11-S: un día, una nueva era

Por REDACCIÓN

Las embestidas militares de EEUU en Afganistán e Irak durante dos décadas han dejado más de un millón de muertos directos por violencia de guerra. Bajo el paraguas de “liberar al mundo del mal”, EEUU ha violado los principios básicos de legalidad y moralidad

Por Idoya Noain

Las Torres Gemelas vuelven a arder, a derrumbarse. El fuego retorna al Pentágono tras el impacto de un avión y se vuelve al campo de Pensilvania donde acabó estrellado el vuelo 93. George Bush sigue leyendo con niños en un colegio de Florida después de que un ayudante le informara del impacto del primer avión contra la torre norte del World Trade Center y Dick Cheney regresa al bunker de la Casa Blanca.

Vuelven a la zona cero los heroicos bomberos y policías, la nube de la muerte que ennegrece un martes soleado y los supervivientes cubiertos de polvo y cenizas que huyen del bajo Manhattan. Regresan la incredulidad y el espanto a los rostros de quienes son testigos directos de un horror que, antes de la revolución de las redes sociales, ha enganchado a millones en todo el mundo a las pantallas de televisión.

Dos décadas después de los atentados del 11 de septiembre del 2001, las imágenes y la narrativa de aquel día trágico en que 19 terroristas de Al Qaeda mataron a 2.977 personas y ejecutaron un macabro y maestro golpe contra Estados Unidos se ha hecho, como en cada aniversario, inevitable en el país. Es el rito anual de conmemoración y homenaje, ese que pone el foco en la emoción, el que dice imperativamente: “Recuerda”. “Nunca olvides”. Esta vez, no obstante, muchas cosas son distintas a los 19 años anteriores.

Hace ya más de una década que en una operación aprobada por Barack Obama se asesinó en Pakistán a Osama bin Laden pero por primera vez desde el 11-S EEUU llega al aniversario sin estar en guerra en Afganistán, sin tropas desplegadas sobre el terreno donde la Administración de George Bush lanzó la primera de las contiendas de venganza, que como después en Irak evolucionó hacia la polémica y fallida misión de la “construcción de naciones” que ahora Joe Biden ha prometido abandonar. Y la reciente y caótica retirada de Afganistán ha hecho que al recuerdo de los atentados se sume una reflexión inédita e intensa sobre el punto de inflexión que marcó aquel día. También sobre la era que abrió, una en la que algunos ven el desmoronamiento definitivo de EEUU como la “nación indispensable” de la que en 1998 hablaba Madeleine Albright y el declive.

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Rediseño político

Washington realizó un rediseño de su política tanto exterior como nacional aprovechando la unidad y el fervor patriota con que políticos y ciudadanos respondieron al ataque. Fue una unidad que no se había visto en las tres décadas anteriores y menos aún se ha visto desde entonces en un país que vive hoy radicalmente polarizado en términos políticos, sociales, de raza, identidad, ante la pandemia o ante la emergencia climática.

Tres días después de aquel 11-S, con el único voto en contra de la representante demócrata Barbara Lee, el Congreso aprobó la Autorización de Uso de Fuerza Militar que se usaría para perseguir a Al Qaeda y a los talibanes y abriría las puertas a la amorfa “guerra contra el terror”. Al año siguiente llegaría otra autorización similar para justificar, con mentiras, la guerra en Irak.

Las embestidas militaristas han dejado por ahora, según los datos del Instituto Watson de la Universidad de Brown, un millón de muertos directos por violencia de guerra, incluyendo cerca de 400.000 civiles, y 38 millones de refugiados. Pero su herencia tóxica va más allá: bajo el supuesto objetivo de “liberar al mundo del mal” que marcó Bush se cometieron violaciones flagrantes de los más básicos principios morales y legales, de la tortura a la prisión de Guantánamo.

Al amparo del 11-S se transformó también radicalmente la política nacional. Seis semanas después de los atentados se aprobaba la Ley Patriota, bajo la que se realizó la mayor reorganización del Gobierno desde 1947. Nacieron el Departamento de Seguridad Nacional y agencias como ICE, que elevaron y radicalizaron la políticas fronterizas y de inmigración. Se creó, asimismo, un estado de vigilancia y espionaje que ha dado brutales golpes a la privacidad y los derechos civiles.

