No todas las muertes se lloran

No todas las muertes se lloran

Por Lucia Sabini Fraga

No hubo lo que se dice sorpresa: la muerte del Carlos Saúl Menem estaba algo anunciada. Con 90 años, desde el 15 de diciembre el expresidente se encontraba internado en el Sanatorio Los Arcos de la ciudad de Buenos Aires con una infección urinaria que fue complicando su cuadro de salud y derivó en un coma inducido el día de nochebuena. Si es por los rumores, durante diciembre y enero ya lo habían matado varias veces en las redes sociales.

La conmoción fue dispar; pero lo que sí podría asegurarse es que a nadie le resultó indiferente la noticia. Tendencia en Twitter, con saludos por un lado y muchas puteadas por el otro. La Casa Rosada otra vez ofició de sala velatoria y el presidente Alberto Fernandez decretó tres días de duelo nacional, que coinciden con el feriado largo de carnaval. Al caer la tarde del domingo se habilitó el Salón Azul del Senado de la Nación para despedir al exmandatario, y se volvió a abrir a las 7 de la mañana del lunes para retomar el cortejo. Desfilaron funcionarios actuales -muchos de los cuales iniciaron su periplo político durante la década del 90- pero también viejos íconos de la década menemista ya no tan resonantes.

La reacción de Alberto pareció un reflejo de su política: amor a todos, confrontación a ninguno: “Con profundo pesar supe de la muerte de Carlos Saúl Menem. Siempre elegido en democracia, fue gobernador de La Rioja, Presidente de la Nación y Senador Nacional. En dictadura fue perseguido y encarcelado. Vaya todo mi cariño a Zulema, a Zulemita y a todos los que hoy lo lloran”. En una nota a C5N agregó: “Se fue un animal político por naturaleza y un tipo que siempre respetó los valores democráticos”. La vicepresidenta Cristina Fernández fue más austera: respetuosamente cordial y apelando únicamente al rasgo que no admite grietas en instancias protocolares: las condolencias por una muerte.

Afuera, un modesto número de gente exhibía su tristeza. Se acercaron con flores, en traje, o remeras alusivas. “¡Viva Menem!” gritaban algunos, emulando al famoso spot del 2003 cuyo único parlamento eran personas gritando “Vamos Menem” es distintas locaciones laborales. Puede causar cierta risa o vergüenza con los ojos actuales; pero Carlos Menem ganó tres elecciones por voto popular y fue el presidente que más tiempo se mantuvo en el poder de manera consecutiva: asumió en 1989, fue reelegido en 1994 y comandó la presidencia argentina durante diez años sin interrupción. Luego ganó por tercera vez en el 2003 con un magro 24,45%, que lo desanimó para el balotaje contra Néstor Kirchner y se dio finalmente de baja perdiendo la elección.

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En las redes sociales se desató, lógicamente, la guerra por el recuerdo de su legado y su paso por la presidencia. Muchos hicieron hincapié en la pobreza de sus hogares, la falta de trabajo o incluso la escasez de comida: relataron imágenes de dolor, entre la angustia y la depresión de sus padres. La aguda crisis generada por tantos años de endeudamiento, privatizaciones, desregulación del Estado, corrupción y otras yerbas -y que explotó de manera dramática durante los primeros años de la década del 2000-, generó una lectura muy crítica de su gestión, a la cual terminaron adhiriendo incluso muchos de los que formaron parte como funcionarios, políticos o cercanos de aquella aventura.

Se calcula que en el periodo 1989 -2000, la tasa de desocupación creció del 8 al 15%; y un par de años después, en mayo del 2002, se alcanzó la cifra histórica más alta de pobreza hasta ese momento registrada en el país: un 54,3%. Los 90 y sus políticas económicas, habían cocinado a fuego lento la debacle.

Con la llegada del kirchnerismo, y la revitalización de un sector del peronismo no alineada a las políticas de Menem y Cavallo -la figurita central de su política económica- ser menemista pasó a considerarse un hecho degradante, una mala palabra. Muchos optaron por esconder su pasado o hacerlo ver como un sobresalto: si el peronismo es el hecho maldito del país burgués (como describió el dirigente John William Cooke), Menem bien podría ser un hecho maldito del peronismo.

Una de las frases más sinceras de la política argentina, aunque no por sincera menos desagradable, fue dicha en su nombre: “Si la gente que lo votó sabía que iba a tomar las medidas que tomó, no lo hubiese votado, fue un hombre muy inteligente”, expresó sin desparpajo el tenista Guillermo Vilas en una entrevista con Bernardo Neustadt allá por 1990. Esa oda al engaño -en pleno horario central de televisión y sin titubeos- desnuda cierta esencia de una época donde la estafa, la “picardía”, y el “chamuyo” parecían estar bien cotizados.

