales y nos hace ciegos al dolor ajeno, porque necesita que veamos a nuestros conciudadanos como enemigos para imponer su narrativa demagógica de “ellos” contra “nosotros”. Para derrotarlo, hay que crear discursos que convenzan a quienes votan de que, antes que militantes políticos, somos seres humanos. El antídoto contra la demagogia no solo es la democracia, sino la decencia.

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#PA. Luis Antonio Espino es consultor en comunicación en México. The Washington Post.

Miércoles 18 de noviembre de 2020.