Un voto en defensa propia

Por Fernando Oz

Por Fernando Oz

Dejando de lado el despropósito de ir a votar una primaria que no hace más que zanjar la falta de liderazgos como consecuencia de una clase política en progresiva decadencia, ni entrar en el detalle de los gastos de campaña en medio de una crisis que a estas alturas trasciende lo económico, sería conveniente debatir la cuestión de fondo: las elecciones legislativas de noviembre próximo.

Los kirchneristas dicen que hay que apoyar a sus candidatos para fortalecer al oficialismo en el Congreso para que Alberto Fernández pueda transitar la segunda etapa de su mandato sin sobresaltos amargos. La ratificación en las urnas de la gestión del Frente de Todos, le daría una dosis extra de oxigeno a un Gobierno que sufrió un prematuro desgaste como consecuencia de una abultada deuda heredada, una cruel pandemia y un conjunto de malas decisiones.

Desde el macrismo, imbuidos en una posición acrítica y con una estrategia de cambio de roles sobre el terreno, argumentan que hay que frenar el atropellador avance del kirchnerismo, especialmente de La Cámpora, el flanco más inflexible del oficialismo.

Nada se hizo, desde ambos lados de la grieta, para aplacar las diferencias. Ni los miles de muertos que arrojó la pandemia, ni la pobreza que está por alcanzar al cincuenta por ciento de la población, parece haberlos hecho reaccionar. Lamento tener que ser fatalista, pero qué nos hace suponer que votando a cualquiera de esas dos facciones las cosas vayan a cambiar.

Frente a ese laberintico y hostil escenario, el repliegue a una zona segura pareciera ser la mejor opción. La pragmática diplomacia del justo medio que aplica el Frente Renovador de la Concordia parece la mejor alternativa para los habitantes de la Tierra Sin Mal.

Con la astucia de los estados pequeños que buscan sobrevivir en el tiempo, la renovación se colocó por arriba de esa falsa antinomia de los dos modelos en pugna. Durante el gobierno de Néstor Kirchner, los renovadores optaron por llevar una buena relación con el Poder central, lo mismo hicieron durante los dos mandatos de Cristina Fernández de Kirchner y no se ruborizaron en hacer lo mismo cuando Mauricio Macri desembarcó en la Casa Rosada. Como era de esperar, repitieron la estrategia con Alberto Fernández.

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Suiza, ese pequeño estado en el corazón de la vieja Europa, mantuvo una política de neutralidad durante la Primera y Segunda Guerra Mundial. Rodeada por Francia, Alemania, Austria e Italia, la geografía de aquel país fue un lugar seguro en medio de la catastrófica irracionalidad del ser humano. La neutralidad fue un aporte a la estabilidad del continente.             

El debate de la neutralidad por parte de los gobernantes que buscan proteger a sus pueblos es antiquísimo. Poco antes de concluir las Guerras Médicas, las discusiones sobre ese punto de vista estalló cuando algunas ciudades griegas prefirieron no tomar partido ante el avance de los persas. Tiempo después, antes de la Guerra del Peloponeso, el debate se reabrió. Luego vino el cerco espartano sobre Atenas, la epidemia de la peste, y lo que ya sabemos.

La cuestión sobre el tema de la neutralidad ya lo había plasmado Heródoto, quien juzgó a la guerra como algo inútil, y más tarde lo hizo Tucídides cuando registró las discusiones de los embajadores que defendían la no intervención en problemas que no afectaban a sus ciudadanos. Pero varios siglos antes el tema ya había sido planteado en la Ilíada cuando Zeus ordena a los dioses que no intervengan a favor de los troyanos ni de los griegos. Y siempre termino en el mismo punto de partida, porque –como ya he dicho en otras oportunidades– en la Ilíada y en la Odisea se encuentra todo.

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Ahora bajo de las ramas y regreso a la Tierra Sin Mal, donde la renovación aprendió a utilizar, de un tiempo a esta parte, a los senadores y a los diputados como verdaderos embajadores, a veces bien, otras mal. Los hechos han demostrado que la neutralidad renovadora no significó no atender las demandas de los habitantes de la provincia, ese pequeño estado que casi se cae del mapa.

La Cámara baja es el coliseo de la política criolla, un lugar clave en el cual la renovación viene perdiendo terreno. Llegó a tener cuatro diputados y ahora los más optimistas dicen que obtendrán los votos necesarios para colocar a dos por la mayoría. Otros creen que la polarización entre el kirchnerismo y el macrismo terminará quitando votos al partido de Carlos Rovira y que la ecuación será uno, uno, y uno.

Es decir que, en el mejor de los casos, para la Renovación, entraría el médico Carlos Fernández, el intendente de Oberá que en tiempos remotos supo coquetear con el macrismo, y Claudia Gauto, una renovadora de paladar negro con una foja de servicios sin tachas y con sobrados pergaminos. Personalmente hubiese preferido que Gauto encabece la lista, fue ministra de Gobierno, de Trabajo, diputada provincial, y actualmente apoderada del Frente Renovador y presidenta del Parque del Conocimiento. Una mujer todo terreno.

Los habitantes de Misiones deberán resolver si apoyan al oficialismo de Alberto y Cristina, a la coalición opositora macrista, o si refuerzan la diplomacia misionerista. Si optan por la tercera opción lo estarían haciendo en defensa propia, al fin y al cabo, esa es la cuestión de fondo.

Lo que está en juego son tres bancas en la Cámara de Diputados de la Nación, tres lugares en la primera línea de fuego, tres puestos de defensa. Otra cosa es el debate dentro del muro, donde habrá que discutir las puestas en escena de los reality show de algunos encumbrados integrantes de la renovación que danzan en el Movil Fest o las fotografías de las escuelas destruidas del interior de la provincia que muestra Martín Sereno, segundo candidato a legislador nacional en una de las tres listas del espacio K. Imágenes antagónicas de la Tierra Sin Mal.  ♣ ♣ ♣

#PA.

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