Tiempos violentos

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Por Fernando Oz

El gobernador electo, Oscar Herrera Ahuad, debería saber que es muy probable que a lo largo de su mandato los roces entre la policía y trabajadores en situación de protesta podrían multiplicarse. Seguramente no será su culpa, el mundo anda en esas y, además, el clima de Latinoamérica no es el mejor. Para colmo de males, el presidente Mauricio Macri dejará al país con el trasero al descubierto mirando al norte. Ahora deberemos ser más cuidadosos y cautelosos para que los vientos desestabilizadores no nos arrastre como lo hizo con Chile o Bolivia.

Sucede que la Tierra Sin Mal no estará exenta de los embates que recibirá el país. Las imágenes que quedaron registradas el jueves último, tras un fugaz choque entre la fuerza de seguridad del Estado provincial y un grupo menor de tareferos –en donde hubo heridos de ambos lados– podrían ser las primeras de un desagradable álbum fotográfico.

El asunto es que tras aquella intervención policial, la primera reacción del Gobierno fue la de difundir una lista de los uniformados heridos. Según el parte informativo que divulgó a las 10:40 del jueves la dirección General de Servicios Sociales, dependiente de la Jefatura de Policía: el oficial ayudante Enzo Viana, tuvo una “lesión en la zona abdominal”; la oficial subayudante Marcia Cabañas, un “golpe en la cabeza”; el sargento Fabio Lima, recibió un “golpe en el ojo derecho y en el pecho”; el sargento Marcelo Alvarenga, fue víctima de un “piedrazo en el pecho”; la cabo Romina González, resultó “lesionada por una piedra en la zona abdominal”; la cabo Soledad Noziglia, tuvo una “lesión en el ojo izquierdo”, y la cabo Emilia Silva un “golpe en la cabeza”. Afortunadamente, según el informe policial, nadie se encontraba en estado de gravedad ni fue internado.

La segunda reacción del Estado provincial llegó de boca del jefe de la Policía, José Manzur. El comisario general, en diálogo con una radio local, sólo se limitó a decir que “a partir de ahora” la fuerza “tomará las medidas del caso, con expresa directiva del ministerio de Gobierno, para garantizar la circulación de los vehículos y la actividad normal de los comercios y de las personas que transitan por la zona urbana de Posadas, poniendo la cantidad de personal suficiente para evitar cualquier desmán u otro tipo de daños”.

Contado así, el relato oficial se podría resumir de la siguiente manera: Una sección de capacitados policías, equipados con escudos y armas, se dejó golpear por un grupo de forajidos tareferos sin trabajo. Pero el jefe de los policías damnificados aseguró que tomará medidas para que los ciudadanos normales puedan circular en sus vehículos y hacer compras en la zona urbana sin correr el riesgo de ser atacados por esa horda de maleantes.

Más tarde llegó la discusión –siempre mediática– sobre quién arrojó el primer insulto, la primera piedra, o quién diablos cruzó la línea amarilla sin pedir permiso. Si hubo infiltrados de tal o cual bando político. Si los manifestantes eran o no tareferos, o si sus dirigentes tenían o no las manos tajeadas por recoger la hoja de yerba. Hasta se llegó a discutir si el reclamo de los manifestantes, de piedra en mano y puntería certera, que pedían un bono de 5.000 pesos, tarjetas sociales y una canasta navideña con carne, era o no legitimo. Nada se dijo sobre qué hacer con esa cantidad de personas que en poco tiempo el sistema tecnológico dejará sin ninguna posibilidad de trabajo, pero aquel asunto ahora es harina de otro costal.

Lo cierto es que ningún funcionario provincial se ocupó de clarificar lo ocurrido, mucho menos de informar sobre el número de heridos que hubo entre los manifestantes. Total, los itinerantes acampes de los tareferos en la Plaza 9 de Julio ya forman parte de una repetida y triste postal que sólo se quiere ver en tiempos electorales.

Como dueño del monopolio de la fuerza, el Estado no solo tiene que garantizar la seguridad y los derechos humanos de todos los ciudadanos, sino que también tiene el deber de informar de manera ecuánime y adecuada. Tapar algunas verdades y resaltar otras no hace más que arrastrarnos a la confusión e incertidumbre.

Las decisiones políticas del Estado deben garantizar el bienestar general y la paz social. El uso o abuso de la fuerza policíaca acompañado de una campaña de victimización mediática, nos aleja cada día más a la solución del problema. En 2002, el entonces gobernador Carlos Rovira no utilizó la fuerza policial para despejar del corazón de Posadas a los productores y tareferos que acamparon durante 17 días con sus tractores y camiones. La respuesta fue el diálogo en una Mesa de Concertación. No hubo piedras ni represión, hubo política.