Por supuesto, ni los peronistas ni la sociedad en general, eran una sola cosa. Muchos críticos del sistema neoliberal que se instauraba a toda máquina en el país (aunque disfrazado de caudillismo popular y federal) se mostraron escépticos a los espejitos de colores. También fue una época para sembrar rebeldías, y crear redes de resistencia a un modelo que dejó a demasiados afuera.

Una historiadora twitteó este lunes que “en un momento en el que la grieta parece serlo todo en política, me parece un buen día para pensar a Menem, el menemismo y los 90s como una época en la que eso que llamamos “grieta” no nos dividía”. Otra usuaria le recordó un evento poco fortuito, que quizás ejemplifica el manto de impunidad que evitaba que las “grietas”, saltaron a la luz: el 23 de mayo de 1991, Fernando “Pino” Solanas fue baleado en las piernas por desconocidos. Fue un día y medio después de ratificar ante un juez sus declaraciones contra el entonces presidente, y ser acusado por injurias y obligado a declarar en los tribunales porteños. “A esta altura de mi vida no estoy dispuesto a callarme estas cosas. Me preocupa que estemos ante un gobierno que ha perdido todo viso de ética, de legitimidad” había asegurado el cineasta peronista poco antes. Según Pino Solanas, los atacantes le gritaron al disparar “Hijo de puta, cállate”. De los seis tiros, cuatro le impactaron y debió ser inmediatamente hospitalizado. 

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Además de las críticas a su gestión, a su programa de promesas incumplidas, o al desagradable perfil farandulero, mujeriego y ostentoso que siempre cultivó; desde distintos organismos también mostraron enojo, bronca, o desprecio por la muerte del riojano. La municipalidad de Río Tercero, por ejemplo, resolvió “no adherir al duelo nacional y no rendir homenajes a Carlos Saúl Menem, acusado de ser el principal responsable del atentado de las explosiones de la Fábrica Militar de Río Tercero en 1995”, según mencionaron en su cuenta de Twitter. En pocos días más -el 24 de este mes-, el expresidente debía acudir a declarar en el marco del juicio que lo tenía como acusado de presunto “autor mediato” de “estrago doloso agravado”.

La explosión de la fábrica cordobesa, donde murieron siete personas y se registraron más de 30 heridos, tuvo una intencionalidad: el ocultamiento del faltante de municiones. Entre los años 1991 y 1995, Menem firmó decretos para la venta de armas, supuestamente a los países de Panamá y Venezuela. Sin embargo, terminaron en Ecuador y Croacia (que se encontraba en guerra contra la ex Yugoslavia), originando un fuerte cruce diplomático y varios problemas judiciales posteriores, al desarmarse la operación de triangulación realizada por el gobierno argentino.

Otros que decidieron no sumarse al coro de despedidas armoniosos, fue la Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas (DAIA), al recordar que fueron durante su mandato los atentados más fuertes que sufrió Argentina: la voladura de la embajada de Israel en 1992 y de la AMIA en 1994. La DAIA apuntó a la impunidad todavía reinante y al rol del expresidente argentino: “Menem falleció amparado hasta el último día por sus fueros de senador que impidieron que estuviera preso” y “nunca pagó por su responsabilidad en el encubrimiento del atentado contra la AMIA-DAIA”, agregaron en su cuenta de Twitter.

Los organismos de Derechos Humanos también hicieron su descargo. Miembros de las asociaciones de HIJOS, Madres de Plaza de Mayo o Abuelas, recordaron una de las peores facetas del llamado “mejor estadista”: el indulto a los militares genocidas de la última dictadura militar. “Menem fue un gobierno de vergüenza, un gobierno de odaliscas, un gobierno que parecía en joda”, sostuvo Hebe de Bonafini. “Este hombre que se murió hoy no nos deja ni un legado de Verdad y Justicia, solo impunidad y la destrucción de un país”, afirmó por su parte Nora Cortiñas.

Los 90 fueron más que Menem, pero Menem fue un reflejo de los 90. Y como pocos femémonos, su nombre transmite un sentido polisémico a quienes lo vivieron, a quienes lo sufrieron y a quienes incluso, sólo les contaron como fue. Las consecuencias de gran cantidad de sus políticas son todavía una deuda que Argentina sigue pagando, un costo social que tuvo pocos ganadores y un sinfín de perdedores; y por eso hubo más reproches que lágrimas tras su muerte: ¿alguien esperaba otra cosa? ♣♣♣

#PA.