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Del 11-S a Trump

En este aniversario muchos trazan una línea directa entre los atentados y la social y políticamente turbulenta presidencia de Donald Trump y sus duraderos efectos. Cuando era candidato, el republicano declaró “el Islam nos odia” y al llegar a la Casa Blanca impulsó un veto a la entrada de inmigrantes de países de mayorías musulmanas. Con él recibió carta blanca la misma islamofobia que se desató tras el 11-S, cuando los musulmanes no solo fueron perseguidos socialmente sino también acosados con programas oficiales como el de espionaje que autorizó desde la alcaldía neoyorquina Michael Bloomberg.

La permisividad y hasta el aliento que Trump mostró durante su mandato con la extrema derecha y los supremacistas blancos ha tenido consecuencias que obligan a replantear ahora quién es el mayor enemigo. La amenaza del terrorismo islámico no ha desaparecido de EEUU pero 41 de los 42 asesinatos extremistas de 2019 y 16 de los 17 de 2020 fueron cometidos por la extrema derecha según datos de la Liga Antidifamación. Y cuando el 6 de enero se produjo el asalto al Capitolio, los seguidores de Trump dieron en el corazón del poder político el golpe que no lograron consumar el 11-S de hace 20 años los terroristas que pretendían estrellar allí el vuelo 93. “Estados Unidos lanzo una cruzada global de mala fe para instalar democracia en el mundo musulmán y acabamos con nuestra propia democracia hecha jirones”, ha escrito la columnista de The New York Times Michelle Goldberg.

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Sin marcha atrás

Este sábado el ceremonioso recuerdo volverá a tomar el papel protagonista pero el cambio en el país es evidente y sin marcha atrás. Como señala en una entrevista telefónica Stephen Wertheim, del Carnegie Endowment for International Peace, “queda muy poca gente ahora que defienda la forma en que EEUU reaccionó al 11-S”. El descontento con las guerras de Irak y Afganistán fue, en su opinión, “una importante razón de por qué pudieron ser elegidos Obama en 2008 y Trump en 2016”. Y ahora no faltan críticas a la forma en que Biden ha ejecutado la retirada de Afganistán, pero el demócrata ha acabado siendo quien ha satisfecho a la sociedad estadounidense, que “se volvió contra las guerras estadounidenses lanzadas tras el 11-S más rápido que los políticos”.

“Hace dos décadas hubo dos cosas que la mayoría de estadounidenses creyeron y que sus líderes les dijeron que creyeran; una, que EEUU iba a cazar a los terroristas que nos atacaron y hacer mucho más. Dos, que el país se uniría”, prosigue Wertheim. “El país había encontrado un objetivo y una fuente de unidad y no sé cuándo aquello acabó, pero hoy está claro que aquellas fantasías reconfortantes eran fantasías. Y hoy la única fuente potencial de unidad para los políticos es tener una política exterior más disciplinada y contenida y concentrarse en las necesidades de los estadounidenses en el país”.

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Heridas abiertas

A este 11-S se llega también con otras heridas aún abiertas. Hace solo unos días, bajo la presión de familiares de víctimas de los atentados que amenazaban con boicotear la presencia de Biden este sábado en los actos oficiales, el presidente dio instrucciones de que se hagan públicos documentos del FBI que exploran el papel nunca aclarado que pudo jugar en los atentados Arabia Saudí, de donde eran 15 de los 19 terroristas y Bin Laden.

La tormenta mortal desatada en EEUU por la pandemia, además, ha vuelto a sacar también a la superficie la corriente no siempre visible de las otras víctimas del 11-S: los miles de trabajadores que participaron en la zona cero en las labores de rescate y limpieza, en este último caso en muchos casos inmigrantes sin papeles, o los ciudadanos a los que se permitió volver al sur de Manhattan cuando el aire aún no lo permitía. Al menos 1.900 han muerto ya y hay más de 13.000 diagnosticados con 68 tipos de cáncer, docenas de enfermedades respiratorias y problemas gástricos y de otros tipos, condiciones que les han hecho más vulnerables al coronavirus, ese otro enemigo que se ha cobrado ya en el país más de 650.000 vidas.

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#PA. El Periódico.

11 de septiembre de 2021.

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