Hoy, más que nunca, el Estado y los medios de comunicación tienen la responsabilidad de llamar las cosas por su nombre, contribuir al diálogo y evitar las divisiones. Serán tiempos difíciles y habrá que aprender a separar la paja del trigo para ayudar a Herrera Ahuad y al presidente electo Alberto Fernández.

***

El último artículo que escribió el maestro de periodistas Ryszard Kapuscinski fue publicado en el diario polaco Gazeta Wyborcza el 24 de enero de 2007, un día después de su muerte. El título de sus últimas líneas, como esas inexplicables jugarretas del destino, estaba vinculado a su vida: La fuerza de la palabra escrita.

“¿La escritura puede hacer que algo cambie?”, así arrancó el artículo y su última pregunta. “Sí, lo creo profundamente. Sin esa fe no podría escribir. Desde luego soy consiente de todas las restricciones que nos ponen las circunstancias, las situaciones, la historia y el tiempo. Por ello mi fe, aunque profunda, no es absoluta, no es ciega”, se contestó a si mismo.

Kapuscinski no se equivocó cuando dijo que los cambios que podría producir la escritura, no los deciden sólo los autores, “sino sobre todo los lectores: su sensibilidad y confianza en la palabra, su prontitud y deseo para reaccionar a la palabra recibida”. Si el periodista carece de sensibilidad, jamás podrá retratar la realidad, su palabra carecerá de la confianza del lector, y no podrá hacer olas.

La escritura “desenmascaradora y acusadora, y a menudo simplemente informativa”, tuvo un papel fundamental en la historia. Fue por la metralla de letras que se conocieron los campos de concentración y las que se ocuparon en derrumbar muchos regímenes dictatoriales y criminales. Es por eso, afirma el escritor y periodista polaco, que la escritura “ha provocado durante siglos el temor de todo poder autoritario que la ha combatido mediante diversos métodos”. En el fondo –dice Kapuscinski– no podemos imaginarnos un libro de texto de la historia universal que no tuviera un capítulo de cómo la palabra escrita en forma de volantes, escritos secretos, prensa clandestina y editoriales irregulares influyeron en el resultado de las luchas políticas y sociales.

Pero ojo, el maestro de periodistas también sabe que “la escritura puede intentar que el mundo sea peor, que contribuya a aumentar el mal, el odio y la agresión. Tal función la cumple cuando se escribe en el tono del fanatismo y la xenofobia, el fundamentalismo y el racismo”. El escritor de Ébano, El emperador, Un día más con vida, y Los cínicos no sirven para este oficio, entre otras obras, sabe que “la enorme proliferación de la palabra escrita” también trajo el aumentó de los conflictos. Y allí radica “el escepticismo de muchos creadores, de ahí la frecuente desconfianza e incluso la incredulidad en el sentido de nuestra escritura”.

Kapuscinski, en ese último artículo, evitó eufemismos cuando escribió que “la mente de un hombre contemporáneo es constantemente regada con un diluvio de palabras, por lo que éstas pronto pierden su valor y fuerza” y por eso esas palabras “cada vez nos hablan menos y más nos desorientan, agotan y fastidian”. Sin embargo, “ese exceso, esa sobreproducción no debería desanimarnos”.

En el último párrafo, como una suerte de asalto final, como esa carta que guardaban en el bolsillo de la camisa los que no sabían si volvían, el maestro escribió: “La literatura siempre ha asumido su responsabilidad. Desde hace miles de años ha acompañado la vida de las sucesivas generaciones, a veces cambiándolas para ser mejores. Y hoy nada la libra de esa obligación. Por el contrario, los tiempos difíciles en los que vivimos nos ordenan que, con una fuerza y fe especial, digamos: Sí, la escritura puede cambiar algo para que sea mejor, aunque sea poco, pero puede”.

El miércoles 20 de noviembre, al otro día de la masacre de Senkata, la presidenta del gobierno interino de facto de Bolivia, Jeanine Áñez, comunicó que sólo hubo dos muertos y difundió una lista de heridos de las Fuerzas Armadas y de Seguridad. Mientras tanto, en la capilla del barrio 25 de Julio, en Senkata, los cadáveres seguían llegando.   ♣♣♣

#PA.

Domingo 1 de diciembre de 2019.
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