Deuda y fuga en la dictadura

Deuda y fuga en la dictadura

Por Adrián Machado


La deuda externa y la fuga de capitales fueron centrales en el nuevo patrón de acumulación de capitales que se produjo a partir de 1976. El régimen de valorización financiera duró un cuarto de siglo.

En Endeudar y Fugar, libro editado por Eduardo Basualdo y publicado por Siglo veintiuno editores, se analiza la historia económica de Martínez de Hoz a Macri. En su primera parte, escrita por el propio Basualdo junto a Leandro Bona, se desglosan las modificaciones en el sistema económico sucedidas a partir del golpe de Estado del que se cumplieron 45 años esta semana. Algunos de sus cambios perduran hasta hoy.

La segunda etapa de industrialización por sustitución de importaciones se terminó, dando paso a una fase de valorización financiera. Este movimiento se realizó en consonancia con el escenario internacional: se produjo el ascenso del neoliberalismo, en detrimento de los famosos “30 años de oro” del capitalismo de los Estados de bienestar. “Esta nueva etapa implicó un aumento en la integración productiva a escala mundial debido a la expansión de la inversión extranjera directa -canalizada a través de las empresas transnacionales-, cuyos alcances estuvieron subordinados a una profundización de la internacionalización financiera a niveles inéditos”, agregan los autores.

El nuevo sistema se impuso con más fuerza en Argentina que en los países vecinos, la valorización financiera se convirtió en el eje ordenador de las relaciones económicas. Macroeconomía, microeconomía de las grandes firmas, la economía en su conjunto fue afectada por el nuevo patrón de acumulación. En el país sudamericano la expansión del capital productivo y financiero mundial coincidió con el intento de refundar el país a sangre y fuego que tuvo la dictadura que gobernó argentina más de siete años.

“El nuevo régimen social de acumulación, la valorización financiera del capital, no se debió al agotamiento económico de la industrialización sustitutiva, sino a su interrupción forzada cuando estaba en los albores de su consolidación. En este contexto, y junto con el auge de los flujos financieros a nivel mundial, tuvo lugar también un drástico viraje tanto en las características de los deudores y los acreedores externos como en la dimensión y el papel que cumplía el endeudamiento externo en la economía argentina”, explican Basualdo y Bona. Para luego detallar que el endeudamiento externo se incrementó en el sector público, pero que en el sector privado se produjo una inédita expansión del endeudamiento de su núcleo: las empresas oligopólicas. La novedad fue que la toma de deuda dejó de estar al servicio de la expansión de las actividades productivas para vincularse a la renta financiera, a pesar de que la mayoría de las firmas eran de capitales industriales. Además, se dio otro fenómeno novedoso: la subordinación del endeudamiento estatal al privado supuso que la planificación de la economía deje de ser ejecutada por el Estado para pasar a ser administrada por las distintas facciones del capital.

Otra transformación producida en ese periodo fue el del papel de los acreedores externos: los organismos internacionales de crédito le cedieron su lugar de privilegio a los grandes bancos transnacionales, aunque pasaron a ser los representantes políticos de los bancos acreedores, es decir, los negociadores de las políticas de ajuste de los gobiernos latinoamericanos en etapas posteriores. Estos organismos volvieron a modificar los actores del juego en los años 80’: a través del Plan Bakery primero y el Plan Brady después, los bancos comerciales dejaron su lugar de principales acreedores externos a los grandes operadores financieros a nivel global: fondos de pensión y de inversión.

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El núcleo del modelo fue la deuda externa -principalmente la del sector privado-: “Se trató de un proceso en el cual las fracciones del capital dominante contrajeron deuda externa y colocaron esos recursos en activos financieros en el mercado interno (títulos, bonos, depósitos, etc.) para apropiar excedente a partir de la existencia de un diferencial positivo entre la tasa de interés interna e internacional y, posteriormente, fugarlos al exterior”, relata el texto.

Claro que el proceso no hubiera sido posible sin una fuerte modificación del Estado, a través de tres procesos principales: gracias al endeudamiento del sector público en el mercado financiero local, la tasa de interés interna superó siempre al costo de endeudamiento en el mercado internacional. El propio sector público fue el que posibilitó la fuga de capitales locales al exterior al proveer las divisas vía su endeudamiento externo. Y, el tercer proceso fue la subordinación estatal a la nueva lógica de acumulación de capital por parte de las fracciones sociales dominantes, lo que posibilitó la estatización de la deuda externa privada en determinadas etapas y permitió reiniciar el ciclo de endeudamiento externo para el capital privado.

El último de los procesos descriptos cambió de raíz la estructura de financiamiento, como hemos visto, y produjo una escisión de la economía real. Además de las recurrentes crisis locales e internacionales, esto trajo como consecuencias dos procesos que restringieron el crecimiento económico: “La primera de esas restricciones fue la salida de divisas al exterior en concepto de pago de intereses a los acreedores externos (los organismos internacionales de crédito, los bancos transnacionales y los tenedores de bonos o títulos emitidos tanto por el sector público como por el privado)”, señalan los autores. “La segunda restricción al crecimiento fue la fuga de capitales, cuya tasa de expansión a lo largo de las últimas décadas fue más reducida que el pago de los intereses devengados (13%), pero su monto acumulado al final del periodo llegó a 138.000 millones de dólares, lo que supero dichos intereses en un 18% y al PBI de 2002 en un 30%”, apuntan Basualdo y Bona.

La deuda externa no genera renta por sí misma, puntualizan los autores, “de ella no surgió el excedente que se transfirió a los acreedores externos en concepto del pago de intereses, ni la amortización del capital, ni tampoco los recursos que los deudores externos privados transfirieron al exterior”, para los últimos, el endeudamiento externo fue una gran masa de recursos a ser valorizada en el mercado financiero interno, pero no generó la renta que dichos agentes económicos obtuvieron al endeudarse pagando la tasa de interés internacional y percibiendo la tasa de interés interna.

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El nuevo patrón de acumulación iniciado en la dictadura supuso una profunda revancha social, el excedente apropiado por la valorización financiera y las transferencias de recursos a los acreedores externos no fue resultado de la expansión económica. Su origen radica en la regresiva redistribución del ingreso que había comenzado antes del pleno funcionamiento de la valorización financiera, en 1979.

De manera específica, resalta “Endeudar y Fugar”, la génesis “se ubica en la convergencia entre la Reforma Financiera de 1977 y la apertura en el mercado de bienes y de capitales”. La brutal redistribución contra los asalariados posibilitó la imposición de la valorización financiera. El salario real cayó más del 40% y la participación en el ingreso nacional descendió del 45% al 30% aproximadamente. Estos cambios fueron irreversibles hasta el momento.

“Durante los primeros años (1977 y 1978), dicha reforma se articuló con dos sucesivas políticas de corte monetarista que estuvieron orientadas, según sostuvo la conducción económica, a controlar el proceso inflacionario, y que resultaron en sendos fracasos. Se trató de una política monetaria ortodoxa consistente en la contracción de la base monetaria (vigente entre junio de 1977 y abril de 1978) y de otra sustentada en la eliminación de las expectativas de inflación (entre mayo y diciembre de 1978)”,

La inflación de esos años expresó la pugna entre las distintas fracciones del capital por apropiarse del excedente perdido por los asalariados. Los ganadores lo fueron gracias a la Reforma Financiera y a la total apertura externa: “La naturaleza de este proceso involucró una profunda crisis y la posterior reestructuración de la economía real. La peculiaridad radicó en que ese acelerado endeudamiento externo estuvo motorizado por primera vez en décadas por el sector privado. Además, se verificaron otros dos fenómenos igualmente desconocidos hasta ese momento: por una parte, cada 100 dólares que entraron al país por medio del endeudamiento externo se transfirieron 90 al exterior; y, por otra, el monto de esta fuga de capitales triplicó el de los intereses pagados a los acreedores externos durante esos años”, precisan los autores.

Sobre el final de la etapa dictatorial (1982) explotó en toda América Latina la crisis de la deuda externa, por lo que la afluencia de capitales a la región se redujo drásticamente. En el caso argentino, la situación redundó en una fuerte baja del endeudamiento externo y la fuga de capitales fue superada por los intereses pagados a los acreedores externos. En este punto del ciclo de valorización financiera fue predominante la transferencia de la deuda externa privada al Estado, llevada a cabo por las fracciones del capital dominante en la economía interna. Esta licuación de deuda se realizó a través de los seguros de cambio, un régimen que comenzó en 1981 y continuó en el posterior gobierno constitucional.

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Este régimen social de acumulación puesto en marcha por la dictadura cívico-militar-eclesiástica duró un cuarto de siglo. En diciembre de 2001 con el fin de la Convertibilidad y una devaluación del peso del orden del 300%, se cerró el ciclo. La movilización social fue un elemento constitutivo para que esto suceda, por primera vez desde la propia dictadura que los sectores populares fueron un factor decisivo en el fin de la valorización financiera y, a pesar de ser los principales afectados, pudieron condicionar un escenario próximo distinto en lo social y económico para el país. ♣♣♣

#PA.